Sajonia-Anhalt, la AfD y el error de leer el presente con el diccionario de 1933
09.09.2026
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09.09.2026
El autor de esta columna sostiene que el 43,8% obtenido por la AfD en Sajonia-Anhalt responde a factores estructurales propios de la región —una sociedad moldeada por la RDA que nunca fue individualista, un antifascismo oficial que funcionó como absolución colectiva, una unificación vivida como absorción económica, el desgaste de la clase política alemana, y una AfD que combina la «respetabilidad» de Alice Weidel con el giro amable de Ulrich Siegmund. Concluye que «la pregunta alemana, entonces, no es si vuelven los años 30. Es si un sistema construido enteramente sobre el supuesto de que el centro siempre podrá coaligarse contra los extremos puede seguir funcionando cuando el extremo obtiene 43,8% y el centro no llega a 20%. Sajonia-Anhalt ha respondido que no. El resto de la República tiene, todavía, tiempo para responder otra cosa».
Imagen de portada: de izquierda a derecha, Weidel, Siegmund y Chrupalla, líderes del AfD (instagram AfD)
El domingo 6 de septiembre, en un Land de poco más de dos millones de habitantes, la Alternativa para Alemania (AfD) obtuvo el 43,8% de los votos. La CDU del ministro-presidente Sven Schulze cayó al 17,2%, su peor resultado histórico en Sajonia-Anhalt; el FDP desapareció del parlamento con 2,4%; la Linke, que en esa tierra fue durante décadas el partido de la memoria oriental, quedó en 8,6%. La participación subió del 60,3% al 77%: casi un millón 300 mil personas votaron, y buena parte del aumento se convirtió en votos para la AfD. Con 39 de 83 escaños, el partido liderado regionalmente por Ulrich Siegmund, quedó a tres de la mayoría absoluta y sin socio alguno dispuesto a dárselos. La coalición saliente -CDU, SPD y FDP, la única de su especie en Alemania— ya no existe aritméticamente. La única lectura sensata de la noche es también la más incómoda: no se trata de una protesta, sino de una preferencia.
Conviene resistir la tentación del atajo. Desde hace una década, cada resultado de este tipo se recibe en Europa y en América Latina con el mismo estremecimiento y el mismo vocabulario: Weimar, 1933, el retorno. La analogía tranquiliza porque promete que ya conocemos el guion. Pero un fenómeno que se explica demasiado rápido no se explica: lo que ocurrió en Magdeburgo tiene una historia propia, una geografía propia y un proyecto propio, y ninguno de los tres es el del nacionalsocialismo.
El primer dato es geológico más que político. La AfD gana donde estuvo la RDA. No porque el Este sea más pobre -lo es, pero Sicilia también lo es y no vota a Meloni con estos números-, sino porque allí se formó, durante 40 años, un tipo de sociedad distinto del que la República Federal daba por universal.
La RDA fue una comunidad, no una asociación de individuos. La vida transcurría en colectivos: la brigada, la casa, el jardín obrero, la organización juvenil. La seguridad era baja pero cierta; el horizonte estrecho, pero legible. Esa experiencia dejó una intuición duradera de que la política existe para proteger a los de dentro, y no para arbitrar entre extraños que llegan de fuera.
Y de extraños hubo pocos, mal integrados por diseño. Los cerca de 90 mil trabajadores contratados -vietnamitas, mozambiqueños, angoleños, cubanos- llegaron bajo la retórica de la solidaridad socialista y vivieron bajo un régimen estrictamente funcional: contratos a plazo, residencias separadas, control de visitas, repatriación en caso de embarazo. Nunca fueron vecinos: fueron mano de obra prestada por la fraternidad internacional. La RDA produjo así una paradoja que hoy pagamos: proclamaba el antirracismo como doctrina de Estado y practicaba la segregación como norma administrativa. Cuando en 1990 desapareció el aparato que sostenía ambas cosas, quedó la costumbre sin la doctrina.
A eso se añade el segundo legado, más grave: el antifascismo oficial funcionó como una absolución colectiva. Los nazis eran los otros, los del Oeste, los industriales de Renania. El Este se declaró desde el primer día el bando de las víctimas y de los vencedores, y se ahorró el largo, incómodo y civilizatorio trabajo de duelo que la República Federal emprendió -tarde, mal, pero lo emprendió- desde los años 60. Allí donde no hubo Auschwitz-Prozess ni disputa de historiadores ni televisión pública discutiendo la culpa de los abuelos, la palabra «nazi» no tiene el poder de conjuro que tiene en Hamburgo.
Sobre ese sustrato llegó la unificación, que en el Este se recuerda menos como liberación que como absorción. La Treuhand liquidó o vendió en pocos años la práctica totalidad del tejido industrial; Sajonia-Anhalt perdió cerca de un cuarto de su población desde 1990, y perdió sobre todo a los jóvenes y a las mujeres cualificadas, que se fueron al Oeste. Treinta y cinco años después no hay una sola empresa del DAX con sede en los cinco Länder orientales, la productividad sigue por debajo del promedio federal y los puestos de mando de la administración, la judicatura y las universidades del Este siguen ocupados en proporción abrumadora por occidentales. La última gran promesa fue la megafábrica de Intel en Magdeburgo: 30 mil millones de euros, casi diez de ellos en subsidios públicos, tres mil empleos y un diputado local que la comparó con la llegada a la Luna. En julio de 2025 la empresa canceló el proyecto por razones estrictamente californianas. El terreno sigue ahí, urbanizado, señalizado y vacío.
