Del riesgo climático al riesgo económico
06.11.2026
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06.11.2026
Señor director:
El océano Pacífico está enviando una señal que debemos tomar en serio. El Niño de 2026 continúa fortaleciéndose y ya supera en un 20% la intensidad de los episodios más extremos registrados en 1997 y 2015. Aunque su magnitud no determina las condiciones meteorológicas de cada ciudad, sí aumenta la probabilidad de eventos extremos en distintas regiones del planeta.
Chile conoce bien esta vulnerabilidad. Hemos enfrentado ríos atmosféricos, lluvias intensas, inundaciones y aluviones. Hacia el verano, en tanto, las altas temperaturas podrían agravar el estrés hídrico y favorecer los incendios forestales. No existe contradicción: este fenómeno de escala planetaria puede provocar excesos de precipitaciones en algunos territorios y escasez de agua en otros.
Sin embargo, sus consecuencias no terminan cuando cesan las lluvias. La agricultura es especialmente sensible a precipitaciones fuera de temporada, inundaciones y granizadas. Las pérdidas de cultivos y las interrupciones de caminos, puertos y cadenas logísticas pueden reducir la oferta y elevar los costos. En la minería, las lluvias, nevazones y cortes eléctricos también amenazan la continuidad operacional y la productividad.
Así, el riesgo climático puede convertirse en riesgo económico. En septiembre, el IPC aumentó un 0,4% mensual, con los alimentos entre las categorías de mayor incidencia. Si bien no corresponde atribuir directamente una eventual alza inflacionaria a El Niño, los eventos extremos pueden añadir presión sobre los precios de alimentos, energía, transporte y materias primas.
Sus efectos tampoco se distribuyen de manera equitativa. Los hogares que destinan una mayor proporción de sus ingresos a alimentación y servicios básicos tienen menos capacidad para enfrentar estos aumentos. De esta forma, una amenaza climática también puede profundizar las desigualdades sociales.
La discusión, entonces, no debería limitarse a cuánto lloverá. Un El Niño extraordinario exige fortalecer la prevención, la infraestructura, la gestión de emergencias y la resiliencia de las cadenas productivas. Prepararse tiene un costo; no hacerlo puede resultar mucho más caro.