A LOS 62 AÑOS FALLECIÓ MANUEL CONTRERAS VALDEBENITO, HIJO DEL DIRECTOR DE LA MÁQUINA REPRESIVA DE LA DICTADURA
Mamito: una vida a la sombra del mal
08.08.2025
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A LOS 62 AÑOS FALLECIÓ MANUEL CONTRERAS VALDEBENITO, HIJO DEL DIRECTOR DE LA MÁQUINA REPRESIVA DE LA DICTADURA
08.08.2025
Diez años atrás, el periodista Juan Cristóbal Peña sostuvo una serie de entrevistas con Manuel Contreras Valdebenito, Mamito, hijo del director de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), para la escritura de un perfil sobre este último. Titulado “Por un camino de sombras”, este perfil aparecido en el libro Los Malos (Ediciones UDP, 2015) retrató de paso al hijo del Mamo Contreras, ex oficial de Ejército como su padre, su abuelo y su bisabuelo, todos del mismo nombre, que pasó a la historia por matar de 12 balazos —y por quedar impune— al capitán de Ejército Joaquín Molina Fuenzalida. El único hijo del Mamo, un hombre solo y empobrecido, que padeció y vivió a la sombra de su padre, murió esta semana a los 62 años. El siguiente es un extracto del texto “Por un camino de sombras”.
Créditos imagen de portada: CNN Chile
El hijo del Mamo se pone de pie de un salto, estira una mano gruesa y saluda conceptuosamente, con la amabilidad del hombre de negocios:
—¿Cómo estás, Juan Cristóbal? Un gusto conocerte. ¿Quieres un café?
Manuel Contreras Valdebenito, ex militar como su padre, su abuelo y su bisabuelo, todos del mismo nombre, está sentado en la terraza del McDonald’s del Parque Arauco. Frente a este gigantesco mall del barrio alto de Santiago, emblema temprano del auge neoliberal pinochetista, está el departamento que comparte con su madre, María Teresa Valdebenito, Maruja.
El hombre llegó acá a principios de los 90, cuando la democracia volvía a Chile y su padre, Manuel Contreras Sepúlveda, abandonaba a su esposa por la mujer que había sido su secretaria y amante por 15 años. El padre del hombre que fuma Kent light y toma café con edulcorante artificial dirigió la Dirección de Inteligencia Nacional, la DINA, la mayor máquina de exterminio que haya conocido la historia chilena.
Al hijo del Mamo le dicen Mamito. Tiene 52 años y es bajo, moreno y de cara redonda, como su padre. El apodo viene bien tanto para quienes lo quieren como para quienes lo desprecian, por ser quien es y por lo que ha hecho. Lo que hizo el hijo no se compara con lo que hizo el padre, pero tuvo un agregado de espectacularidad que le ganó un lugar aparte en esta historia. En noviembre de 1988, en una fiesta que se celebraba en casa de su novia, el hijo vio –o creyó ver– que ella coqueteaba con un amigo, también hijo de un militar. En rigor, en esa fiesta casi todos eran parientes de militares o militares a secas, incluido el dueño de casa, el capitán Joaquín Molina Fuenzalida, que, en un momento, ante la escena de celos que armaba Mamito, procuró poner orden a su manera: pistola en mano, disparando al cielo, ordenó al muchacho y sus amigos que abandonaran la casa. Entonces el Mamito fue en busca del arma que guardaba en su auto y, de regreso, descargó 12 tiros sobre el cuerpo de su suegro.
“Aunque a nadie le importe, yo soy una víctima de mi papá. Yo he sufrido muchísimo con todo esto, hasta el día de hoy. Por favor, créeme, no es fácil ser hijo de Manuel Contreras. No es fácil, más si te llamas igual que él”.
El juez militar a cargo del caso argumentó que esos 12 tiros que le costaron la vida al capitán Molina habían sido disparados en defensa propia. A ojos de la justicia, todo había sido un malentendido, un desliz entre hombres rudos. Para entonces hacía ya una década que la DINA había dejado de existir, pero el poder del hombre que la había dirigido estaba casi intacto.
El suceso policial le pasó la cuenta. Pero más todavía el hecho de ser hijo de quién es. Hoy no tiene esposa, ni exesposa, ni pareja, ni hijos, ni trabajo estable.
—¿Quién le va a dar trabajo al hijo de Manuel Contreras? –se pregunta Manuel Contreras hijo.
Su madre está vieja y enferma, aquejada de ataques de nervios que sobrevienen día por medio. Él está distanciado de sus tres hermanas, las tres casadas con militares. Para el día de mediados de marzo de 2014 en que nos juntamos por primera vez a conversar en el McDonald’s, hacía tres meses que no veía a su padre, y estaba seguro de que no volvería a verlo. Encerrado en el penal de Punta Peuco, en las afueras de Santiago, para entonces el Mamo tenía 84 años, un cáncer de colon, diabetes, hipertensión arterial, una hernia en la tercera vértebra y una condena superior a cuatro siglos por muertes, secuestros, torturas y desapariciones.
De cualquier modo, el hijo siente que hace mucho tiempo que perdió a su padre. Desde que Pinochet le dijo al Mamo que, en Chile, no podía moverse una hoja sin que él lo supiera. Y, más puntualmente, desde que el Mamo se encandiló con esa rubia teñida que le asignaron de secretaria.
