Colombia: un país dividido por sus futuros
04.06.2026
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04.06.2026
El domingo pasado Colombia tuvo su primera vuelta presidencial quedando la ultraderecha y la izquierda con sus candidatos para el balotaje de agosto próximo. La autora de esta columna sostiene que la este proceso refleja una división profunda sobre los futuros posibles del país más que sobre su pasado. Argumenta que décadas de violencia, desigualdad territorial, desplazamiento y desconfianza han impedido construir un proyecto común. A su juicio, el desafío central no es solo elegir un gobierno, sino reconstruir la confianza colectiva y forjar una visión compartida de futuro que permita superar las fracturas históricas de la sociedad colombiana.
Imagen de portada: Gustavo Petro, presidente de Colombia (Juan Diego Cano / Presidencia Colombia).
Durante décadas se ha dicho que Colombia es un país dividido por su pasado. Tal vez sea más preciso decir que es un país dividido por sus futuros. Las disputas que atraviesan la elección presidencial no nacieron con los candidatos actuales ni comenzaron con la campaña. Son la expresión más reciente de una pregunta que el país arrastra desde hace generaciones: cómo construir un mañana que resulte creíble para quienes recuerdan historias tan distintas.
La ajustada primera vuelta confirmó hasta qué punto esa dificultad sigue vigente. Más allá de los porcentajes obtenidos por Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella, el resultado mostró una sociedad dividida en torno a diagnósticos diferentes sobre las causas de sus problemas y, sobre todo, sobre el camino que debería seguir durante las próximas décadas. Lo que está en juego no parece ser únicamente una alternancia de gobierno. También está en disputa la forma en que Colombia interpreta su propia historia y proyecta su futuro.
Lo que hoy ocurre en Colombia resulta familiar para muchas democracias. La polarización ya no expresa únicamente diferencias ideológicas. También revela desacuerdos sobre la interpretación del pasado y sobre la imagen del futuro que una sociedad considera deseable. Sin embargo, pocos países han experimentado esa tensión con la intensidad colombiana.
Durante gran parte de su historia republicana, Colombia ha oscilado entre dos temores que atraviesan generaciones. Por una parte, el temor de quienes nunca se sintieron plenamente incorporados al orden existente y percibieron que amplios sectores de la sociedad quedaron al margen de los beneficios del desarrollo, la representación política o el acceso a la tierra. Por otra, el temor de quienes observaron cómo ese mismo orden podía fragmentarse bajo el peso de la violencia, la insurgencia o la pérdida de autoridad estatal.
El 9 de abril de 1948 una multitud salió a las calles de Bogotá después del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. La narrativa tradicional suele presentar aquel episodio como el inicio de la violencia contemporánea. Pero el Bogotazo fue mucho más que una explosión de rabia colectiva. Lo que se quebró aquel día fue una expectativa compartida. Para millones de colombianos, Gaitán representaba la posibilidad de ampliar la integración política de sectores históricamente marginados. Su asesinato debilitó la convicción de que el sistema podía transformarse sin romperse.
Las sociedades pueden sobrevivir a la pobreza, a la desigualdad e incluso a largos períodos de inestabilidad. Lo que difícilmente soportan es la pérdida de una promesa común de futuro. Cuando esa promesa desaparece, la política deja de ser suficiente para contener el conflicto.
La cuestión de la tierra reaparece una y otra vez en la historia colombiana porque nunca desapareció realmente del problema colombiano. Cambiaron los actores, los conflictos y las ideologías, pero la dificultad para integrar territorio, propiedad y ciudadanía siguió recorriendo el país bajo formas distintas.
La Reforma Social Agraria de 1961 buscó modificar una estructura rural que durante décadas había concentrado propiedad, poder y oportunidades. Aspiraba a incorporar al campesinado a una ciudadanía más plena y a reducir tensiones que ya recorrían amplias regiones del país. Sin embargo, los cambios fueron parciales. El problema no desapareció. Simplemente fue adoptando nuevas formas y reapareciendo en escenarios distintos.
Esa continuidad ayuda a entender por qué la tierra reaparece una y otra vez detrás de fenómenos que suelen analizarse por separado. Aparece en las luchas campesinas, en la expansión de las guerrillas, en los conflictos por colonización de nuevas fronteras agrícolas, en la economía de la coca y, más tarde, en los desplazamientos masivos que transformaron la geografía humana del país. Lo que cambia son las formas visibles del conflicto. Lo que permanece es la dificultad para integrar plenamente amplias regiones y poblaciones dentro de un mismo proyecto nacional.
Ningún fenómeno resume mejor esa persistencia que la coca. Durante años fue presentada como la causa principal de la violencia. Observada en perspectiva histórica, parece más bien uno de sus síntomas más visibles. La coca ocupó espacios que el Estado nunca logró llenar. Echó raíces donde las oportunidades económicas eran escasas y donde amplias regiones permanecían desconectadas de los circuitos formales de desarrollo.
En numerosas zonas del país, hombres armados terminaron haciendo algo más que combatir. Administraron justicia, regularon economías locales y resolvieron conflictos cotidianos allí donde las instituciones aparecían de forma intermitente o simplemente no aparecían. La guerra dejó de ser solamente una lucha por el poder y comenzó a convertirse en una forma de producir orden.
La violencia no sólo destruyó instituciones. También ocupó sus vacíos.
Si hubiera que elegir una figura capaz de condensar la historia reciente de Colombia, probablemente no sería el guerrillero ni el paramilitar. Sería el desplazado. La familia que descubre que puede perder simultáneamente su tierra, su comunidad y su historia mientras el país continúa funcionando.
