PISA 2025: la desilusión meritocrática y la urgencia de restituir la vocación pública de la educación
21.09.2026
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21.09.2026
El autor de esta columna argumenta que los buenos resultados socioemocionales de la juventud chilena en la prueba PISA 2025 —curiosidad, perseverancia y resiliencia por sobre el promedio OCDE— contrastan con sus bajos resultados académicos, y sostiene que esa paradoja se explica por la pérdida de fe de los jóvenes en la promesa meritocrática de la educación. Concluye que «el desafío para quienes diseñan las políticas educacionales es el abandonar los dogmas de una promesa meritocrática y transformar a todas las escuelas en espacios genuinos de justicia social, que construyan un país donde los talentos y capacidades de nuestra juventud tengan espacios reales y dignos de despliegue».
Imagen de portada: Óscar Guerra / Agencia Uno
Los resultados de la prueba PISA 2025, que evalúan los niveles de aprendizaje de jóvenes de 15 años y los comparan a nivel internacional, vuelven a demostrar un problema latente en el corazón de nuestro sistema educacional.
Si bien existe un relato contemporáneo que acusa a nuestros jóvenes de ser una generación frágil, más preocupada de batallas de aura que de cuestiones profundas, los resultados de esta evaluación internacional nos demuestran que aquella narración no es certera, que el estudiantado no es intelectualmente indolente o apático a sus procesos de aprendizaje. Por el contrario, hay resultados que sorprenden; por ejemplo, que los jóvenes chilenos obtienen un índice de 0,24 en curiosidad ante el aprendizaje, mientras que el índice de jóvenes belgas es -0,13 y de canadienses sólo de 0,13 puntos; o el índice de 0,34 puntos en “perseverancia ante el aprendizaje”, mientras que jóvenes austriacos alcanzan un magro 0,03; o en resiliencia en donde mientras jóvenes alemanes alcanzan un 9%, los chilenos obtienen un 13%. De este modo, los resultados PISA 2025 describen a un grupo de jóvenes que demuestran ser más curiosos, más perseverantes y mucho más resilientes frente al aprendizaje que el promedio de países OCDE. Esto, que parece ser una muy buena noticia, pone aún más en tensión a un sistema educacional que fracasa en los aprendizajes de matemáticas, lectura y ciencias.
Con estos resultados aparece una pregunta evidente. Si nuestros estudiantes son más curiosos, perseverantes y resilientes que en el resto de países OCDE, ¿por qué tenemos resultados que nos sitúan muy por debajo del promedio de los aprendizajes de jóvenes en esos países? Por ejemplo, en matemáticas estamos 24 puntos abajo, en ciencias a 11 puntos del promedio, en resolución de problemas computacionales a 12 puntos. Nuestro mejor resultado es en lectura, en donde “sólo” estamos siete puntos por debajo del promedio.
Quizás otros indicadores de los resultados de la prueba PISA nos dan luces para ensayar una respuesta que toca una de las dimensiones poco tratadas de este resultado, que es que esos mismos jóvenes han perdido la fe en la narrativa del mérito que marcaba las trayectorias educativas de las generaciones anteriores. Los mismos resultados de la prueba PISA 2025 nos indican, que nuestra juventud deja de creer en los discursos sobre el mérito, desconfían de aquellos relatos que prometen una mejora sustancial de las condiciones materiales de la vida a cambio de esfuerzo académico y abnegación escolar. Esta falta de fe en las escuelas se confirma con los altos indicadores de inasistencia, con 19%, y la desvalorización de los efectos de la escolarización en la movilidad social, con 5 puntos por debajo del promedio OCDE.
La medición es clara y apunta a elementos fundamentales de un sistema que ha basado su andar en la relación mérito-credencialista. El sociólogo Pierre Bourdieu, con agudeza, nos entrega su “causalidad de lo probable” para entender este descrédito en los discursos del mérito escolar, pues las expectativas de cada estudiante se ajustan a las condiciones de la realidad, apegándose a las oportunidades objetivas de las estructuras societales. Vale decir, nuestros jóvenes no sueñan más allá de lo que el presente les muestra como alcanzable.
En este sentido, incluso para quienes hoy defienden la intensificación del mérito en educación, esto implica la necesidad de realizar una mejora total y global a todo el sistema educativo y no mantener una lógica de cuotas o de selección que construyen un sucedáneo de élite, lo que implica crear mayores oportunidades y acrecentar las posibilidades respecto a lo que pueden alcanzar, con una mirada sistémica y no meramente gerencialista.
Quienes defienden el mérito en educación hoy han creado una devaluación de las credenciales educativas. Esto quiere decir que nuestros jóvenes ya saben que la licenciatura universitaria no es suficiente ni asegura una vida tranquila. Siguiendo el análisis de Bowles, Gintis y Osborne, quienes publican en 2005 su estudio sobre la desigualdad de oportunidades, pareciera que nuestros jóvenes hoy perciben que su posición final en la estructura social depende más del capital cultural y económico de sus familias, que de asistir y aprender en las escuelas, lo que parece refrendado por la investigación de Villalobos, Kuzmanic, Valenzuela y Quaresma, de 2022. Esto concluye en que la educación pierde todo potencial transformador de vidas que décadas atrás tenía, volviendo más difícil la tarea de educar.
Si insistimos en medidas de efecto o nostálgicas –como lo son el volver a la selección, mantener a los sostenedores municipales o criminalizar la escuela pública– no variaremos la estructura ni la cultura que moviliza al sistema y únicamente proyectará estas crisis de sentido y resultados. Quizás estos resultados de PISA 2025 nos indican que nuestros estudiantes son resilientes por necesidad de subsistencia en un mercado laboral precarizado e incierto; tal vez su resiliencia no proviene del entusiasmo frente a un futuro mejor, sino que puede ser leída como la necesidad de aferrarse al aprendizaje como único espacio de resistencia y lucha por un estatus mínimo de existencia.
En otras palabras, la perseverancia y la resiliencia en las y los jóvenes en Chile pueden ser también interpretadas como resistencia subjetiva, como una manifestación contraria a la imposibilidad de un mañana distinto, a la clausura del horizonte de posibilidades existenciales. Por tanto, el desafío para quienes diseñan las políticas educacionales es el abandonar los dogmas de una promesa meritocrática y transformar a todas las escuelas en espacios genuinos de justicia social, que construyan un país donde los talentos y capacidades de nuestra juventud tengan espacios reales y dignos de despliegue.