Venezuela y el nuevo «orden» internacional
06.01.2026
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06.01.2026
El autor de esta columna expone que analizar la maniobra de Estados Unidos en Venezuela solo bajo la óptica de extraer nuevas rentas petroleras es “una narrativa floja”. Lo que busca Donald Trump y su gobierno, dice, es profundizar un nuevo orden geopolítico, “donde el mundo se divide en ‘áreas de influencia’, entendidas como áreas geográficas donde una potencia ejerce un control exclusivo en términos económicos, político y militar”. Para lograrlo, afirma el autor, uno de los objetivos inmediatos que persigue Estados Unidos es asfixiar económicamente al régimen cubano, controlar esta parte del hemisferio y luego lograr “una producción petrolera conjunta de Estados Unidos, México y Venezuela que haga a su país ―y su área de influencia― independiente del Medio Oriente”.
Créditos imagen de portada: TheWhiteHouse.gov
El sábado publiqué una columna en El Mostrador, escrita solo horas antes, mientras secuestraban a Maduro, donde argumentaba que el objetivo último de lo que pasaba en Venezuela era ahogar económicamente a Cuba, la cual necesita del petróleo venezolano barato (a veces gratis) para poder sobrevivir económicamente ―tema que había estado ausente en el análisis de Venezuela en la prensa internacional y nacional―. No era el único objetivo, por supuesto, pero era al menos tan importante, sino más, que apoderarse del petróleo venezolano. Era lograr dos pájaros de un tiro.
Fue solo al día siguiente cuando Trump y Marco Rubio, finalmente, comenzaron a transparentar su objetivo en Cuba. Como reportó el Financial Times, Trump reconoció que la acción contra Venezuela tiene que ver con derrocar al régimen cubano: “Creo que [Cuba] va a caer [con el golpe de lo que sucede en Venezuela], … y va a ser incapaz de levantarse antes del final de la cuenta [refiriéndose a los diez segundos del boxeo].” Para luego agregar: “Creo que Cuba es de lo que terminaremos hablando”. No pudo haber sido más claro.
Luego, el diario se refiere a la conocida animosidad (obsesión) de Rubio contra el régimen cubano ―un cubanoamericano de Miami, quien acaba de afirmar: “Si yo viviera en La Habana y trabajara en el gobierno, estaría preocupado”―, y concluye que “para el régimen cubano, este es un momento existencial.” Por su parte, para un miembro de la Cámara de Representantes de Florida, esta fue una movida maestra de Rubio. Y ni Rusia o China van a mover un dedo. Cuba, por primera vez desde el comienzo de la revolución, está sola, sin aliados de peso.
Todo esto es parte de una nueva gran geopolítica: un nuevo “orden” internacional donde el mundo se divide en “áreas de influencia”, entendidas como áreas geográficas donde una potencia ejerce un control exclusivo en términos económicos, político y militar.
Es el regreso de la famosa “doctrina Monroe”, pero en su real dimensión: no es solo “América para los americanos” (donde lo primero se refiere a un continente ―ahora habría que sumarle Groenlandia―, y lo segunda a solo un país), sino también se trata de la no interferencia en otras áreas de influencia en el mundo. Rusia, por ejemplo, tendría libertad para volver a tener un mínimo control sobre los países de la exUnión Soviética, y China entretener su obsesión con Taiwán (al que quiere transformar en un nuevo Hong-Kong). Esto también incluye a Israel, y su control del Medio Oriente (algo que quedó muy claro cuando su gobierno de extrema derecha llevó a cabo una represalia inhumana en Gaza, contra un pueblo inocente, para vengarse de un grupo terrorista que los pilló desprevenidos; y nadie movió un dedo).
Éste va a ser un mundo donde va a primar la ley de la selva, como Israel en Gaza, Rusia en Ucrania, China con sus minorías musulmanas y budista tibetanas, y ahora Estados Unidos en Venezuela ―además de sus intenciones de anexar Groenlandia, incluso Canadá (quiere que sea el Estado número 51 de la Unión), tomar de vuelta el control del canal de Panamá, intimidar a Colombia (el sábado amenazó a Gustavo Petro que mejor “watch his ass”, y que una operación militar allí “suena bien”), también sus amenazas a Brasil tan solo por cumplir con la ley y mandar a un golpista a la cárcel, y su intervención burda en las elecciones de Argentina y Honduras―. Como decíamos, lo más significativo de todo es cómo China y Rusia abandonan a sus aliados en la región, en especial Cuba y Venezuela.
Desde esta perspectiva, es increíble cómo las declaraciones recientes de Trump sobre México pasaron casi desapercibidas fuera de ese país. El sábado dijo que México también estaba en su mira: “[su Presidenta] es una buena mujer, pero los cárteles gobiernan México. Ella no gobierna México… Algo tendré que hacer con México». Para luego añadir: “Tras la operación en Venezuela, todo el hemisferio está en juego.”
