De Diego Portales a Charlie Kirk: cuando la muerte entra en la imaginación pública
21.06.2026
Hoy nuestra principal fuente de financiamiento son nuestros socios. ¡ÚNETE a la Comunidad +CIPER!
21.06.2026
La autora de esta columna comenta que a propósito de recientes alusiones a la muerte de figuras políticas, conviene recordar que una democracia no necesita un lenguaje tibio; necesita conservar la diferencia entre confrontar ideas y fantasear con la eliminación física de quien piensa distinto. Sostiene que «una democracia no se deteriora solo cuando la violencia ocurre, sino también cuando la muerte del adversario empieza a presentarse como ironía, desahogo o simple broma. Y cuando eso sucede, conviene recordar una distinción elemental: la firmeza política no necesita invocar la muerte del adversario para defender sus ideas».
En política, no toda frase dura es violencia. Conviene decirlo desde el comienzo, porque una democracia no puede exigir que el lenguaje político sea siempre tibio, terapéutico o inofensivo. La política implica conflicto, desacuerdo, firmeza, ironía e incluso dureza. Pero esa misma libertad exige conservar un límite fundamental: el adversario se combate políticamente, no imaginando ni bromeando sobre su eliminación física.
Esa distinción, sin embargo, parece haberse vuelto borrosa. En los últimos días, dos episodios han dejado al descubierto un límite que no debiera pasar inadvertido. Primero, Darío Quiroga, exasesor de Jeannette Jara, comparó al ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, con Diego Portales, recordando que este último “murió asesinado”. Luego, se conoció la formalización de un estudiante por amenazas contra el presidente José Antonio Kast, tras escribir en un chat vinculado a la Confech que había que “hacerle un Charlie Kirk”, en referencia al activista conservador asesinado en Estados Unidos.
No son hechos idénticos: uno pertenece al registro de la opinión política; el otro derivó en una formalización judicial. Sin embargo, ambos permiten observar una misma forma de degradación: aquella en que la muerte del adversario empieza a aparecer como guiño, remate, recurso retórico o advertencia. El problema no está en la dureza del lenguaje, sino en el tipo de límite que se cruza cuando aparece la fantasía de eliminación física.
Una cosa es criticar con fuerza a un ministro, un presidente, un partido o una generación política. Otra es introducir, aun bajo la forma de la broma, la imagen de su asesinato o eliminación física. La primera pertenece a la disputa democrática, mientras que la segunda erosiona el límite que hace posible dicha disputa. En una democracia sana, el adversario puede ser criticado, impugnado, derrotado electoralmente, sancionado institucionalmente o incluso removido del poder por medio de argumentos, votos e instituciones. Lo que no puede ocurrir es que su desaparición física empiece a incorporarse al repertorio decible de la vida política.
Por eso, la discusión no puede reducirse a si hay o no intención literal, ni a si las frases constituyen o no un delito. Ese plano importa mucho, pero no agota el problema. Junto con la pregunta penal está la pregunta cultural: qué tipo de imaginación política se vuelve posible cuando alusiones a la muerte de figuras políticas dejan de producir un rechazo inmediato y empiezan a ser explicadas y contextualizadas bajo el lenguaje de la broma, la torpeza o el desacierto.
Bajo ese encuadre, la muerte entra como chiste político o como exceso verbal, pero justo ahí radica el problema cultural. Una democracia no se deteriora solo cuando una frase produce una acción concreta: se deteriora antes, cuando el lenguaje vuelve tolerables ciertas imágenes, guiños o insinuaciones sobre la desaparición física del adversario. En ese punto, el límite entre confrontación política y fantasía de eliminación empieza a volverse borroso.
La libertad de expresión no exige suavizar el desacuerdo ni convertir la política en un espacio de frases neutras, higiénicas o emocionalmente inofensivas. Al contrario: una sociedad libre debe tolerar la crítica severa, la ironía incómoda, la denuncia frontal y el lenguaje vehemente. Pero esa misma libertad requiere distinguir entre la firmeza de una posición y la banalización de la violencia contra una persona o grupo identificable. Sin esa diferencia, toda crítica severa termina pareciendo censura y toda amenaza puede esconderse detrás de la excusa del humor.
Por ello, el punto no es exigir una vida pública menos crítica, menos aguda o frontal, sino un debate público capaz de distinguir entre disputa política y fantasía de eliminación. Defender la libertad de expresión significa proteger el espacio donde las ideas puedan enfrentarse sin convertir al adversario en objeto de una violencia imaginada. En este sentido, una democracia no se deteriora solo cuando la violencia ocurre, sino también cuando la muerte del adversario empieza a presentarse como ironía, desahogo o simple broma. Y cuando eso sucede, conviene recordar una distinción elemental: la firmeza política no necesita invocar la muerte del adversario para defender sus ideas.