Menos estudiantes, más educación: una oportunidad demográfica
12.09.2026
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12.09.2026
El autor de esta columna analiza el impacto de la crisis de natalidad en el país, la que traerá como consecuencia menos alumnos en las aulas. Ante esto, dice que el camino no tiene que ver con luchar para que esta tendencia cambie, sino que se abre otra perspectiva, que es mirar eso como una oportunidad. Dice que «Chile tiene la posibilidad de mostrarle a América Latina que hay un camino alternativo al de Asia: no gastar fortunas para revertir lo irreversible, sino que usar la transición para construir la educación que merecen nuestros niños y comunidades».
Imagen de portada: Karl Grawe / Agencia Uno
¿Qué hacemos con las salas cuando se van quedando vacías?
Es una pregunta que suena lejana, pero que se instala en miles de escuelas de América Latina. En 2025, Chile registró la tasa de fecundidad más baja de su historia: 0,99 hijos por mujer. Es la primera vez que caemos bajo el umbral simbólico de un hijo y la cifra más baja de toda la región. Los nacimientos han disminuido un 46,9% en poco más de 30 años. No es una proyección ni advertencia de futuro, pero los niños que no nacieron serán las sillas vacías de las salas de clases en la próxima década.
El cambio demográfico avanza en el sistema educativo como una ola: entra por la educación inicial, sigue por la básica, y llegará a la media y la educación superior. En Chile, la matrícula de educación parvularia acumula una caída cercana al 15% en cinco años; y la matrícula escolar retrocede año tras año: en 2025 llegó a 3,54 millones de estudiantes con descensos sostenidos desde 2023. Algunos analistas estiman que, de mantenerse la tendencia, alrededor de tres mil de los once mil establecimientos que existen podrían cerrar en los próximos ocho o nueve años.
Este no es un fenómeno chileno. Un estudio reciente de CEPAL y UNESCO proyecta que, incluso logrando una cobertura universal, la matrícula de los sistemas educativos en el continente caería entre 24% y 39% hacia el año 2050. Chile está en la vanguardia de esa transición, y atrás le siguen Argentina, Uruguay, Brasil, Colombia y Centroamérica. Lo que decidamos hacer en Chile será una lección —para bien o para mal— para toda la región.
Hay un matiz que es importante considerar en Chile, ya que la migración ha “amortiguado el golpe”. Entre 2019 y 2025, mientras el sistema escolar perdía a más de 215 mil estudiantes chilenos, la matrícula de estudiantes extranjeros creció un 82%, compensando casi el 62% de esa caída.
La migración le da tiempo al sistema, sobre todo a las escuelas públicas que más rápido se vaciarían sin ella. Es un alivio parcial y transitorio, pero las familias migrantes también tienen menos hijos con el paso de los años, y ningún flujo migratorio revertirá la transición demográfica en profundidad. El tiempo que la migración regala sirve para prepararnos, no para postergar el problema.
La tentación más probable es administrar el declive: cerrar escuelas donde la matrícula no «justifica» los costos, reducir dotación de docentes o disminuir los presupuestos. El camino del ajuste contable sabemos adónde conduce. Japón cierra en promedio 450 escuelas cada año; Corea del Sur, con 0,72 hijos por mujer, ha gastado más de 200 mil millones de dólares en políticas de natalidad sin revertir la tendencia, mientras sus escuelas rurales se convierten en edificios abandonados. Cuando una escuela cierra se debilita un territorio, se aleja a una comunidad y se pierde uno de los pocos espacios públicos donde nos encontramos.
Con nuestro sistema de financiamiento, este escenario es casi inevitable porque la subvención por estudiante fue diseñada para una matrícula creciente, donde las nuevas salas se llenaban. Con matrículas decrecientes, esa misma fórmula es una espiral: menos estudiantes significan menos recursos; menos recursos deterioran el proyecto educativo, lo que a su vez ahuyenta a los estudiantes. Las escuelas no pueden reducir proporcionalmente sus costos y quedan condenadas a un lento desangramiento económico.
Por esto la primera decisión estructural es cambiar la base del financiamiento: pasar de pagar por estudiante a financiar capacidades instaladas y asegurar la cobertura de costos fijos. Esto implica asumir que la baja de estudiantes no se traducirá en la disminución del presupuesto educativo. El estudio de CEPAL y UNESCO estima que, si mantenemos el gasto actual, el cambio demográfico liberaría hacia 2050 cerca del 30% de recursos por nivel educativo. Ahí está la disyuntiva: devolver esos recursos al fisco y gestionar la decadencia, o reinvertirlos en el sistema para financiar la transformación que hemos postergado durante décadas.
Lo que está en juego es la oportunidad de mejorar la calidad de la educación sin pedir presupuesto adicional. Menos estudiantes por salas permite una enseñanza más personalizada, conocimientos reales, retroalimentación oportuna, una atención a las trayectorias diversas y transformar las condiciones del trabajo docente: menos horas frente al curso y más horas para preparar, colaborar y aprender entre pares; salas menos numerosas; y carreras profesionales más atractivas para las nuevas generaciones. Los docentes son el motor de las mejoras educativas y esta transición demográfica es la ocasión para brindar condiciones dignas a su labor.
Hay una segunda oportunidad trascendente. Si las escuelas tendrán espacios disponibles, la pregunta correcta no es cómo achicarlas sino cómo abrirlas. Imaginemos a las escuelas como centros para toda la comunidad con talleres y capacitaciones para adultos, alfabetización en tecnologías para adultos mayores, escuelas deportivas abiertas, clubes de lectura y cine, espacios de encuentro para las familias y un amplio etcétera.
La infraestructura escolar debe concebirse como una red de espacios públicos extensa y distribuida en cada barrio. En una época de comunidades fragmentadas y soledad creciente, esa red puede ser un lugar donde se localiza el cuidado y el aprendizaje de las comunidades a lo largo de la vida. Las escuelas que se abren a sus comunidades sobreviven a la transición demográfica y se vuelven más necesarias que nunca.
Nada de esto ocurrirá por inercia. La transición demográfica es un hecho y lo que hagamos con ello es una elección. Chile tiene la posibilidad de mostrarle a América Latina que hay un camino alternativo al de Asia: no gastar fortunas para revertir lo irreversible, sino que usar la transición para construir la educación que merecen nuestros niños y comunidades. La pregunta inicial: ¿qué haremos con las salas que se vacían? Tiene una respuesta clara: llenarlas de nuevo, pero de otra manera. Con más tiempo para cada estudiante, con mejores condiciones para cada docente y con las puertas abiertas a los barrios.
Menos estudiantes puede significar más educación. Depende de lo que decidamos ahora.