Cuba es el siguiente
05.02.2026
Hoy nuestra principal fuente de financiamiento son nuestros socios. ¡ÚNETE a la Comunidad +CIPER!
05.02.2026
La Habana está en la mira imperial de Trump, pero el diálogo sigue siendo una opción.
Créditos imagen de portada: Sebastián Beltrán Gaete / Agencia Uno
El domingo 11 de enero, Donald Trump se despertó pensando en Cuba. Antes de que la mayoría del país hubiera tomado siquiera su café matutino, a las 7.23 A.M. comenzó a tuitear amenazas contra el gobierno cubano. “NO HABRÁ MÁS PETRÓLEO NI DINERO PARA CUBA, CERO”, publicó Trump en su cuenta de Truth Social con su énfasis característico. “Les recomiendo encarecidamente que lleguen a un acuerdo, ANTES DE QUE SEA DEMASIADO TARDE”, continuó. “Gracias por su atención a este asunto”.
Para hacerlo oficial, la semana pasada Trump firmó una orden ejecutiva titulada “Abordaje de las amenazas al gobierno de los Estados Unidos por parte del gobierno de Cuba”. Declarando una “emergencia nacional” que no existe, el presidente ordenó imponer aranceles punitivos a cualquier nación que envíe petróleo a Cuba y afirmó que la nación insular representa “una amenaza inusual y extraordinaria” para la seguridad nacional de los Estados Unidos.
Empoderado, envalentonado y sintiéndose claramente con derecho a ello tras el descarado éxito de la “Operación Resolución Absoluta” en Caracas, el enfoque de Trump sobre Cuba es completamente predecible. Desde el principio, el cambio de régimen en Venezuela ha parecido ser un paso previo al cambio de régimen en Cuba. No hay duda de que el presidente y su secretario de Estado cubano-estadounidense de línea dura, Marco Rubio, ven a Cuba como el trofeo definitivo de la post-Guerra Fría; el objetivo perfecto para una demostración dramática y simbólica de la nueva “Doctrina Donroe”. “El régimen cubano ha sobrevivido a todos los presidentes desde Eisenhower”, como tuiteó Marc Theissen, aliado conservador de Trump, llamando la atención del presidente. “¿No sería increíble que esa racha terminara con Donald Trump?”.
Cuba ha sobrevivido a los últimos 13 presidentes, y a todos los actos de agresión que estos han desatado: invasiones paramilitares, intentos de asesinato, un bloqueo económico duradero, entre otras medidas punitivas. Como David contra Goliat, la nación insular ha resistido al coloso del norte durante más de 67 años. “Cuba es una nación libre, independiente y soberana”, respondió desafiante el líder del Partido Comunista, Miguel Díaz-Canel, a las amenazas de Trump. “Nadie nos dicta lo que tenemos que hacer”.
Pero con el descarado ataque a Venezuela, Estados Unidos está intentando reafirmar su hegemonía imperial en todo el hemisferio, y La Habana está claramente en su mira. En medio de la peor crisis económica que ha vivido Cuba, el régimen es ahora más vulnerable que en cualquier otro momento desde la revolución de 1959. Y, a pesar de su dramática historia de rebeldía y supervivencia, Cuba nunca se ha enfrentado a un presidente estadounidense tan peligroso como Donald Trump. Tampoco, por cierto, el resto del mundo.
Más que cualquier otra nación, Cuba ha sufrido las mayores pérdidas por el derrocamiento del régimen de Maduro en Caracas por parte de Estados Unidos. El éxito de la Operación Resolución Absoluta le ha costado a La Habana la pérdida de su aliado global más cercano, así como los recursos que fluían de esa larga y estrecha alianza. Sin embargo, lo más doloroso es que el ataque estadounidense ha costado la vida a 32 miembros del personal de seguridad cubano y ha dejado a decenas de heridos por las bombas y las balas estadounidenses.
La mayoría —si no todas las víctimas cubanas— eran agentes de seguridad e inteligencia asignados a la protección del jefe de Estado venezolano; y fueron abatidos cuando tropas de élite de la Fuerza Delta se infiltraron en el complejo fortificado donde vivían Maduro y su esposa. Sus muertes son las primeras desde la invasión estadounidense de Granada en 1983, cuando cubanos murieron en combate directo con el ejército estadounidense. Cuando sus cenizas fueron devueltas a su patria, los funcionarios cubanos recordaron al mundo que sus compañeros caídos eran “un padre, un hijo, un esposo, un hermano”. En una rara declaración pública, el ministro del Interior de Cuba, el general Lázaro Álvarez Casas, afirmó que Cuba sentía un “profundo orgullo” por el sacrificio de sus soldados en defensa de la soberanía de “una nación hermana”.
