Evangélicos vs. evangélicos: el Pastor Rocha en Viña del Mar
07.03.2026
Hoy nuestra principal fuente de financiamiento son nuestros socios. ¡ÚNETE a la Comunidad +CIPER!
07.03.2026
El autor de esta columna analiza el impacto que generó la actuación del Pastor Rocha (Santiago Endara) en Viña del Mar y lo que su discurso y representan para la discusión religiosa en el país. Sostiene que “el caso del Pastor Rocha puede leerse también como una oportunidad para enriquecer un diálogo más amplio acerca del campo evangélico en particular y del fenómeno religioso en general, especialmente en torno a su innegable dimensión política y social (…) De esa manera, sería posible fortalecer un diálogo democrático más amplio, capaz de incorporar voces religiosas alternativas que contribuyan a pluralizar el debate público y a neutralizar las pretensiones de hegemonía de los poderes de turno”.
Imagen de portada: Víctor Huenante / Agencia Uno
Uno de los hechos más llamativos durante el reciente episodio del Festival de Viña ha sido el cierre realizado por el humorista Santiago Endara, quien presentó una interpretación humorística de un personaje que ha dado mucho que hablar en los últimos meses: el Pastor Rocha. Esta figura satiriza el papel de un pastor evangélico, haciendo humor a partir de prácticas litúrgicas y discursos teológicos comunes dentro de esta expresión religiosa. A través de la caricatura, el personaje pone sobre la mesa algunas prácticas cuestionables —a veces menos visibilizadas, al menos si se las compara con la amplia cobertura mediática de los casos de abuso en la Iglesia católica— que van desde la hipocresía presente en ciertos discursos moralistas hasta problemáticas relacionadas con la malversación de recursos. En realidad, ninguno de estos temas es completamente nuevo para el público chileno, que en los últimos años ha presenciado varios casos polémicos vinculados a líderes religiosos involucrados en cuestionables manejos de dinero y abusos sexuales.
Sin embargo, el objetivo del personaje del Pastor Rocha no parece ser simplemente estereotipar estos elementos ni reducir el lugar social de la expresión evangélica a dichas prácticas. Más bien ocurre lo contrario. Esto se vuelve particularmente significativo si se tiene en cuenta que el propio Endara es evangélico e incluso pastor. Justamente por esa razón, su actuación generó reacciones de todo tipo, especialmente dentro del propio mundo evangélico. Una de las voces más difundidas fue la del mediático pastor Hugo Albornoz, quien declaró que la presentación de Endara constituye una “burla que se hace del evangelio”. Además, cuestionó que “se hagan chistes con lo sagrado, con el ministerio pastoral…”. A estas declaraciones se sumaron numerosas reacciones en redes sociales provenientes de distintos espacios eclesiales, grupos juveniles evangélicos y comunidades religiosas diversas.
A partir de estos acontecimientos pueden destacarse al menos dos elementos que resultan relevantes para continuar reflexionando sobre la compleja relación entre el campo religioso y el espacio público. En primer lugar, este episodio vuelve a evidenciar que el mundo evangélico es mucho más plural de lo que frecuentemente sugieren tanto los medios de comunicación como ciertos clichés académicos y analíticos. Frente a la insistencia en presentar lo evangélico como sinónimo de una postura homogéneamente conservadora o fundamentalista, la aparición del Pastor Rocha —un personaje surgido desde el interior mismo de las filas evangélicas— pone de manifiesto una realidad mucho más compleja y diversa que esos estereotipos.
Lo evangélico constituye, en efecto, un espacio profundamente plural tanto en términos teológicos como ideológicos, donde conviven representaciones políticas muy diversas. Pero no sólo eso: también existe en su interior una capacidad constante para cuestionar sus propias dinámicas institucionales de poder y para generar nuevas formas organizativas. Si algo ha caracterizado históricamente al mundo evangélico —para bien y para mal— es esa notable capacidad camaleónica (¡y napoleónica!) de disgregarse, fragmentarse y multiplicarse al ritmo de las tensiones, disputas y divisiones internas que atraviesan su desarrollo.
