Educar y liderar bajo el signo de la incertidumbre
30.05.2026
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30.05.2026
El autor de esta columna provecha la realización en Chile del Congreso Internacional sobre Liderazgo y Mejora Escolar para reflexionar sobre los desafíos de la educación. Sostiene que “enfrentamos una etapa de incertidumbre educativa, que es solo una parte —aunque importante— de lo que en Occidente solemos llamar incertidumbre epocal, civilizatoria, cultural y existencial. Liderar y mejorar en ese contexto será, en los próximos años, menos seguir recetas antiguas que un trabajo paciente de invención colectiva”.
Imagen de portada: Maribel Fornerod / Agencia Uno.
Hoy finaliza en Santiago el Congreso Internacional sobre Liderazgo y Mejora Escolar (CILME), que reunió a representantes de comunidades educativas de los países iberoamericanos y de otras naciones, para abordar una cuestión tan provocadora como inevitable: ¿cómo liderar y mejorar en tiempos de incertidumbre educativa? Aunque la pregunta parece técnica, en realidad tiene un carácter profundamente histórico. Como ocurrió a finales del siglo XVIII y durante el XIX europeo con la Revolución Industrial, la educación vuelve a enfrentarse a la necesidad de reformularse debido a una transformación profunda en la economía, la política, la cultura, y las formas de vivir, trabajar, relacionarse y aprender.
Es útil recordar el ejemplo histórico. La aparición de la sociedad industrial llevó a la necesidad de crear, inicialmente en Europa y luego en otras regiones del mundo, una educación adecuada a las nuevas fuerzas productivas y a los Estados nacionales que emergían. Se requirió alfabetizar a las personas, ampliar el acceso a la escuela y divulgar habilidades básicas de la cultura moderna: lectura, cálculo, pensamiento científico, higiene, precisión en el trabajo, disciplina y respeto por los horarios. Los Estados nacionales, por su parte, vieron en la educación el medio clave para construir comunidades territoriales cohesionadas por un idioma común, una identidad cultural, una narrativa sobre su pasado y una visión compartida de futuro. La escuela moderna, por tanto, fue la respuesta institucional al paso del Antiguo Régimen a la sociedad industrial: un mecanismo de masificación cultural, integración nacional y capacitación laboral.
Hoy estamos frente a lo que varias voces llaman, con justificación y cierto toque profético, un cambio de época o civilizatorio. En esencia, se trata del paso de la sociedad industrial a la digital: una nueva revolución industrial, ahora en la era posmoderna, que reemplaza el mundo analógico por uno digital. La tecnología más avanzada en este mundo es, por ahora, la inteligencia artificial. Su economía se basa en datos, plataformas y algoritmos, mientras que su política se desarrolla en tiempo real en redes sin territorialidad. La cultura se fragmenta en flujos audiovisuales interminables, y las formas de vivir, trabajar, relacionarse y aprender se reorganizan en torno a pantallas, dispositivos móviles, asistentes conversacionales y entornos virtuales.
Las sociedades que se perfilan hacia 2050 serán globales en su escala, con una estructura compleja, avanzarán rápidamente y tendrán una dirección aún incierta. Serán globales porque sus principales dinámicas —financieras, sanitarias, climáticas y tecnológicas— cruzan fronteras sin pedir permiso. Serán complejas porque ningún actor, por poderoso que sea, controla por completo el sistema. Aceleradas, como describe Hartmut Rosa, ya que el tiempo social se acorta, las experiencias se vuelven efímeras y las instituciones deben correr tras cambios que no logran entender del todo. Y serán inciertas, porque ese conjunto hace que cualquier pronóstico a mediano plazo sea una simple conjetura frágil.
Este tránsito implica, para los sistemas escolares y la educación tradicional —que ha sido pensada desde la Grecia clásica con la paideia, pasando por los neohumanistas alemanes del siglo XIX con la Bildung, y hasta fines del siglo XX— un cambio profundo y estructural. Las mediciones internacionales, con PISA a la cabeza, continúan evaluando, con mayor sofisticación, habilidades derivadas de la Revolución Industrial: comprensión lectora, razonamiento matemático y alfabetización científica. Aunque estas habilidades seguirán siendo importantes, ya no son suficientes en un contexto en el que la información es abundante, el conocimiento evoluciona rápidamente y los agentes artificiales comienzan a realizar tareas cognitivas que la escuela todavía considera exclusivamente humanas.