La pérdida de soberanía de Venezuela, ahora en manos hostiles de Donald Trump —“el presidente interino de Venezuela”, como él mismo se ha autoproclamado— ya está repercutiendo en la moribunda economía cubana. Hasta el 3 de enero, Venezuela suministraba a Cuba entre 30 mil y 35 mil barriles diarios de petróleo, lo que supone aproximadamente una cuarta parte de las necesidades energéticas totales de Cuba. Cuba pagaba este petróleo con servicios humanos —guardias de seguridad, brigadas médicas, técnicos— en lugar de con dinero, del que carece. De hecho, a pesar de la escasez generalizada de electricidad, Cuba habitualmente ha revendido parte de sus importaciones de petróleo venezolano a China, en un esfuerzo desesperado por obtener capital para importar otros productos básicos, como alimentos y medicinas.
Pero ahora que la administración Trump ha tomado el control de toda la industria petrolera de Venezuela, Cuba ha sufrido la pérdida de su principal, aunque mínima, fuente de suministro de petróleo, sin una alternativa clara. Desde el ataque de Estados Unidos, según la agencia de inteligencia marítima Kpler, ningún petrolero ha salido de Venezuela en dirección a Cuba. “La situación es muy peligrosa, para decirlo sin rodeos”, declaró en una entrevista Ricardo Torres, un destacado economista cubano ahora en el exilio. “Cuba es vulnerable”, dijo.
Como tiburones en el agua, la comunidad de línea dura de exiliados cubanoamericanos, y sus políticos de Florida, huelen sangre y presionan a la Casa Blanca para que aplique la Doctrina Donroe contra Cuba. “No se equivoquen, después de nuestro trabajo en Venezuela, ¡Cuba es la siguiente!”, declaró hace unas semanas el congresista cubanoamericano Carlos Giménez. “Va a ser el fin del régimen de Díaz-Canel, del régimen de Castro, va a suceder”, proclamó el senador de Florida Rick Scott, cercano al secretario Rubio. “Estamos en proceso de que eso suceda ahora mismo”.
Marco Rubio, por supuesto, no necesita que lo convenzan. Además de aspirar a ser presidente, acabar con la revolución cubana ha sido la principal prioridad de Rubio durante toda su carrera política. Como secretario de Estado y asesor de seguridad nacional del presidente, tiene en sus manos las principales palancas del poder en materia de política exterior, y el oído de Trump. “Creo que es una oportunidad única en la vida para el secretario Rubio de intentar acabar por fin con el gobierno comunista de Cuba”, afirma Tim Rieser, que trabajó incansablemente como asesor de política exterior del Senado para normalizar las relaciones entre Estados Unidos y Cuba. Matthew Kroenig, exasesor de Rubio en el Senado y asesor político cuando se presentó a la presidencia, comparte esa opinión. “Cuba puede ser la siguiente”, afirmó en FP Live, el podcast de Foreign Policy. “Creo que hay un interés en llevar el modelo venezolano a La Habana”.
¿Cómo se aplicaría el “modelo venezolano” en Cuba? Sería difícil (pero ciertamente no imposible) que la Fuerza Delta irrumpiera en La Habana y secuestrara a toda la dirección política del Partido Comunista Cubano. El país tampoco cuenta con vastos recursos naturales, como el petróleo venezolano, para que Estados Unidos pueda simplemente apropiarse para tomar el control del futuro económico de Cuba. ¿Y sobre qué base lo harían?
Si Trump ha demostrado algo, es que puede inventar sin pudor justificaciones para sus caprichosos impulsos imperiales. Hace exactamente un año, el primer día de su regreso a la Casa Blanca, Trump designó falsamente a Cuba como “patrocinadora” del terrorismo internacional, sin una pizca de evidencia que respaldara esa afirmación. Incluir a Cuba en la lista oficial del Departamento de Estado de “países patrocinadores del terrorismo” —junto con Corea del Norte, Irán y Siria— ha permitido al Gobierno imponer sanciones financieras debilitantes a la isla. Pero también ofrece una justificación de relaciones públicas ya preparada para intensificar las operaciones de cambio de régimen contra el gobierno cubano liderado por el Partido Comunista, una justificación que Trump ha utilizado falsamente ahora para declarar una “emergencia nacional” con Cuba.
