Cuando los terroristas atacaron en el corazón de Washington, D.C.
22.09.2026
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22.09.2026
Orlando Letelier fue asesinado hace 50 años en la zona de la capital estadounidense conocida como Embassy Row. Henry Kissinger podría haberlo evitado. Actualmente, el asesinato internacional como instrumento de política de Estado se ha generalizado, hasta convertirse en algo casi común.
Créditos imagen de portada: Archivo de Seguridad Nacional (NSA, por su sigla en inglés).
El plan era diabólicamente audaz: en el verano de 1976, la policía secreta de Chile envió a asesinos para llevar a cabo un atentado con auto bomba en el centro de Washington, D.C. El objetivo era Orlando Letelier, un exalto funcionario del gobierno socialista de Salvador Allende, derrocado en un golpe militar tres años antes. Letelier, exembajador en Estados Unidos, se había convertido en un líder influyente y carismático de la oposición en el extranjero desde su puesto en Washington, en el Instituto de Estudios Políticos, de tendencia de izquierda. Hace cincuenta años, los asesinos detonaron una bomba debajo del auto de Letelier mientras conducía por la elegante Embassy Row de la ciudad, matándolo a él y a una joven colega, Ronni Karpen Moffitt.
He investigado este espantoso asesinato durante décadas. Por muy grave que fuera en sí mismo, he descubierto un aspecto aún peor sobre este hecho: la CIA sabía en ese momento que un consorcio secreto de regímenes militares latinoamericanos, incluido el de Chile, estaba preparando este tipo de ataques fuera de sus territorios. Y he llegado a la conclusión de que el asesinato de 1976 podría haberse —y debería haberse— evitado, basándome en documentos que he obtenido y en entrevistas con funcionarios clave. Trágicamente, los empleados estadounidenses habían redactado —pero, curiosamente, no entregaron— una enérgica advertencia a los regímenes que tenía como objetivo —como dijo un funcionario— «prevenir… una serie de asesinatos internacionales».
Ahora, dos altos funcionarios del Departamento de Estado involucrados en ese momento han llegado a conclusiones similares, basándose en su propia experiencia y tras examinar la evidencia contenida en documentos desclasificados de Estados Unidos.

Orlando Letelier (Créditos: Museo de la Memoria y los Derechos Humanos).
Muchos habitantes de Washington aún recuerdan el día nublado, pero agradable para la época del año, en que ocurrió el atentado, el 21 de septiembre de 1976, cuando la avenida Massachusetts quedó paralizada durante la mañana y gran parte de la ciudad se vio afectada mientras cientos de policías y agentes del FBI se congregaban en el lugar. Los colaboradores de Letelier, entre ellos Saul Landau, mi coautor de un libro posterior sobre este tema, temían ser los siguientes. Yo vivía en Chile y trabajaba como corresponsal freelance para The Washington Post cuando recibí una llamada de mi editora, Karen DeYoung, quien me informó que una bomba había explotado en un auto registrado a nombre de Letelier menos de media hora antes. Moffitt, de 25 años, había sido alcanzada por metralla y también falleció. Su esposo Michael, de 29 años, quien viajaba en el asiento trasero, sobrevivió.
En Santiago, se convirtió en mi triste deber correr a la Vicaria de la Solidaridad, patrocinada por la Iglesia Católica, para transmitir la noticia a los defensores de los derechos humanos, incluida la hermana de Letelier, Fabiola, una abogada que trabajaba en la entidad, ubicada junto a la Catedral Metropolitana de Santiago.
Para los chilenos en Washington, quedó claro que el espectáculo público y el terror habían sido intencionales, con el objetivo de intimidar a los opositores del régimen chileno y de las demás dictaduras sudamericanas. El terror creció con la revelación de que los asesinatos formaban parte de un complot internacional más amplio, la llamada Operación Cóndor, una alianza de las fuerzas de seguridad de seis dictaduras organizada para localizar, asesinar y torturar a cientos de exiliados contrarios al régimen y a otros activistas en todo el mundo.
Supusimos —y los documentos de la CIA lo confirmaron más tarde— que el dictador de Chile, el general Augusto Pinochet, había ordenado este audaz ataque en el corazón de la capital de Estados Unidos, donde el presidente Gerald Ford, pero sobre todo su secretario de Estado, Henry Kissinger, eran los defensores más importantes de su régimen. Los documentos revelaron posteriormente que el coronel Manuel Contreras, jefe de DINA, que dirigió la operación, había recibido pagos de la CIA y había visitado la sede de esa agencia al menos cuatro veces en los dos años previos al asesinato. Fue Contreras quien envió un equipo de agentes, entre los que se encontraba un expatriado estadounidense y técnico en explosivos, Michael Townley, para llevar a cabo la misión mortal con el apoyo de Paraguay, otro miembro de la Operación Cóndor, y un grupo de exiliados cubanos anticastristas, quienes fueron reclutados para ayudar a Townley a colocar la bomba y detonarla.