Millones de colombianos dejaron atrás parcelas, comercios, escuelas, cementerios familiares y redes de vecindad mucho antes de que los investigadores comenzaran a medir la magnitud del fenómeno. La violencia alteró ciudades, vació regiones enteras, desplazó comunidades completas y transformó silenciosamente la geografía humana del país. Durante las décadas más intensas del conflicto armado, Colombia acumuló millones de desplazados internos, una de las cifras más altas registradas en el mundo contemporáneo.
Durante décadas Colombia produjo desplazados más rápido de lo que logró producir ciudadanos plenamente integrados.
Con el tiempo, esa experiencia adquirió nuevas formas. Millones de colombianos buscaron oportunidades fuera del país y, durante gran parte del siglo XX, muchos cruzaron la frontera oriental convencidos de que Venezuela ofrecía mejores perspectivas económicas y sociales. Hoy millones de venezolanos recorren el mismo camino en dirección inversa.
La frontera sigue allí. Lo que cambió fue el sentido de la esperanza.
Esa inversión histórica resume una transformación profunda. Vista desde una perspectiva más amplia, la historia reciente de Colombia parece menos una historia de fronteras estables que una historia de poblaciones en movimiento, de comunidades obligadas a reconstruirse y de sociedades que aprendieron a convivir con la incertidumbre territorial.
Mesas familiares con sillas vacías, barrios construidos por recién llegados y comunidades donde la confianza tardó años en reconstruirse forman parte de la herencia menos visible del conflicto. La guerra no transformó solamente territorios y poblaciones. También alteró la vida cotidiana.
Generaciones enteras aprendieron a convivir con el miedo y la incertidumbre como parte normal de la experiencia social. La guerra no ocurrió solamente en las montañas. También ocurrió dentro de las casas.
La memoria ocupa por eso un lugar tan central en la política colombiana. El país no acumula solamente víctimas; acumula interpretaciones incompatibles sobre sus víctimas. Cada sector organiza el pasado desde experiencias distintas, selecciona símbolos diferentes y construye una jerarquía propia del sufrimiento. Cuando no existe acuerdo sobre lo que ocurrió, resulta extremadamente difícil construir acuerdos duraderos sobre lo que debería ocurrir.
Dos personas pueden recordar el mismo país y sentir que hablan de lugares distintos. La polarización no surge únicamente de diferencias ideológicas. Surge también cuando desaparecen los relatos compartidos que permiten transformar experiencias distintas en una historia común.
Las controversias posteriores a la primera vuelta ilustran precisamente ese fenómeno. Incluso antes de conocerse plenamente los resultados, distintos sectores expresaron dudas y sospechas sobre el proceso electoral. Más allá de la consistencia técnica de los mecanismos de votación y escrutinio, el episodio reveló algo más profundo: la desconfianza se ha convertido en un componente estructural de la vida pública. Cuando una sociedad comienza a discutir simultáneamente los hechos, las interpretaciones y las instituciones encargadas de validarlos, las fracturas dejan de ser solamente políticas y pasan a afectar las bases mismas de la confianza colectiva.
La economía agrega una capa adicional a esta historia. Colombia no llega a esta segunda vuelta desde el colapso económico. Ha logrado preservar niveles razonables de estabilidad macroeconómica y mantener instituciones que, con todas sus limitaciones, han mostrado una resiliencia considerable. Sin embargo, muchas de las fracturas territoriales y sociales que alimentaron el conflicto siguen atravesando el país. La estabilidad sobrevivió, pero la integración continúa siendo una tarea pendiente.
Desde el exterior existe la tentación de interpretar la elección colombiana a través de categorías utilizadas para describir procesos políticos recientes en otros países de la región. La comparación puede resultar útil para observar ciertas estrategias discursivas o formas de comunicación política. Sin embargo, explica poco sobre las fuerzas históricas que organizan la experiencia colombiana. La discusión sobre autoridad, seguridad y orden continúa dialogando con conflictos agrarios, desplazamientos masivos y memorias de guerra que no tienen equivalentes exactos en la experiencia reciente de Chile o Argentina.
La primera vuelta mostró dos colombias de tamaño parecido mirando hacia horizontes distintos. Más que una simple competencia entre izquierda y derecha, la elección parece expresar una disputa sobre cómo reconstruir autoridad, integración y confianza después de décadas de conflicto, desplazamiento y fragmentación territorial.
Vista desde una perspectiva de larga duración, la historia colombiana parece menos una historia de violencia que una historia de dificultades para construir un futuro que resulte creíble para todos. Las guerras civiles, las insurgencias, la expansión de la coca, el paramilitarismo, los desplazamientos y los acuerdos de paz pueden interpretarse como respuestas distintas a una misma pregunta: cómo organizar el porvenir de una sociedad profundamente fragmentada.
Quien gane la segunda vuelta heredará una economía, un Estado y una agenda de seguridad. Pero heredará también algo mucho más difícil de administrar: un país que todavía no logra ponerse completamente de acuerdo sobre qué le ocurrió.
Durante décadas Colombia produjo desplazados más rápido de lo que logró producir ciudadanos plenamente integrados. Tal vez por eso la pregunta decisiva de esta elección no sea quién ocupará la presidencia durante los próximos años. La pregunta es si una sociedad que aprendió a desplazarse, a desconfiar y a recordar podrá también aprender a imaginar un futuro reconocible para todos.
Porque las guerras terminan cuando callan las armas. Pero los países sólo terminan de reconstruirse cuando vuelven a creer en un mismo mañana.