Además, Estados Unidos tiene una larga historia, anterior a la revolución, de tratar a Cuba como un protectorado en lugar de un Estado soberano. Tras la guerra de independencia de Cuba a principios del siglo XX, los cubanos se vieron obligados a cambiar una potencia colonial —España— por una potencia neocolonial emergente mucho más cercana. Los marines estadounidenses ocuparon el país y, bajo coacción militar, las autoridades cubanas se vieron obligadas a firmar el tratado de la «Enmienda Platt», que otorgaba a Estados Unidos “el derecho a intervenir para preservar la independencia de Cuba (y) mantener un gobierno adecuado para la protección de la vida, la propiedad y la libertad individual”. Durante décadas, el dominio estadounidense de prácticamente todos los aspectos de la sociedad cubana fomentó el resentimiento generalizado y el fervor nacionalista que finalmente harían posible la revolución liderada por Castro.
Hasta ahora en Caracas, el “modelo venezolano” ha sido una mezcla de acciones militares rápidas, cuarentenas navales, y amenazas abiertas y exigencias de capturación, una forma de intervención a distancia que Trump y Rubio están utilizando para manipular lo que queda del régimen de Maduro y que este cumpla las órdenes de Washington desde lejos. Esta “diplomacia coercitiva” a distancia refleja las dolorosas y costosas lecciones aprendidas de la experiencia estadounidense en Irak: la regla de Pottery Barn de “si lo rompes, lo pagas”. Como magnate inmobiliario, Trump quiere ser dueño de propiedades, o al menos poder ponerles su nombre y fingir que son suyas. Pero como líder del movimiento MAGA, “America First”, no quiere destruirlas y luego pagar un precio elevado en vidas y recursos estadounidenses desperdiciados para reconstruirlas, sobre todo si puede conseguir sus objetivos con grandilocuencia, bloqueos y unas cuantas bombas selectivas.
Trump ha insinuado en repetidas ocasiones que Cuba colapsará por sí sola, especialmente ahora que Estados Unidos está bloqueando su suministro de petróleo. “Cuba va a caer por su propia voluntad”, dijo a los periodistas que le preguntaron si Cuba sería la siguiente. La semana en que se estrenó “Melania”, el nuevo documental financiado por Amazon sobre su esposa, el presidente reiteró: “creo que Cuba no podrá sobrevivir”.
Al bloquear la capacidad de Cuba para importar petróleo, la administración Trump tiene la clara intención de estrangular la economía cubana hasta que colapse, o hasta que los líderes del Partido Comunista se rindan ante las exigencias de Washington. Sin petróleo, Cuba no puede alimentar su red eléctrica; y la pérdida total de electricidad provocará una crisis humanitaria nacional: no habrá luz, ni acceso al agua, ni transporte, ni refrigeración de alimentos, ni ventiladores o aire acondicionado, ni hospitales en funcionamiento, ni comunicaciones. Una oscuridad peligrosa y desestabilizadora se apoderará de Cuba, con consecuencias mortales para la población cubana y para Estados Unidos.
Estados Unidos ya se ha enfrentado anteriormente a la decisión de empujar la economía cubana al abismo, durante el “período especial” tras el colapso de la Unión Soviética. En aquel momento, los funcionarios estadounidenses reconocieron el escenario de “Estado fallido” en Cuba, y lo que la CIA denominó “inestabilidad que amenaza al régimen”, constituían las verdaderas amenazas para la seguridad nacional de Estados Unidos. En agosto de 1993, la CIA redactó un informe secreto de la Inteligencia Nacional (NIE) que fácilmente podría haber sido escrito hoy. “El impacto en la población ya ha sido devastador”, informaba el NIE, citando la escasez de productos básicos y los apagones de electricidad de entre 10 y 16 horas al día en todo el país. “La escasez de alimentos y los problemas de distribución han provocado malnutrición y enfermedades, y las dificultades para subsistir se intensificarán”. La llegada de una “grave inestabilidad en Cuba (tendría) un impacto inmediato en Estados Unidos”, concluyó el organismo de inteligencia, citando una afluencia masiva de migración incontrolada, la agitación de la comunidad de exiliados de Miami y el aumento de las “presiones para una intervención militar estadounidense o internacional”, todas ellas posibilidades críticas en la situación actual.
Hay indicios claros de que la administración Trump desea evitar esta pesadilla. «No nos interesa una Cuba desestabilizada», declaró el 9 de enero el secretario Rubio a los ejecutivos petroleros que Trump reunió en la Casa Blanca. Ese mes, Rubio autorizó una cantidad simbólica de ayuda humanitaria para la zona oriental de Cuba devastada por el huracán, una medida destinada a que Washington se ganara el favor del pueblo cubano.