Letelier era un objetivo de alto perfil, un líder de la diáspora que se movía con soltura y eficacia en los círculos de poder de Washington, D.C., donde había trabajado durante una década en organizaciones internacionales y como embajador de Chile. Había representado a Chile durante el gobierno del presidente marxista Salvador Allende, cuyo grandioso pero finalmente fallido experimento proponía una mezcla de políticas económicas de libre mercado y socialistas, llevadas a cabo en medio de un debate político democrático sin restricciones, una prensa independiente y elecciones libres.
El general Augusto Pinochet, comandante del Ejército, desató un violento golpe militar para derrocar a Allende el 11 de septiembre de 1973 —lo que se convirtió en el primer «11 de septiembre»—. Letelier era ministro de Defensa en el momento del golpe —el jefe nominal de Pinochet— y permaneció encarcelado durante un año en la isla Dawson, en el extremo sur del continente sudamericano.
Liberado en septiembre de 1974 (después de que líderes mundiales, incluido Kissinger, intervinieran en su favor), llegó a Washington D.C. para organizar la oposición en el exilio contra la dictadura de Pinochet, informar a los miembros del Congreso y a otros líderes políticos sobre las violaciones de los derechos humanos en Chile y conseguir apoyo para el retorno a la democracia en ese país. Estableció una operación similar en Holanda para presionar a los gobiernos europeos a que cortaran los lazos militares y económicos con la dictadura de Pinochet. Dada su inmensa eficacia en ambos países, era seguido de cerca por los diplomáticos chilenos y los servicios de seguridad. Una señal inequívoca de su potencial impacto en Washington y del peligro que representaba para Pinochet: Kissinger había almorzado en privado con Letelier a principios de 1976.

Henry Kissinger (Créditos: Wikimedia)
Letelier no fue el primer ni el último líder latinoamericano en el exilio asesinado en aquellos años. La existencia de la Operación Cóndor fue revelada en 1978 por el FBI, en el curso de su investigación sobre el asesinato de Letelier. La CIA ya contaba con información detallada y de primera mano sobre Cóndor, pero la mantuvo en secreto durante más de dos décadas. Una fuente militar le confió al agregado legal del FBI en Argentina, Robert Scherrer, que Chile, Argentina y Uruguay habían puesto en marcha una operación militar llamada Cóndor (en honor al ave nacional de Chile) que enviaba equipos de asesinos a Europa y México, y de la que se sospechaba que estaba involucrada en el asesinato de Letelier. La alianza incluía a Brasil, Bolivia y Paraguay. En conjunto, los seis miembros de Cóndor gobernaban sobre el 80% de la población de Sudamérica.
En 1978, mientras investigaba el asesinato de Letelier para mi libro con Saul Landau, Assassination on Embassy Row (Pantheon, 1980) –publicado en Chile como Asesinato en Washington (Planeta 1990)– Scherrer me habló de Cóndor y compartió conmigo su primer cable que revelaba las líneas generales del plan. Cité ese documento (posteriormente desclasificado) en el libro, pero durante muchos años los detalles sobre Cóndor fueron vagos.
El gobierno de Estados Unidos esperó varias décadas antes de dar a conocer información más completa en los miles de documentos desclasificados en grandes lotes entre 1998 y 2019. Utilicé esos documentos y entrevisté a cientos de fuentes de primera mano, entre ellas funcionarios estadounidenses, víctimas y militares latinoamericanos que participaron en la operación, para escribir mis relatos definitivos sobre el asesinato de Letelier y la Operación Cóndor en dos libros más: The Condor Years (2004) y Los Años del Cóndor (2021), una edición en español ampliada, publicada en Chile.
Mi base de datos, publicada al momento del lanzamiento del libro de 2021, documentó los nombres y las circunstancias de 654 víctimas de la represión transnacional llevada a cabo por los países del Cóndor a partir de 1973. A los equipos multinacionales que formaron parte del plan se les permitía operar dentro de cada uno de los países miembros para localizar y «desaparecer» a los disidentes que vivían allí tras haber huido de sus propios países. La gran mayoría de las operaciones del Cóndor tuvieron lugar en Argentina, donde miles de exiliados de Uruguay y Chile habían buscado refugio tras los golpes militares en sus países de origen. Los ciudadanos de esas naciones constituían el 83% del total de víctimas del Cóndor.