Frente a todo esto, el Financial Times afirma en su editorial que todo esto “refuerza la convicción en todo el mundo, y cada vez más entre sus aliados, que Estados Unidos no es sólo un hipócrita, sino que Trump está dispuesto a liderar con el ejemplo a un mundo donde reina la fuerza bruta.” Nunca habían hablado de un Presidente norteamericano de esta forma. Y luego agrega: “el mensaje de Trump es claro: su EE. UU. no solo se siente libre de las sutilezas de las ideas posteriores a 1945 sobre las normas y el derecho internacional, sino que intervendrá casi a voluntad en su propio hemisferio.”
Por eso, tanto quienes creen que la intervención de Trump en Venezuela es sobre “democracia” o defender “derechos humanos”, como quienes intentan explicarla mecánicamente por sus riquezas petroleras, se olvidan que lo primero nunca ha sido un tema muy relevante para Trump ―quien ha subvertido la democracia en su propio país, y ahora no solo viola el derecho internacional y su propia Constitución, sino también destruye las instituciones locales―; y que, si bien es cierto lo segundo, quedarse solo en eso es una narrativa floja de los acontecimiento en Venezuela.
En cuanto a restablecer la democracia, Trump podría fácilmente haber exigido nuevas elecciones, pero no ha dicho ni una palabra al respecto. De hecho, humilló a la líder de la oposición, María Corina Machado, diciendo que era alguien que “no tiene apoyo ni respeto” para gobernar. Lo mismo sobre el candidato que, seguro, ganó las últimas elecciones. En cambio, está en contacto directo con la vicepresidenta chavista para que siga su plan de “reconstrucción” de Venezuela. Trump no tiene ningún problema en gobernar Venezuela con esa institucionalidad, “hasta que podamos hacer una transición segura, adecuada y juiciosa”. Esto es, no habrá elecciones hasta que él declare “misión cumplida”.
Todo indica que la historia se va a repetir, con Estados Unidos capaz de eliminar fácilmente a líderes incómodos, para luego ser muy torpe en manejar el vacío de poder resultante. Trump, después de haber prometido varias veces que nunca va a cometer el error de George W. Bush en Irak, y lo que sucedió en Afganistán y otros lugares, va camino a lo mismo con su idea de gobernar Venezuela por control remoto desde Mar-a-Lago.
Para quien conozca algo de Venezuela, lo evidente es que ahora la única forma de evitar una anarquía total ―en un país inundado de armas, milicias bien organizadas, simpatizantes fanáticos del “chavismo” y de la oposición, y fuerzas paramilitares poderosas asociadas al crimen y la droga― es con tropas norteamericanas en terreno. Lo que queda claro es que la afirmación de Trump de que es responsabilidad exclusiva del nuevo gobierno “lograr un alto al narcotráfico” y a los “problemas de pandillas”, junto con la eliminación de los “grupos militantes colombianos del FARC y el ELN” es un tanto optimista.
En cuanto al petróleo venezolano, dado su lamentable estado actual, y por ser de naturaleza “pesada” o “extra-pesada” en el Orinoco, la tarea de reconstruir su industria e infraestructura va a ser faraónica. Desde el paro petrolero de fines de 2002, seguido por los cambios que hizo Chávez en el cuerpo técnico de PDVSA, la ineficiencia que siguió, y finalmente las sanciones norteamericanas, la producción de petróleo cayó hasta llegar a su punto más bajo a comienzo de la pandemia (2020), cuando fue aproximadamente solo un sexto de la previa al paro del 2002. Como dijo un alto ejecutivo de un conglomerado petrolero y exasesor de George W. Bush: “Las petroleras estadounidenses, por supuesto, están muy tentadas por la oportunidad de regresar a un país vecino con las mayores reservas de petróleo del mundo”. Luego, agregó: “Sin embargo, hay un gran pero: existe historia e incertidumbre, por lo que hay analizar esto con mucho cuidado antes de dar el salto”.
Un analista de una consultora de energía afirma: “Estamos hablando de mucha plata: tan solo para mantener la producción en los bajísimos niveles actuales [menos de un millón de barriles diarios, la mayor parte de los cuales van a consumo doméstico]… se requerirían unos US$65 mil millones; y más de US$100 mil millones solo para que la producción vuelva apenas a 2 millones de barriles diarios”. Luego, añade: “Esto no es algo a lo que las empresas estadounidenses se van a abalanzar a hacer apresuradamente… menos luego de una invasión”. A estos números hay que agregar que alguien va a tener que pagar la deuda de US$35 mil millones que tiene PDVSA.