Lo más importante es que el propio Trump dijo a los periodistas que “estamos hablando con Cuba y muy pronto sabrán (más)”. La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, ha ofrecido en repetidas ocasiones sus buenos oficios como interlocutora para las conversaciones entre Washington y La Habana; y hay rumores sin confirmar de que se están llevando a cabo conversaciones secretas entre funcionarios estadounidenses y cubanos en ese país.
Y la orden ejecutiva de Trump del 29 de enero, que amenaza con sanciones arancelarias a cualquier país que envíe petróleo a Cuba, tiene lo que los responsables políticos denominan “una vía de escape” que sugiere que el diálogo —y un acuerdo— podrían ser posibles. Según la nueva orden ejecutiva: “Si el gobierno de Cuba u otro país extranjero afectado por esta orden toma medidas significativas para abordar la emergencia nacional declarada en esta orden y se alinea suficientemente con Estados Unidos en materia de seguridad nacional y política exterior, podré modificar esta orden”.
Desde la revolución de 1959, las relaciones entre Estados Unidos y Cuba han estado dominadas por infames actos de agresión: la Bahía de Cochinos, la Operación Mangosta, los complots de asesinato de la CIA, el embargo comercial. Pero la historia también está repleta de episodios menos conocidos de diálogo extraoficial para resolver crisis, abordar intereses mutuos e incluso intentar normalizar las relaciones. Como lo que William LeoGrande y yo escribimos en nuestro libro Diplomacia Encubierta Con Cuba, “la historia del diálogo entre Cuba y Estados Unidos desde 1959 demuestra que no solo es posible sustituir la hostilidad estéril por la reconciliación, sino que es preferible para los intereses nacionales e internacionales de ambas naciones”. Este hecho es especialmente relevante hoy en día.
En el pasado, las delicadas conversaciones entre Washington y La Habana contaron con el apoyo de interlocutores internacionales. Las exitosas negociaciones entre Obama y Raúl Castro, por ejemplo, contaron con la ayuda de Canadá, México y el Vaticano. Trump ha exigido a Cuba a “llegar a un acuerdo”, por lo que, de alguna manera, en algún lugar, está presentando sus condiciones coercitivas para que ese acuerdo se produzca.
Las exigencias imperiales de Trump serán onerosas para los dirigentes cubanos: ríndanse ante el control estadounidense o pondremos en cuarentena sus puertos, cortaremos todo su suministro de petróleo y dejaremos a su pueblo morir de hambre. Pero dado que la democracia no parece ser una prioridad para Trump y que la administración preferiría evitar los peligros de una “inestabilidad que amenace al régimen”, los líderes cubanos podrían encontrar un margen de negociación en torno a las exigencias políticas y económicas de Washington, como eliminar el control del Partido Comunista y del ejército sobre la disfuncional economía cubana, y levantar las restricciones al desarrollo del sector privado y a la inversión extranjera. Al fin y al cabo, Trump siempre se ha centrado en el sector inmobiliario. Quizás el presidente estadounidense se calme si se le concede la licencia para poner el nombre de Trump a uno de los hoteles emblemáticos de Cuba.
Durante las primeras conversaciones secretas entre Washington y La Habana tras la fallida invasión de Bahía de Cochinos, el Che Guevara le dijo al asesor de Kennedy en la Casa Blanca, Richard Goodwin, que Cuba “no podía discutir ninguna fórmula que significara renunciar al tipo de sociedad al que se habían dedicado”. Pero Cuba estaba dispuesta a discutir otras preocupaciones de Estados Unidos, como la indemnización por las propiedades expropiadas y su política exterior en América Latina.
Y Cuba sigue mostrándose dispuesta a abordar esas preocupaciones, siempre y cuando se encuentre una fórmula para las conversaciones diplomáticas en la que Trump no se limite a ordenar al gobierno cubano que “se arrodille” y jure lealtad al rey loco del continente. “Cuba no tiene que hacer ninguna concesión política, y eso nunca estará sobre la mesa de negociaciones”, dijo hace algunas semanas Díaz-Canel a miles de cubanos reunidos frente a la embajada de Estados Unidos para protestar contra la intervención estadounidense en Venezuela. “Siempre estaremos abiertos al diálogo y a mejorar las relaciones entre nuestros dos países, pero solo en igualdad de condiciones y sobre la base del respeto mutuo”.
En la mente megalómana de Donald Trump, los conceptos de igualdad y “respeto mutuo” no existen. Pero otras naciones latinoamericanas han sorteado los insultos procedentes de Washington y han negociado, hasta ahora, la coexistencia con el coloso del norte. Un diálogo diplomático entre Washington y La Habana sigue siendo posible —y preferible— para promover los mejores intereses de ambos países.