¿Por qué es importante subrayar este punto? Aquí aparece el segundo elemento relevante. El debate mediático generado en torno al personaje del Pastor Rocha da cuenta del lugar público que ha alcanzado lo evangélico en particular y lo religioso en general. Por lo mismo, estas discusiones están lejos de ser únicamente una disputa interna entre evangélicos. Más bien, estamos frente a un conflicto que expresa diferentes maneras de comprender la apropiación política de lo religioso.
En ese sentido, discusiones aparentemente centradas en “lo sagrado”, como las que hemos visto, en realidad remiten a disputas más profundas sobre los límites identitarios de lo evangélico: hasta dónde se puede negociar su representación dentro de espacios no religiosos, cómo se abren sus fronteras simbólicas hacia lo público, qué temas pueden o deben formar parte de ese diálogo, qué lugar ocupa frente a otras tradiciones religiosas y qué formas de visibilidad adquiere dentro del debate social. En otras palabras, una discusión en torno a la definición de lo religioso, lo sagrado o las creencias implica también un debate más amplio sobre las coordenadas culturales y políticas que estructuran nuestra vida social.
Estos acontecimientos adquieren además una relevancia particular en la coyuntura política que atraviesa el país. Como es sabido, el gobierno saliente se vio envuelto en diversas controversias públicas tanto por el nombramiento del equipo de la Oficina Nacional de Asuntos Religiosos (ONAR) como por la designación de la capellana evangélica en La Moneda. En ambos casos, se destacaron figuras religiosas cercanas a la visión política del gobierno, con cierta capacidad de diálogo y apertura hacia distintos sectores. Aún no está claro cuál será el rumbo que adoptará el gobierno de Antonio Kast en esta materia, pero ya se han producido encuentros con diversos referentes evangélicos que representan -obviamente- un espectro político e ideológico distinto al actual, y que parecen alinearse con su agenda política.
En rigor, esto último no resulta particularmente extraño y, en cierto modo, es esperable. Cada gobierno suele convocar a colaborar a aquellos sectores que se encuentran más próximos a su propia agenda política. El problema no reside necesariamente allí. La dificultad aparece cuando una determinada representación pretende hablar en nombre del conjunto, ignorando los matices, tensiones y diversidades que la componen. Lamentablemente, esto ocurre con frecuencia cuando se habla del mundo religioso, donde —como se ha señalado— persisten visiones simplificadas que invisibilizan su diversidad interna.
Tal vez resulte difícil esperar algo completamente distinto por parte de un gobierno en ejercicio, aunque sí es posible evaluar hasta qué punto se abren espacios para convocar la mayor cantidad de voces posibles. Por ello, el desafío recae también en la sociedad en su conjunto y en la diversidad de actores civiles que se movilizan para exigir acciones concretas al Estado en nombre de los distintos grupos que conforman nuestra sociedad. Ahora bien, si desde esos mismos espacios continuamos reproduciendo visiones estereotipadas y cerradas del mundo religioso, difícilmente podremos construir estrategias eficaces para contrarrestar eventuales prácticas monopólicas por parte del poder político, especialmente cuando estas se legitiman en nombre de un sector religioso específico.
En este sentido, el caso del Pastor Rocha puede leerse también como una oportunidad para enriquecer un diálogo más amplio acerca del campo evangélico en particular y del fenómeno religioso en general, especialmente en torno a su innegable dimensión política y social. Este desafío se plantea al menos en dos direcciones. Primero, hacia el interior del propio mundo evangélico, que debe confrontarse con el hecho de que no existe una única voz pública que lo represente, y que esa voz tampoco se encuentra exclusivamente en manos de los patriarcas de su liderazgo mediático o institucional. Segundo, hacia los tomadores de decisión en el ámbito político, quienes en lugar de resistir la presencia pública de la fe desde un laicismo que muchas veces funciona como un autoengaño, podrían desarrollar estrategias más inteligentes para canalizar perspectivas religiosas diversas. De esa manera, sería posible fortalecer un diálogo democrático más amplio, capaz de incorporar voces religiosas alternativas que contribuyan a pluralizar el debate público y a neutralizar las pretensiones de hegemonía de los poderes de turno.