Sede del Central Intelligence Agency (CIA) en Washington D.C. (Créditos: Web CIA)
Esas mortíferas operaciones encubiertas se llevaron a cabo en territorio «amigo» y fueron facilitadas por las autoridades locales de los países del Cóndor. Chile, Uruguay y Argentina tenían planes aún más ambiciosos: también persiguieron implacablemente a sus enemigos fuera de sus propias fronteras. Equipos de asesinato, incluidas unidades del Cóndor especialmente entrenadas llamadas «Teseo», lanzaron misiones en Europa, Estados Unidos y México. Un total de 45 figuras políticas de élite fueron blanco de 21 operaciones de este tipo.
Las acciones planificadas para países europeos llamaron especialmente la atención de la CIA y generaron una preocupación más amplia en el gobierno de Estados Unidos. A diferencia del fatal desenlace de la operación Letelier, se cree que la mayoría de los ataques en Europa fueron frustrados por los servicios de inteligencia estadounidenses y las contramedidas implementadas en los países. Al operar en territorio hostil, los equipos de la Operación Cóndor se vieron obligados a abandonar los ataques en la mayoría de los casos, incluso después de haber llegado al país.
He logrado identificar los blancos de los ataques planificados en casi todos los casos. Sin embargo, debido al silencio de los servicios de inteligencia de los países, parte de lo que ocurrió permanece en secreto, y los detalles de las operaciones fallidas son vagos. Pude confirmar que la CIA alertó a las agencias de inteligencia europeas, las cuales parecen haber actuado vigorosamente, detectando y deteniendo a la mayoría de las operaciones mientras se llevaban a cabo.
Solo una persona, Noemí Gianotti de Molfino, miembro del grupo clandestino argentino Montoneros, fue asesinada en Europa. Agentes argentinos la capturaron en Perú —cuyo gobierno militar se había unido recientemente a la alianza Cóndor— y la llevaron a Madrid como parte de un intento por tender una trampa al líder del grupo, Mario Firmenich. Allí, al fracasar la operación, Gianotti fue ejecutada y su cuerpo fue encontrado en un hotel. En otro caso europeo, agentes neofascistas italianos reclutados por Chile, actuando de manera unilateral, dispararon e hirieron a un destacado líder chileno, Bernardo Leighton, en una calle de Roma en 1975. Otras trece operaciones planeadas en Europa no lograron dañar a sus objetivos.
Fue un récord de terror internacional solo igualado por la Rusia de Vladimir Putin.
En nuestro libro de 1980, Landau y yo fuimos los primeros periodistas en describir a «Condor» con algún detalle, basándonos en información del FBI. También investigamos la teoría ampliamente difundida en la izquierda de que la CIA podría haber tenido un papel en los asesinatos, debido a los estrechos vínculos de la agencia con los militares chilenos. Esta teoría fue ampliamente divulgada también por militares chilenos, incluido Contreras, que intentaron desviar la atención de la actuación de militares de Chile.
Descartamos cualquier participación de la CIA en los asesinatos, pero señalamos una serie de preguntas sin respuesta sobre el conocimiento que tenía la CIA de las actividades chilenas, incluida la Operación Cóndor. Muchas de esas preguntas se respondieron en mi libro de 2004, The Condor Years, utilizando evidencia procedente de una desclasificación masiva ordenada por la administración Clinton en 1999. En esas divulgaciones, la CIA reveló finalmente el alcance de su infiltración en la Operación Cóndor, y el Departamento de Estado desclasificó un documento clave, conocido como la «demarche» (advertencia) de agosto de 1976 firmada por Henry Kissinger, cuyo objetivo era detener las operaciones de Cóndor en Europa. Uno de los adjuntos de Kissinger, Harry Shlaudeman, en un cable redactado apenas tres semanas antes del asesinato de Letelier, dejó en claro tanto el conocimiento que tenía Estados Unidos sobre Cóndor como la gravedad del mensaje de la demarche respecto a sus planes: «Lo que estamos tratando de evitar es una serie de asesinatos internacionales que podrían causar un grave daño al estatus y la reputación internacionales de los países involucrados», decía.
La nota diplomática de advertencia nunca se entregó. Kissinger canceló su orden tras semanas de vacilaciones por parte de sus embajadores. De haberse entregado, he concluido, el asesinato de Letelier en Washington no habría ocurrido.