Por eso, cuando Trump pone al petróleo en el centro de su plan para un cambio de régimen en Venezuela, pero insiste que son las petroleras las que tienen que pagar esa cuenta, se olvida que es él quien tiene que hacer primero su tarea. De lo contrario, esto va a ser un “regalo griego” (como dicen los brasileros refiriéndose al Caballo de Troya) para las petroleras norteamericanas. Es su gobierno el que ahora tiene que generar estabilidad política y seguridad, invertir miles de millones de dólares en el resto de la infraestructura del país (que también se cae a pedazos) y darle garantías mínimas a sus conglomerados (por ejemplo, vía el Export-Import Bank o el U.S. International Development Finance Corp.) para que inviertan lo que se necesita para extraer y transportar un petróleo tan pesado como el del Orinoco, para el cual incluso se necesita importar petróleo liviano para mezclarlo con el pesado, y así posibilitar que éste fluya por las cañerías. Además, es un petróleo que por su estructura viscosa necesita de refinerías especiales, y tanto más. Hacer todo eso (incluso en el mejor escenario de seguridad y estabilidad política) no es rentable al precio actual del petróleo (el más bajo desde el final de la pandemia); menos aún porque hay que venderlo con descuento por su alto costo de refinación, y por ser altamente contaminante.
¿Trump va a estar dispuesto a invertir los miles de millones de dólares en el “capital complementario” que se requiere para revivir la industria petrolera venezolana? ¿Va a estar dispuesto a poner las tropas en terreno que son indispensables para hacer todo eso posible, y sufrir las consecuencias? Trump ya reconoció que está amenazando a las petroleras con que, si ellas no se hacen cargo de todo eso, no van a recibir compensación por los activos que nacionalizó Chávez. Las petroleras, mientras tanto, insisten en lo contrario: mientras no haya un mínimo de seguridad y estabilidad política, y que la infraestructura en el resto del país funcione, no es viable volver a Venezuela. Como afirmó Landon Derentz, quien formó parte del Consejo de Seguridad Nacional de Trump durante su primer mandato: “No veo nada que me haga pensar que [el petróleo venezolano] sea una oportunidad propicia [a ripe opportunity].”
La posibilidad que Venezuela termine en otra anarquía de país petrolero post-invasión, prácticamente imposible de manejar, es muy real. Una cosa es eliminar un líder irritante, otra, muy distinta, es reconstruir un país como el Venezuela de hoy ―y, como decíamos, Estados Unidos ha sido sistemáticamente torpe para manejar el vacío de poder resultante―.
Y si Marco Rubio llegase a lograr su objetivo de asfixiar económicamente a Cuba, el desafío militar y económico para la administración de Trump crece en forma exponencial.
Hasta ahora, Trump ha demostrado ser capaz de hacer mucho ruido, pero siempre muestra pocas nueces. Lo que realmente quiere en este nuevo “orden” internacional es una producción petrolera conjunta de Estados Unidos, México y Venezuela que haga a su país ―y su área de influencia― independiente del Medio Oriente. Pero, para llegar a eso, todavía hay que recorrer un gran trecho, poner tropas en el terreno en Venezuela, tomar grandes riesgos, y gastar una gran cantidad de dinero que el sector privado no va a estar dispuesto a asumir.
Como acaba de decir un exanalista de la CIA (y ahora ejecutivo financiero): “Debemos ser muy cautelosos a la hora de declarar ‘misión cumplida’ en cuanto al sector petrolero venezolano, dadas décadas de declive; creemos que el camino de regreso va a ser muy largo”.
Una editorial del Financial Times concluye: “En las últimas décadas, Estados Unidos ha aprendido a costa suya los peligros de derrocar tiranos sin un plan para el día después. Parece haber vuelto a hacer lo mismo. Al perseguir su agenda de ‘América Primero’, el arrogante Trump parece impasible. Estados Unidos y el mundo lamentarán su última muestra de imprudencia.”
Pero, mientras Trump le dé a China y Rusia los grados de libertad que necesitan para operar despóticamente en sus áreas de influencia, él va a poder hacer lo mismo con total impunidad en la suya.
En cuanto a nuestro país, todo esto tiene lugar en un muy mal momento: cuando más necesitamos de flexibilidad productiva para salir del largo estancamiento del crecimiento de la productividad (en el sector primario, prácticamente estancada a precios constantes desde el 2000) ―pues nuestra estrategia productiva (el “extractivismo”) ya dio, y hace tiempo, todo lo que tenía que dar―, este nuevo “orden” internacional nos va a cerrar aún más el espacio de maniobra que necesitamos en política económica, para poder dar el paso siguiente en la cadena de valor (y comenzar a procesar nuestras materias primas). Las oportunidades perdidas se van a pagar muy caro. No por nada, Walter Benjamín (de la Escuela de Frankfurt) decía que, detrás de cada ascenso de la ultraderecha, se esconde el fracaso de un importante proyecto político.