La relación con el trabajo como fenómeno sociológico
30.01.2026
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30.01.2026
Los autores de esta columna analizan los resultados de la encuesta «Trabajo y empleo en Chile: expectativas, percepciones y valoraciones de la población», para medir lo que representa el ámbito laboral para la población chilena. Sostienen que «el desafío de las sociedades ahora es crear estructuras que permitan desarrollarse en el trabajo, sentirlo como una parte importante de la identidad y de la vida cotidiana —y no como un lastre— y percibir de él un ámbito de certezas y estabilidad».
Créditos imagen de portada: Víctor Huenante / Agencia Uno
Los resultados de la PAES, de la CASEN 2024, las estadísticas sobre el desempleo, la proporción de titulados de educación superior sin trabajo, la inteligencia artificial, la revolución tecnológica, entre otros aspectos de la vida social actual, nos tienen discutiendo sobre la educación y el trabajo en Chile.
En el Observatorio Social de la Universidad del Alba levantamos una encuesta que mide las percepciones, valoraciones y significados que representa el ámbito laboral para la población chilena. Como Observatorio, buscamos profundizar en aquellos fenómenos sociales que caracterizan a nuestras sociedades contemporáneas y en cómo estos se experimentan cotidianamente por las personas.
Una de las principales temáticas de la encuesta fue la valoración sobre la educación superior, las expectativas sobre ella y su comparación con otras vías laborales. El impulso para indagar en esto viene de otras investigaciones del Observatorio, donde surge la desafección de los adolescentes por la educación y lo que desean conseguir en la vida a través de ella.
En parte es cierto lo que dice el experto en educación, José Joaquín Brunner, a partir de los resultados de la PAES, cuando asegura en una columna para CIPER que “existe en la sociedad una alta valoración del esfuerzo y el mérito”. También es cierto, sin embargo, que ese mérito ha cambiado en los últimos años, que su fin u objetivo no es el mismo para todos y no se espera alcanzar lo mismo a través de él.
Como señala el título de un reportaje de The Clinic: “para surgir todos tenemos caminos diferentes”. Para algunos, el mérito está solamente en emprender. Dentro de ellos, hay quienes entienden el emprendimiento como crear aplicaciones de sistematización de información para empresas, pero otros lo conciben como alcanzar cierto nivel económico o estatus, incluso a costa de los medios utilizados para lograrlo, ya sea mediante apuestas online, actividades ilegales o trabajos extremadamente vulnerables en términos de protección social e inciertos respecto de su estabilidad futura. No se trata de demonizar el emprendimiento, ese no es el punto; se trata, más bien, de reflexionar sobre cómo las causas que llevan a buscar la independencia laboral tienen consecuencias distintas para diferentes grupos de la población.
Un entrevistado del reportaje mencionado afirma que «desde pequeño tenía ese bicho de tener algo propio y no tener un jefe». Si hace una o dos generaciones el mérito estaba puesto en emplearse y dar lo mejor de sí en el trabajo, ahora se valora “algo propio” y la no dependencia directa. Por ello, es necesario profundizar en las razones detrás de estos cambios y en cómo articular las transformaciones generacionales con la vida laboral contemporánea.
Veamos los datos de la encuesta del Observatorio Social para profundizar en esto. En primer lugar, las valoraciones sobre el título universitario. En términos generales, un 75,2% de las personas declara estar de acuerdo o muy de acuerdo con que un título universitario es importante para lograr lo que se desea en el ámbito laboral, lo que indica que la universidad sigue siendo percibida como una vía legítima de reconocimiento y proyección social en términos generales.
Sin embargo, al desagregar por rango etario estas percepciones cambian bastante. Solo un 21,5% de los jóvenes entre 18 y 29 años considera que el título es “muy importante”, cifra considerablemente menor en comparación con el 40,1% del grupo de 30 a 44 años y el 35,6% de quienes tienen entre 45 y 59 años. Esta diferencia sugiere que la confianza en el título universitario como garantía de éxito laboral es más débil entre las generaciones jóvenes, que parecen tomar mayor distancia frente a la promesa educacional tradicional.