El Este no fue derrotado: fue administrado. La AfD no inventó ese resentimiento; se limitó a ser el primer partido que lo trata como un dato político y no como una patología a superar.
La segunda condición es alemana, no oriental. Durante 16 años Angela Merkel gobernó una República Federal que confundió la estabilidad con la solidez y la imagen con el resultado. El superávit fiscal fue un fetiche; la inversión pública, la más baja de las grandes economías europeas; los puentes, las escuelas, las líneas férreas y la administración digital envejecieron a la vista de todos. La energía barata rusa y la demanda china sostuvieron un modelo que se declaró exitoso mientras dejaba de invertir en las condiciones de su propio éxito. La factura llegó completa después de 2022.
En ese marco hay que situar 2015. La decisión de mantener las fronteras abiertas fue moralmente defendible y administrativamente improvisada. Merkel, hija de pastor educada en la lectura de la Escritura y en la reserva del Este, resolvió como quien responde a una interpelación personal —Wir schaffen das— sin construir el aparato de recepción, distribución y control que la escala del fenómeno exigía, y sin preguntarse quién pagaría el costo político. Lo pagaron los municipios, y lo pagó su partido. La frase se convirtió en la prueba de cargo de toda una clase dirigente: gente que decide en Berlín y administra en otra parte.
Lo que vino después agravó el diagnóstico. La «coalición semáforo» se disolvió en 2024 en una guerra doméstica; la gran coalición de Merz llegó en 2025 prometiendo firmeza y hoy tiene índices de insatisfacción superiores al 75%. Cuando Merz, en enero de 2025, hizo aprobar su plan migratorio con los votos de la AfD, no ganó una votación: certificó que el «cordón sanitario» era un acuerdo entre caballeros y no una institución.
Pero el 17,2% de la CDU en Magdeburgo no se explica solo por errores tácticos. Es la manifestación local de lo que Thomas Biebricher describió hace ya varios años como el agotamiento del conservadurismo alemán: una tradición que perdió a sus intelectuales -Lübbe, Spaemann, Rohrmoser no tuvieron sucesores-, perdió a las iglesias como aliadas y perdió, con ellas, la capacidad de decir qué es exactamente lo que quiere conservar. La producción de ideas en la derecha alemana migró hacia el entorno de la nueva derecha y de la AfD, que no es conservadora en sentido estricto sino heredera de la revolución conservadora, hostil al statu quo y no su guardiana. De ahí la trampa en que la Democracia Cristiana lleva una década: adoptar las posiciones del adversario para recuperar votantes no le devuelve un electorado, le entrega una legitimación. El votante prefiere el original. Biebricher venía sosteniendo, además, que esa erosión del centro-derecha moderado no es una anomalía alemana sino un fenómeno europeo, verificable en los Républicains, en los tories y en el vacío que dejó la Democracia Cristiana italiana. Sajonia-Anhalt es un capítulo más.
Aquí entra la figura que más desconcierta a los observadores extranjeros. Alice Weidel es, en su propio partido, una anomalía perfecta: economista formada en Bayreuth con una tesis sobre el sistema de pensiones chino, pasó por Goldman Sachs y por Asia, vive con una mujer de origen cingalés y dos hijos en un pueblo suizo, y defiende un programa heteronormativo, familiarista y antifeminista. Rechaza para sí la etiqueta queer y utiliza sin pudor el argumento homonacionalista -defender la libertad sexual de Occidente contra la inmigración musulmana- como coartada de su xenofobia.
Esa disonancia es su capital. Weidel es la prueba viviente que el partido exhibe para desactivar la sospecha: si ella lo dice, no puede ser lo que ustedes temen. Y es, sobre todo, el puente hacia el dinero. Los nombres son conocidos en la crónica alemana: Theo Müller, el patriarca de la industria láctea, que se fotografía con ella en Bayreuth y llegó a proponer públicamente a la CDU sajona una coalición con la AfD; el difunto August von Finck y su entorno, que financiaron campañas del partido por vías suizas; Henning Conle, el millonario inmobiliario de Zúrich cuyos aportes encubiertos aparecieron primero en la circunscripción de la propia Weidel y después, según Der Spiegel, tras la campaña de afiches de 2,35 millones de euros de las federales de 2025; y una constelación menor de empresarios -Ernst Knut Stahl entre ellos- que sostienen el ala liberal-económica frente a los partidarios del «patriotismo social». Ese dinero no compra el programa migratorio: compra la desregulación, la salida del régimen climático y la reducción del Estado social. La AfD es, en ese sentido, un objeto híbrido: un electorado del Este que exige protección y un financiamiento del Oeste que exige lo contrario.