Lo que sucederá en las próximas décadas, a lo largo del siglo XXI, será inevitablemente una fase llena de invenciones e innovaciones, de ensayos y errores, y de construcciones socioculturales y administrativo-institucionales. La educación enfrentará, ya sea por necesidad o por elección, cambios profundos en sus contenidos, procesos, prácticas e instrumentos.
Este período estará marcado por la incertidumbre, ya que el mundo digital apenas comienza a consolidarse, con sus plataformas y redes, sus capacidades cognitivas aparentemente ilimitadas, su rápida velocidad en la producción y disponibilidad del conocimiento, y sus múltiples desafíos para lo que hasta ahora conocemos como sistemas escolares: enseñanza y aprendizajes estructurados, aulas, tiempos específicos, progresiones escalonadas, escolarización formal según los niveles de la Clasificación Internacional Normalizada de la Educación (CINE), aulas, copresencialidad intensa, currículos, pedagogías tradicionales, exámenes, certificaciones, docentes y estudiantes todavía operando bajo el diseño heredado de la sociedad industrial.
¿Qué nos deparará el futuro en esos dispositivos, procedimientos, prácticas y ritos? No lo conocemos, solo podemos intuirlo.
Sabemos que los tiempos de la educación cambiarán radicalmente, ya que el tiempo necesario para aprender y aplicar conocimientos se acortará de manera vertiginosa. La gran pregunta es: ¿cómo coexistirá el aprendizaje controlado por procesos biológicos —el que ocurre en los primeros meses y años de vida, en la educación temprana y en la trayectoria K-12, que sigue ritmos de maduración que la evolución no consulta con Silicon Valley— con la presencia masiva de IA, pantallas, redes, realidad virtual y la infinita variedad de opciones? ¿Qué conocimientos, habilidades prácticas y formas de convivir y de ser serán necesarios en estos nuevos entornos, llenos de inteligencia artificial y poblados por agentes no humanos? ¿Qué capacidades, habilidades mentales, emocionales y físicas debemos cultivar y desarrollar en el mundo que se avecina? ¿Qué enfoques pedagógicos, aplicables a lo largo de toda la vida, serán necesarios? Aunque las categorías tradicionales —enseñar, aprender, evaluar, certificar, graduar— no desaparecerán de inmediato, empiezan a perder su claridad y su evidencia.
Y, además de esas preguntas, surge otra más sombría en el horizonte.
¿Será posible que surjan torres de Babel digitales, tecno-feudales o tecno-imperiales, que reduzcan lo humano y lo subordinen a las nuevas formas de poder del capital concentrado y a las tecnologías de vigilancia, control y sumisión? Estas tecnologías, llevadas al extremo, podrían encerrarnos —como anticipó Weber— en una nueva jaula de hierro, ahora algorítmica, que también afectaría la educación y sus ideales de libertad, emancipación y autonomía. No es una distopía sin fundamento: es la cara opuesta de lo que celebramos cuando hablamos de eficiencia, personalización y escala. Como recuerda Gert Biesta, la cuestión educativa no es solo qué aprenden los estudiantes, sino quiénes somos invitados a ser y en qué condiciones puede surgir un sujeto libre. Esa cuestión, lejos de quedar en el pasado, hoy cobra una urgencia renovada.
El Congreso Internacional sobre Liderazgo y Mejora Escolar en Santiago representó una excelente oportunidad para dialogar, profundizar en estos temas y trazar las primeras rutas hacia territorios desconocidos. Esta exploración, necesariamente tentativa, parte de nuestros modelos escolares modernos e industrializados y busca avanzar hacia configuraciones socioculturales de base digital, donde casi todo lo que creíamos saber y valorar empieza a perder estabilidad, peso tradicional y densidad histórica. En resumen, enfrentamos una etapa de incertidumbre educativa, que es solo una parte —aunque importante— de lo que en Occidente solemos llamar incertidumbre epocal, civilizatoria, cultural y existencial. Liderar y mejorar en ese contexto será, en los próximos años, menos seguir recetas antiguas que un trabajo paciente de invención colectiva.
Y, sin embargo, no todo es oscuridad. Como Hannah Arendt nos enseñó, educar implica asumir la responsabilidad de un mundo que debemos entregar a las nuevas generaciones para que lo renueven y lo trasladen de nuevo. En esa tensión entre preservar y abrir, quizás radique la mejor noticia de estos tiempos: las generaciones futuras aportarán al ámbito digital una capacidad de inicio —natalidad, en términos arendtianos— que nosotros, adultos y educadores, estamos llamados a acoger, guiar y proteger. Liderar en medio de la incertidumbre también es, en última instancia, un acto de confianza en la historia.