Expuse las pruebas que apoyan esta conclusión en la edición ampliada en español de 2021, Los Años del Cóndor, publicado en Chile. Otros respaldos importantes han llegado de personas informadas que hicieron públicas sus conclusiones recientemente. Varios funcionarios del Departamento de Estado involucrados en los momentos de los hechos coincidieron conmigo tras ver las pruebas. El embajador William Luers, quien en ese entonces era subsecretario adjunto de Estado para América Latina de Kissinger, respaldó mis hallazgos, dedicando un capítulo al caso en su propio libro de 2024, Uncommon Company.
La historia, según he podido reconstruir, empieza con la infiltración de la CIA a una reunión de Cóndor en Santiago, a principios de junio de 1976, en la que Chile, Argentina y Uruguay aprobaron el plan llamado “Teseo”, que consistía en mandar a equipos de asesinos a Europa.

Memorial de Orlando Letelier en Washington D.C. (Créditos: Cristóbal Escobar / Agencia Uno).
La información causó revuelo entre los equipos de Kissinger, que trataron el tema en varias reuniones de urgencia de la CIA y del Departamento de Estado. Inicialmente, Kissinger reaccionó con firmeza frente a la información sobre los planes de ejecutar actos de terrorismo en países europeos, aliados de OTAN. Aprobó la idea de mandar la demarche, la nota diplomática de advertencia.
Redactada por Luers y despachada el 23 de agosto—un mes antes del asesinato de Letelier– Kissinger ordenó a los embajadores de Estados Unidos en Chile, Argentina y Uruguay que advirtieran a los altos funcionarios de esos países que tenía conocimiento de los planes de asesinato de «Cóndor» y se oponía a ellos. Pero el embajador en Chile, David Popper, se resistió a cumplir la orden, argumentando que interferiría con las buenas relaciones que mantenían con Pinochet. Tras semanas de demora, Kissinger dio marcha atrás, influenciado por otros informes de inteligencia que indicaban que las operaciones de Cóndor «Teseo» se habían suspendido porque Brasil se oponía a llevar a cabo asesinatos en Europa. Como resultado, Kissinger canceló la orden y la advertencia nunca se entregó a Pinochet.
Fue una decisión trágica. Kissinger y su equipo optaron por ignorar otras fuentes de inteligencia que indicaban que Chile ya había empezado algún tipo de operación secreta en Washington, D.C. Se enteraron de que dos agentes chilenos habían obtenido pasaportes falsos en Paraguay —país miembro de la Operación Cóndor— y que se dirigían a Washington para llevar a cabo una maniobra no especificada. Las autoridades estadounidenses también sabían que—en años anteriores– otros dos líderes en el exilio habían sido atacados, incluyendo el atentado que dejó herido a Leighton en Roma y el asesinato en Argentina del predecesor de Pinochet como comandante del Ejército de Chile, el general Carlos Prats.
De hecho, ahora sabemos que el plan de Pinochet era asesinar al líder exiliado que más lo amenazaba, Letelier, y que su servicio de inteligencia, la DINA, ya había enviado al equipo de asesinos a Estados Unidos. Entre ellos se encontraban los dos hombres que habían obtenido los pasaportes paraguayos falsos, cuyas fotos finalmente permitieron al FBI resolver el caso y acusar a Chile. Unos días después de que Kissinger cancelara la orden de advertencia, los agentes llevaron a cabo el atentado con auto bomba en Embassy Row con la ayuda de terroristas cubanos de extrema derecha radicados en Nueva Jersey.
Es casi imposible creer que Pinochet no hubiera cancelado el asesinato de Letelier si hubiera recibido una advertencia tan directa. Kissinger era su aliado más importante y su defensor internacional, y recientemente había conversado con Pinochet durante una visita amistosa a Chile. Sin embargo, Kissinger decidió no transmitir la advertencia para evitar ofender a Pinochet.
El embajador Luers se vio en medio de esas decisiones fatídicas entre agosto y septiembre de 1976. Él redactó el primer borrador de la nota diplomática de Kissinger destinada a advertir a Pinochet y a los demás líderes de la Operación Cóndor de los asesinatos internacionales. En muchas conversaciones que mantuvimos en los últimos años, me dijo que el hecho de no haber podido detener la operación contra Letelier le pesaba mucho. En su libro, dedicó un capítulo al caso, titulado «Cuando un amigo actúa como un enemigo: el Chile de Pinochet y la Operación Cóndor». Allí describe cómo pasó semanas tratando de presionar a Popper, el embajador de Estados Unidos, para que entregara la advertencia, ya fuera directamente a Pinochet o para que la CIA se la entregara al jefe de la DINA. Su conclusión: «El gobierno de Estados Unidos podría haber evitado el asesinato si se le hubiera presentado el mensaje a Pinochet de manera inmediata y contundente…». El gobierno de Estados Unidos tenía una influencia considerable sobre Pinochet, argumentó, porque lo había apoyado en su violento camino hacia el poder. Pero esa palanca no se utilizó.
