Escenario en harapos
26.02.2026
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26.02.2026
Créditos de imagen: Sebastián Beltrán Gaete / Agencia Uno
Sin combustible, sin agua potable, sin luz eléctrica, escasa de alimentos y de medicinas, frente al bloqueo del petróleo impuesto por Estados Unidos Cuba parece desmoronarse a los ojos de todo el mundo, como si se tratara de un escenario en el que la escenografía se cae a pedazos y la puesta no da ya para más; un libreto gastado, actores vestidos de viejo verde olivo que se pavonean y se agitan por el escenario y después no se les oye más. Parlamentos declamados en un lenguaje que para muchos de los espectadores ya no significa nada.
De un siglo a otro, la percepción sobre la revolución cubana ha variado radicalmente. Para mi generación, que ya se despide, fue la rebeldía heroica representada por un puñado de jóvenes barbudos que peleaban en la Sierra Maestra por conquistar el futuro, mientras en la Radio Rebelde, que en Nicaragua se sintonizaba en secreto, la voz caribeña de Daniel Santos cantaba el himno del Movimiento 26 de julio con compases militares.
Y luego David que se enfrentaba a Goliath, ¡Escucha, yanqui!, el libro de Charles Wright Mills se volvió una Biblia juvenil, y cundió la creencia de que sólo las guerrillas victoriosas serían capaces de acabar para siempre con las dictaduras militares, las corruptas repúblicas bananeras y las elecciones fraudulentas. De aquellos tiempos primigenios es también Huracán sobre el azúcar, la serie de reportajes escritos por Jean Paul Sartre tras su visita a Cuba, cuando alabó la existencia de una “democracia directa” en la isla, y quien, a la muerte del Che Guevara sentenció que había sido «el ser humano más completo de nuestra era».
Los ideales por los que valía la pena abandonarlo todo, bienestar, familia, estudios, y luchar por ellos hasta la muerte, eran marca registrada de la izquierda armada. La derecha no tenía ideales. La derecha era asuntos de los viejos carcamales corrompidos de la política tradicional, de los agentes del imperialismo, de los militares que torturaban en los sótanos de los cuarteles, de quienes entregaban la soberanía nacional a las compañías extranjeras.
Los años han alejado, o cambiado, aquellas figuras heroicas que reinaron en el escenario. Fidel, amparado por el mito, hablando frente a centenares de miles desde la tribuna, cuando una paloma había volado a posarse en su hombro. Fidel el clarividente, su mente contenía el universo. Lo que había en la mesa de todos los cubanos era lo mismo que había en la mesa de Fidel. Era el sobreviviente de mil conspiraciones para asesinarlo, y como nunca dormía, amanecía trabajando en su despacho.
Y el Che, “el ser humano más completo de nuestra era”, ya no se pasea por el escenario en ruinas. Su foto icónica en la que avizoraba el futuro, la estrella solitaria en su boina, decoraba los dormitorios de los estudiantes en todas partes del mundo, adornó sus camisetas, y fue enarbolada en las manifestaciones de protesta, hasta que un día quedó sustituida por la imagen de Frida Kahlo.
Peregrinar a Cuba, donde se fraguaba el futuro. ¡Cuba sí, yankis no! Los artistas e intelectuales que tenían un nombre visitaban Cuba y se alineaban con la revolución. Ni uno solo de los escritores del boom faltó en esas filas, hasta que llegó el caso Padilla. Salud y educación para todos, la tierra para el que la trabaja, la riqueza en manos de la clase obrera, fin de los latifundios, las confiscaciones como actos de justicia, la cultura como un bien compartido. Las palabras marcaban las fronteras ideológicas. La derrota de los mercenarios en playa Girón para los de aquí, Bahía de Cochinos para los de allá. Fidel para los creyentes fervorosos, Castro para los enemigos de la revolución.
Hoy “Castro” ha triunfado sobre “Fidel” en la memoria, y pocos hablan del héroe, convertido para la historia en dictador que heredó el poder a su hermano, el que, como en cualquier dictadura tropical que termina siendo una dictadura familiar, ha puesto a su nieto a negociar el destino de Cuba con Estados Unidos, el viejo Goliath.
Fue bajo aquella luz entre ideológica y sentimental que veinte años después de la entrada de los barbudos en La Habana, se dio la revolución sandinista en Nicaragua, otro escenario ahora en harapos, y de cuya historia aún se sabe menos. El escenario de Cuba lo alumbran focos mortecinos; el de Nicaragua ha quedado en la oscuridad, ruido y furia que ya no significan nada.
Los antiguos abrazos han quedado en mímicas. ¿Hay algún avión, algún barco, que haya partido desde Nicaragua para llevar a Cuba medicinas, leche en polvo, conservas? Nada. En la precavida oscuridad reina el silencio medroso.
Pero los ecos de ese silencio reverberan en el mundo. Salvo excepciones, México, Chile, que han enviado ayuda humanitaria, los espectadores parecen esperar que el telón caiga de una vez por todas. Rusia, China, quieren alejarse del teatro antes de que termine la tragedia. Y la izquierda que coreaba ¡Patria o muerte, venceremos!, también callada mientras los cortinajes caen hechos girones.