***
Nélida Gutiérrez es un nombre que al hijo le duele pronunciar. Un nombre que, más que pronunciar, tritura. En eso coincide con sus tres hermanas. En esa familia, Nélida Gutiérrez Rivera es una mujer innombrable, motivo de pleitos y escándalos que se arrastran por años y califican para argumento de teleserie del Caribe.
—La Nélida… –mastica el hijo–. Esa mujer se las arregló para arruinarnos la vida.
Mamo y Nélida tenían una relación secreta que de secreta tenía poco: en la DINA todos sabían, pero nadie hablaba de eso. Hablar de más podía costar caro en un lugar dedicado al exterminio.
Aunque todos la conocían, incluidos los hijos y la esposa, recién a principios de los 90 esa relación salió a la luz pública, cuando el Mamo dejó la casa que compartía con su mujer y se fue a vivir solo al fundo El Viejo Roble, en el sur chileno. Pero no estuvo allí por mucho tiempo porque, en 1995, a cinco años del fin de la dictadura, fue detenido y condenado a seis años de prisión.
Las cosas nunca fueron fáciles para esa pareja. Al principio, porque había una esposa de por medio. Luego, cuando el Mamo se separó y ese asunto quedó resuelto, Nélida exigió formalizar la relación, “porque hay que respetar las leyes de la Tierra”. Esto último, según dijo en una entrevista al diario La Segunda, significaba tener una libreta de matrimonio. Las leyes de la Tierra se cumplieron en 2010, “después de casi una vida juntos”, cuando se casaron con separación de bienes y la ayuda de un notario que sorteó un impedimento logístico: Manuel Contreras Sepúlveda, después de ires y venires, había vuelto a prisión cinco años antes y ya estaba condenado a cadena perpetua.
El abogado Juan Carlos Manns fue representante del Mamo y testigo de una relación que califica de dificultosa, pero sincera. En su oficina del centro de Santiago, donde defiende a cerca de 50 antiguos agentes involucrados en casos de derechos humanos, dice que Nélida Gutiérrez es una mujer “agraciada, que de joven tenía lo suyo”, y que siempre se preocupó de que Manuel Contreras, ya preso, se sintiera como en casa.
—Ella es una excelente cocinera, y no hay cosa que él disfrute más que comer bien y que lo atiendan –sonríe el abogado.
Unas semanas antes, en el McDonald’s del Parque Arauco, el hijo del Mamo me entregaba un dato que ayuda a entender la vida amorosa de su padre: María Teresa Valdebenito, Maruja, la primera esposa, es un desastre en la cocina y peor como dueña de casa.
—La Nélida conquistó a mi papá por el paladar. Por el paladar y por otras cosas, claro. Mi mamá tuvo una infancia muy cómoda y nunca tuvo necesidad de aprender a hacer las cosas de la casa. En esto, la Nélida fue hábil y supo sacar ventaja para conquistar a mi papá. Ella es así: de cualquier cosa saca ventaja.
Portada del libro «Los Malos» (Créditos: Ediciones UDP)
Un actuario judicial que me pide reserva de su nombre también fue testigo de esa relación. El hombre, que suele a visitar al Mamo en la cárcel para notificarlo de novedades en alguno de los cientos de juicios que se han seguido en su contra, dice que, a sus 60 y tantos años, Nélida Gutiérrez suele llegar al penal con botas altas, jeans y escotes pronunciados, siempre con un toque extra de color en el rostro.
—Ella se ve especial, distinta –dice–. No sé si me explico: se hace notar por sobre las otras mujeres de los militares.
En una foto que colgó en su perfil de Facebook se la ve rubia, de ojos grandes y labios carnosos, con una mirada algo triste y un leve parecido a una Catherine Deneuve ya entrada en años. El actuario y el abogado coinciden en que Nélida rara vez faltaba los días de visita en el penal Cordillera. Pero el hijo del Mamo dice que una vez que contrajo matrimonio con su padre, y sobre todo luego de que su padre fuera trasladado al penal de Punta Peuco, en las afueras de Santiago, las visitas se hicieron cada vez más infrecuentes.
Con un cigarrillo entre los dedos, Manuel Contreras Valdebenito hace una pregunta que parece atragantarlo:
—Juan Cristóbal, ¿por qué crees tú que esta mujer jodió tanto para casarse con mi papá? Yo te voy a decir por qué: si mi papá muere, esta mujer se queda con la pensión completa de mi papá. Y mi mamá queda en la calle. Esa mujer lo huevió tanto, le hizo tanto escándalo diciéndole que ella no tenía nada, que se iba a quedar en la calle, que a sus espaldas decían que era la amante, que mi papá, que para estas cosas es un huevón inocente, cayó.
—¿Inocente, dices?
—Claro, claro. Mi papá siempre ha sido inocente con las mujeres, lo manejan como quieren, se queda callado, en especial con la Nélida. Aunque no lo creas, mi papá es una víctima de la Nélida. Y yo, aunque a nadie le importe, yo soy una víctima de mi papá. Yo he sufrido muchísimo con todo esto, hasta el día de hoy. ¿Por qué crees tú que tengo que medicarme? Juan Cristóbal, por favor, créeme, no es fácil ser hijo de Manuel Contreras. No es fácil, más si te llamas igual que él.