La respuesta complaciente ante tales planes y acciones asesinas por parte de Chile formaba parte de un patrón. Otro funcionario estadounidense, el embajador Jeffrey Davidow, quien se desempeñaba como consejero político de la embajada en Chile al momento del golpe, vinculó la decisión de asesinar a Letelier en Washington con la «falta de voluntad» del gobierno de EE. UU. para criticar al régimen de Pinochet por las matanzas masivas perpetradas dentro de su propio territorio, incluido el encubrimiento de los asesinatos de dos jóvenes estadounidenses en Santiago, Frank Teruggi y Charles Horman, poco después del golpe. En un ensayo inédito redactado en 1983 y que me fue proporcionado, Davidow escribió: «El mismo grupo de personajes que se salió con la suya en los asesinatos de Horman y Teruggi, Letelier y Moffitt, sigue dirigiendo el espectáculo chileno. Cuando el tinto es de una cosecha particularmente buena y se sirve en abundancia, seguramente se ríen por lo bajo de nuestra falta de voluntad», agregó con amargura.

Augusto Pinochet (Créditos: Ministerio de Relaciones Exteriores).
Las víctimas previstas en la Operación Cóndor constituyen un quién es quién de la política latinoamericana de la época. Entre ellas se encontraban, además de Letelier, otros tres líderes chilenos de primer orden de la izquierda y el centro; los tres líderes parlamentarios más importantes de Uruguay; un expresidente de Bolivia; la esposa y la hija de Salvador Allende; los jefes de organizaciones guerrilleras marxistas de Chile, Argentina, Bolivia y Uruguay (quienes habían formado una alianza con sede en París llamada la Junta Coordinadora Revolucionaria, JCR); líderes de derechos humanos y de la Iglesia, y el congresista Ed Koch, un destacado demócrata de Nueva York (Koch había patrocinado una enmienda destinada a suspender la ayuda militar estadounidense a Uruguay, lo que provocó que fuera incluido en la lista de objetivos de la Operación Cóndor. Sin embargo, un oficial uruguayo reveló el complot a un agente de la CIA durante una diatriba pronunciada en estado de ebriedad, lo que permitió frustrar la acción planificada contra Koch).
Medio siglo después, el legado letal y transfronterizo de «Cóndor» sigue resonando en los acontecimientos recientes, incluso en Estados Unidos. En aquella época, cuando las dictaduras respaldadas por EE.UU. dominaban Sudamérica, se creía que la violenta represión transnacional era una aberración, un episodio aislado surgido del nacionalismo de derecha y el anticomunismo en el contexto de la Guerra Fría. La historia demostró que estábamos equivocados. Tras los ataques terroristas de Al-Qaeda del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington, el asesinato internacional como instrumento de política de Estado se ha generalizado, hasta convertirse en algo casi común. Varios países, en particular Rusia, han enviado asesinos para eliminar a opositores en el extranjero (incluso en Estados Unidos, según una acusación del Departamento de Justicia de la semana pasada). Israel también ha convertido esos asesinatos en un instrumento fundamental de su política de seguridad, lo que incluye el asesinato de decenas de científicos nucleares en Irán y de líderes de Hezbolá en el Líbano. Agentes chinos amenazan y secuestran regularmente a opositores en el extranjero, incluso en Estados Unidos, de acuerdo con las acusaciones. Según informes, el régimen de Ortega en Nicaragua ha sido responsable de «al menos 20 casos» de complots de asesinato y amenazas en los últimos años. Todos estos asesinatos selectivos transfronterizos se están llevando a cabo con creciente frecuencia y eficacia, aprovechando armas avanzadas que incluyen, más recientemente, drones y misiles autoguiados. También hay que reconocer que las sucesivas administraciones estadounidenses posteriores al 11 de septiembre emplearon el secuestro y los asesinatos con drones como instrumentos del poder estatal.
Las tácticas criminales de la Operación Cóndor al final no solo sirvieron como una advertencia de la crueldad autoritaria, sino como un presagio de lo que vendría.
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John Dinges, cofundador de CIPER, es editor asociado de SpyTalk, donde apareció esta nota en inglés. Era corresponsal freelance de The Washington Post en Chile en el momento del asesinato de Letelier y más tarde trabajó como editor en la sección de internacional. Además de los libros mencionados en el texto, es autor, más recientemente, de Chile en el Corazón (Debate–Penguin Random House).