Estas brechas generacionales se profundizan al incorporar la variable socioeconómica. Entre quienes pertenecen al nivel socioeconómico bajo, solo un 27,6% califica el título universitario como “muy importante”, proporción que aumenta a 35,5% en el NSE medio y alcanza un 46,5% en el alto. Ello indica que la valoración de la educación superior no solo varía según la edad, sino que está fuertemente condicionada por la posición social. Los sectores con mayores recursos tienden a percibir el título universitario como una inversión más segura y rentable, mientras que los grupos de menores ingresos manifiestan un mayor escepticismo respecto de su capacidad efectiva para asegurar movilidad social.
Estas valoraciones sobre el título universitario se explican, en parte, por las expectativas defraudadas de otras generaciones al conseguir un título universitario. ¿Qué percibe la población sobre el trabajo, su situación laboral y los riesgos del desempleo? El estudio de la Universidad del Alba plantea que, por un lado, un 93,5% de las personas declara que el trabajo es “importante” o “muy importante” en su vida personal. Por otro, esta alta valoración convive con un escenario laboral marcado por la incertidumbre. Según un informe de El País, la cantidad de personas que lleva 12 meses o más sin empleo aumentó un 69,1% respecto de 2024, afectando de manera desproporcionada a quienes cuentan con educación superior completa. De los 35.894 nuevos desempleados de larga duración, 24.800 corresponden a titulados universitarios, muchos de los cuales enfrentan dificultades de reinserción debido a fenómenos como la “sobre cualificación”, la desactualización de competencias o expectativas salariales consideradas excesivas por el mercado.
En la misma línea, de acuerdo con la encuesta del Observatorio Social, entre quienes se encuentran actualmente empleados, un 39,1% declara estar “muy satisfecho” y un 48,6% “satisfecho” con su trabajo, frente a un 7,5% que se manifiesta “insatisfecho” y un 3,5% “muy insatisfecho”. Sin embargo, esta satisfacción laboral coexiste con una marcada sensación de fragilidad: un 37,8% señala estar “muy preocupado” o “preocupado” por perder su empleo, mientras que solo un 31,2% declara no estar “nada preocupado”. En caso de perder el empleo, un 40,4% considera poco o nada probable encontrar un trabajo en los próximos meses.
Esta preocupación resulta particularmente visible entre los jóvenes. Un 21,5% de las personas entre 18 y 29 años se declara “muy preocupado” por perder su trabajo, en contraste con el 18,4% del grupo de 45 a 59 años y el 14,8% de quienes tienen 60 años o más. Este dato refuerza la idea de que las generaciones más jóvenes no solo redefinen el valor del trabajo y de la educación superior, sino que también se perciben a sí mismas como más expuestas a la inestabilidad estructural del mercado laboral.
El fenómeno de la vida laboral y las disposiciones sobre ella se discuten cada vez más en la opinión pública y la academia, pero falta profundidad. Es un marcador importante de las sociedades contemporáneas, y representan un desafío relevante para pensar en el modelo de desarrollo que se espera crear de acá hacia adelante.
Hace ya dos décadas la socióloga Carmen Leccardi notó que las nuevas juventudes se ven enfrentadas a un cambio social cada vez más acelerado, donde el paisaje del futuro es cada vez más difícil de visualizar. Ante la incertidumbre y el estrechamiento del “campo visible” del futuro, los jóvenes adoptarían estrategias individuales de empoderamiento, realzando su identidad, creatividad y libertad personales, y operando a partir de la indeterminación y la multitud de posibilidades.
Dos décadas después, esa lectura puede seguir teniendo vigencia, como en los relatos de emprendimiento previamente mencionados. Pero parece empezar a dibujarse otra experiencia del futuro, teñida por una incertidumbre característicamente pesimista, donde se difuminan las rutas tradicionales de vida, pero no emergen alternativas o caminos obvios. No es trivial que las generaciones nuevas, que cuentan con el mayor nivel educacional en la historia del país, sean las que menos creen en la promesa de la educación superior, y experimenten tal temor frente a la inestabilidad laboral.
De una u otra manera, las personas siempre han estado vinculadas a diversas formas de trabajo. El desafío de las sociedades ahora es crear estructuras que permitan desarrollarse en el trabajo, sentirlo como una parte importante de la identidad y de la vida cotidiana —y no como un lastre— y percibir de él un ámbito de certezas y estabilidad.