UN ALIADO CLAVE DE LA CIA EN EL GOLPE DE ESTADO DE 1973
Agustín Edwards Eastman: Un obituario desclasificado
24.04.2017
UN ALIADO CLAVE DE LA CIA EN EL GOLPE DE ESTADO DE 1973
24.04.2017
A los 89 años falleció el dueño de El Mercurio, protagonista de la gestación y ejecución del Golpe de Estado de 1973. Gracias a una investigación del Congreso de EE.UU. se pudo empezar a conocer su rol como aliado de la CIA en las operaciones encubiertas que ordenó el presidente Richard Nixon para intentar evitar que Salvador Allende asumiera y luego derrocarlo, recibiendo para ello casi US$2 millones (vea aquí los principales documentos desclasificados). Durante la dictadura usó su diario para apoyarla y justificó y encubrió sus crímenes. Hasta el fin de sus días Edwards negó su responsabilidad.
El 15 de septiembre de 1970 fue un día dramático en la vida del recientemente fallecido magnate de la prensa chilena Agustín Edwards Eastman. El dueño de El Mercurio comenzó ese día a las 8:00 en Washington, desayunando en la oficina de Henry Kissinger, entonces consejero de Seguridad Nacional del presidente Richard Nixon. A las 9:15, Kissinger había concertado una reunión para Edwards con Nixon en el Salón Oval de la Casa Blanca. A pesar de que no hay registros que confirmen que esa reunión se haya concretado, sí es seguro que ese mismo día, más tarde, en el Hotel Madison, en el centro de Washington D.C., Edwards se convirtió en el único chileno –civil o militar– del que se sepa que se haya reunido cara a cara con el director de la CIA Richard Helms. Luego, a las 15:25, el presidente Nixon llamó a Kissinger y a Helms al Salón Oval, donde les dio la instrucción de intentar “salvar Chile” de manera encubierta, orquestando un golpe militar.
“Tengo la impresión de que el presidente organizó esta reunión, por la presencia de Edwards en Washington y lo que… Edwards estaba diciendo sobre las condiciones en Chile”, testificó luego Richard Helms ante el Senado de Estados Unidos.
La extraordinaria influencia de Agustín Edwards en la política estadounidense y en la intervención de la CIA en Chile, no terminó ahí. Cuando la acción encubierta de la CIA –que incluye el asesinato en octubre de 1970 del general René Schneider, comandante en jefe del Ejército en ese momento– falló en bloquear la asunción de Salvador Allende, el imperio mediático de Edwards asumió el liderazgo -como colaborador clandestino- en fomentar un Golpe de Estado. El presidente Nixon personalmente autorizó fondos encubiertos de la CIA para apoyar a El Mercurio, de modo de que pudiera convertirse en un megáfono mediático de la oposición, agitación y desinformación contra el gobierno de Allende.

Agustín Edwards
Después de su derrocamiento, la CIA explícitamente dio créditos a su proyecto de propaganda mediática en Chile por jugar “un significativo rol en preparar el escenario para el golpe militar del 11 de septiembre de 1973”, y continuó canalizando dineros al grupo Edwards para que El Mercurio pudiera “presentar a la Junta de la manera más positiva al público chileno”.
A lo largo de su vida, el señor Edwards negó que todas estas cosas hubieran tenido lugar. Aseguró que él y El Mercurio nunca recibieron financiamiento secreto de la CIA. En cuanto a su encuentro con Helms, declaró ante el ministro Mario Carroza: “Esta reunión se efectuó días después de la elección de Salvador Allende, oportunidad donde se comentó las circunstancias de haber salido un presidente comunista en un país democrático, pero en ningún caso se pensaba en un Golpe de Estado o algo parecido”.
Pero la desclasificación de decenas de documentos secretos de la Casa Blanca y la CIA sobre su intervención en Chile, entregó una verdad histórica que, a lo largo de su vida, Edwards no quiso nunca admitir.
Estas son algunas de las revelaciones clave que contienen esos documentos:
De acuerdo a un memorándum de la CIA sobre la conversación con Edwards, titulado “Conversación sobre la situación política chilena”, en esa reunión revisaron sistemáticamente la fuerza y el potencial para un golpe de cada una de las ramas militares. Durante la discusión sobre la Armada, “Edwards describió al vicealmirante Fernando Porta, comandante en jefe de la Armada, quien se oponía a Allende, como indeciso y excesivamente cauteloso”. Reportó que “de 11 almirantes de marina, ocho son anti-Allende y tres son pro-Tomic, incluyendo al vicealmirante Luis Urzúa Merino, comandante del Cuerpo de Infantería de Marina”. Más adelante, en la conversación, Edwards informó a la CIA que después de “discutir la situación post-electoral con el [general Camilo] Valenzuela y algunos oficiales navales clave, estaban preocupados por dos puntos básicos: 1) Si el gobierno chileno fuera derrocado en una acción militar, ¿tendría el nuevo gobierno el reconocimiento diplomático de Estados Unidos?; 2) ¿Recibirían las Fuerzas Armadas chilenas apoyo logístico para una acción contra el gobierno?”.
Agustín Edwards también le dijo a la CIA que el presidente Eduardo Frei Montalva sería un aliado poco confiable en cualquier intento de golpe. “Frei probablemente se acobardará a último minuto”, afirmó Edwards. Cuando los oficiales de la CIA le preguntaron a Edwards quiénes de sus conocidos “todavía tienen buenos contactos con los militares”, nombró a dos miembros del Partido Nacional: Sergio Onofre Jarpa y Francisco Bulnes. Además, ocupó bastante tiempo describiendo “al mejor hombre” que podía ayudar. Pero la identidad de ese individuo sigue siendo un secreto de la CIA.
Todos estos documentos desclasificados de la CIA y la Casa Blanca fueron entregados al ministro Mario Carroza para su investigación sobre el rol de Agustín Edwards como colaborador encubierto de un poder extranjero contra instituciones democráticas en su propio país. Con su muerte, dicha investigación ya no traerá ninguna consecuencia judicial. Pero la verdad –en oposición a la abundancia de mentiras– sobre el papel único que Agustín Edwards Eastman jugó en la oscura historia de Chile, sigue siendo importante. No habrá veredicto en el “Caso Edwards”, pero estos documentos seguirán entregando el juicio de la historia.
* Peter Kornbluh es autor «Pinochet: Los Archivos Secretos» (Barcelona: 2004). Dirige el “Chile Documentation Project” en la organización sin fines de lucro National Security Archive en Washington D.C.