Sería un error, sin embargo, seguir describiendo la vida interna del partido con el esquema de hace tres años -Weidel moderada contra el ala völkisch de Höcke-. Ese esquema ya no rige. En 2026, Weidel se ha apoyado precisamente en el sector cercano a Martin Sellner para imponerse a los «moderados» renanos de Martin Vincentz: en el congreso de Erfurt de julio entraron a la directiva federal hombres de Höcke y de la nueva organización juvenil, y el tribunal interno revocó la expulsión de Matthias Helferich. La línea divisoria ya no separa radicales de pragmáticos; separa redes de poder. Weidel no domestica al ala radical: negocia con ella su propia supervivencia, y a cambio le entrega el contenido.
Ulrich Siegmund es la fórmula terminada de ese pacto. Nacido en 1990 en Havelberg -es decir, sin memoria adulta de la RDA-, dirige una federación clasificada como «confirmadamente extremista de derecha», tiene entre sus colaboradores a antiguos cuadros de una organización juvenil völkisch prohibida en 2009, participó en la reunión de Potsdam donde se discutió el plan de «remigración», y hace campaña con 600 mil seguidores en TikTok, camisa planchada, sonrisa permanente y un lema que no es de cólera sino de consuelo: Alles wird gut. El contenido es el de Höcke; el tono es el de un asesor de ventas. Esa es la innovación, y el partido ya extrajo su lección: hay que ser más amables. No moderar el programa -el programa se mantiene íntegro, con la remigración incluida-, sino cambiar la banda sonora. Durante una década la AfD vivió de administrar la cólera y de pintar el país lo más negro posible. Siegmund hizo campaña con carteles que prometían que todo saldrá bien. Descubrió, y ahora lo enseña dentro de su partido, que la extrema derecha crece más rápido cuando deja de gritar; que la sonrisa desarma al adversario mejor que el insulto, porque obliga a quien advierte sobre el peligro a parecer histérico. En Berlín ya hay quienes lo consideran un modelo y, precisamente por eso, prefieren que se quede en Magdeburgo: el método vale más como demostración provincial que como competencia en la capital.
De ahí que el diagnóstico apocalíptico resulte a la vez enfático e inútil. Lo que se instaló en Magdeburgo no es un movimiento de masas uniformadas ni un proyecto de expansión territorial ni un culto al Estado total. Es un MAGA alemán: soberanismo defensivo en lugar de imperialismo, repliegue en lugar de conquista, desregulación económica en lugar de economía dirigida, plataformas digitales en lugar de milicias, y una promesa de restauración de un pasado que -como todo pasado restaurado- nunca existió. Tiene, eso sí, un rasgo específicamente alemán que el modelo americano no necesita: la revisión sistemática de la memoria, del «excremento de pájaro» de Gauland a las boutades de Weidel sobre Hitler. No porque quieran repetir aquello, sino porque el tabú es el último dique institucional y saben que quien lo perfora se queda con “Berlín”.
La consecuencia práctica es más prosaica y más seria que cualquier analogía. Faltan tres votos, y la elección del ministro-presidente es secreta. La AfD admitió públicamente el lunes que ya conversa con diputados de otras bancadas para conseguirlos. El “cordón sanitario”, que hasta ahora se pensó como una decisión de partidos, deberá resistir por primera vez como una decisión de individuos en una cabina, con las carreras y los rencores personales de por medio. Y aunque resista, con 39 escaños la AfD tiene por sí sola minoría de bloqueo: puede impedir la elección de jueces constitucionales del Land, retener nombramientos, paralizar reformas que exijan dos tercios. Las demás fuerzas deberán construir un gobierno de perdedores —CDU, SPD, Verdes, Linke, quizá el BSW, que entró con cuatro escaños y ya se declara abierto a cooperaciones puntuales— que consagrará a la AfD como única oposición y le regalará cinco años de crítica sin costos. Höcke, con instinto certero, ya llamó a «invitar a conversar». Es el mismo mecanismo que en Austria llevó al FPÖ del “cordón sanitario” a la antesala de la cancillería: no un golpe, sino una erosión.
La dirigencia del partido, por lo demás, no oculta el cálculo. Weidel declaró el lunes que ya no se podrá gobernar por encima de la AfD y fijó como meta el 40% para las federales de 2029; el partido está hoy entre 27% y 29% en las encuestas nacionales, ocho o nueve puntos sobre la Unión. Chrupalla lo dijo con la sobriedad de un jefe de obra: se empieza por un Land, y en 2029 también votan Sajonia, Turingia y Brandeburgo.
La pregunta alemana, entonces, no es si vuelven los años 30. Es si un sistema construido enteramente sobre el supuesto de que el centro siempre podrá coaligarse contra los extremos puede seguir funcionando cuando el extremo obtiene 43,8% y el centro no llega a 20%. Sajonia-Anhalt ha respondido que no. El resto de la República tiene, todavía, tiempo para responder otra cosa; pero el tiempo se cuenta ahora en elecciones, y las próximas son en Berlín y en Mecklemburgo-Pomerania Occidental.