EL VIERNES PASADO FALLECIÓ ISABEL MOREL, FÉREA DEFENSODA DE LOS DD. HH., Y VIUDA DE ORLANDO LETELIER
Isabel Margarita, la infatigable
03.11.2026
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EL VIERNES PASADO FALLECIÓ ISABEL MOREL, FÉREA DEFENSODA DE LOS DD. HH., Y VIUDA DE ORLANDO LETELIER
03.11.2026
Imagen de portada: Miguel Sayago
El viernes pasado falleció Isabel Margarita Morel Gumucio, luego de una larga vida de luchas, alegrías y profundos dolores. Férrea defensora de los derechos humanos en su más amplia definición, feminista en palabra y acción, promotora cultural y dueña de un extraordinario sentido de humanidad y vocación de solidaridad, durante su exilio en Washington, D.C., Isabel Margarita fue mucho más que la viuda del ex canciller Orlando Letelier, como se le suele describir.
A un año del asesinato de su esposo, Isabel Margarita Morel ya se había convertido en ancla del movimiento de solidaridad con Chile. La viuda del excanciller y embajador Orlando Letelier, asesinado por la DINA en Washington en 1976, trabajaba como hormiga.
Comandaba la logística de recibir e instalar a refugiados políticos —a menudo en su propio hogar—, organizaba o asistía a conferencias y actos, levantaba campañas de recolección de fondos y de denuncia de la Junta Militar, lideraba gestiones políticas ante el Departamento de Estado, y mantenía un permanente flujo de información sobre Chile hacia la prensa, los legisladores y organizaciones de apoyo.
Marchaba con igual determinación en protestas callejeras como por los pasillos del Congreso estadounidense para demandar el fin de apoyo militar al régimen en Chile. Le era tan natural acompañar a un exiliado recién llegado al supermercado como increpar a bancos por aprobar préstamos a la dictadura.
Memorable fue la intervención de Isabel Morel en 1979 ante el directorio del banco Wells Fargo, donde había comprado unas pocas acciones con el único propósito de participar en la reunión de su directorio. Allí, Isabel Margarita los recriminó duramente por apoyar económicamente a un gobierno que calificó de “criminal y terrorista”.
La familia Letelier Morel era conocida en los círculos políticos y diplomáticos de Washington desde hacía muchos años. Se trasladaron por primera vez a la ciudad en 1960, cuando Orlando Letelier fue contratado en el recién creado Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Diez años después, Letelier fue nombrado por el presidente Salvador Allende como embajador ante Estados Unidos, cargo que desempeñó hasta mayo de 1973.
Luego de pasar más de un año detenido tras el golpe de Estado en Chile, Letelier fue liberado a fines de 1974 y expulsado a Venezuela. Al año siguiente, la familia Letelier Morel estaba de vuelta en Washington. Letelier fue contratado en el Instituto de Estudios Políticos (IPS), un centro de estudios progresista. Como representante de la Unidad Popular en el exilio, Orlando Letelier se convirtió rápidamente en uno de los líderes más visibles de la oposición en el exterior.
Isabel Margarita hacía lo propio, sin descanso. Creó el Comité Chileno para los Derechos Humanos, y para su directorio reclutó a prominentes escritores, premios Nobel, líderes religiosos y legisladores, entre ellos el senador Edward Kennedy. Consiguió el apoyo de algunos socios del IPS y coordinó a un grupo de voluntarios, sobre todo chilenos.
Al principio, la sede del comité era la propia casa de los Letelier en el suburbio de Bethesda, pero pronto una amiga les consiguió una oficina en el Quaker Meeting House en la ciudad.
“Los cuáqueros fueron muy amorosos. Nos dejaban hacer de todo en su casa, menos fumar”, recuerda Isabel Morel.
Con el intérprete y fotógrafo chileno Marcelo Montecino crearon un boletín bilingüe de noticias sobre derechos humanos en Chile, con noticias frescas que Isabel conseguía por teléfono o vía carta de los organismos de derechos humanos en Chile. Lo repartían en el Congreso y lo enviaron a sus contactos en otras ciudades y al Consejo Mundial de Iglesias y a la Conferencia Episcopal de Estados Unidos, que a su vez lo difundían por todo el país.
Durante la primera mitad de los setenta, brotaron nuevos grupos de solidaridad con Chile y una vasta red de activistas en los campus universitarios, los sótanos de las parroquias, las oficinas de gremios profesionales, sedes sindicales y centros de estudio. Se organizaron marchas, mítines, recitales, publicaciones, eventos culturales, campañas de boicot de productos chilenos y protestas en contra de representantes o simpatizantes del régimen de paso en Estados Unidos, desde el buque escuela Esmeralda a Los Huasos Quincheros.
“En esos años llevamos al Inti, a Quilapayún, a Joan Baez, a Joan Jara, que llegó con Inti, al conjunto Peter, Paul and Mary. Con esos actos reuníamos fondos y visibilizábamos la situación en Chile”, señala Isabel Morel.
Washington se tornó el paso obligado de opositores en el exilio, dirigentes sindicales, y testigos y víctimas de la represión en Chile que iban a dar su testimonio en el Congreso, pero los primeros refugiados políticos chilenos llegaron a Estados Unidos recién en 1976, luego de una persistente campaña de presión hacia el gobierno estadounidense para ofrecer asilo a miles de chilenos perseguidos o aún en centros de detención.
Bajo el “Programa Especial de Libertad Condicional”, el gobierno aceptó recibir a 400 chilenos junto con sus familias, pero el gobierno federal no correría con ningún gasto asociado. Además, cada refugiado debía ser patrocinado por alguien en Estados Unidos.
Isabel Morel, con su vasta red de contactos, ayudó a comprometer a potenciales “patrocinadores” que los pudieran acoger, y coordinó la recepción y ayuda para los nuevos refugiados que llegaron a Washington.
“La red de apoyo para exiliados la manejaba Isabel. Ayudábamos a los que llegaban, hacíamos colectas, pedíamos aportes a la gente que conocíamos, esas cosas”, relata Regina Santa Cruz, quien colaboró con ella.
En eso estaba Isabel Margarita cuando el 21 de septiembre de ese año, agentes de la DINA detonaron una bomba colocada debajo del vehículo de Orlando Letelier mientras conducía hacia el IPS junto con su joven colega en el instituto, Ronni Karpen Moffitt, y su esposo Michael, matando a los primeros dos.
“El asesinato tuvo un tremendo impacto en Washington, porque todo el mundo conocía a Orlando e Isabel”, afirma Mark Schneider, asesor legislativo del senador Kennedy.
Lejos de intimidarse, doblegarse o empantanarse en el dolor, Isabel Margarita se abocó a lograr justicia por el horrendo crimen y seguir denunciando al régimen, desplegando valentía, determinación y un talento natural para aunar voluntades.
Ahora viuda y madre de cuatro hijos adolescentes, Isabel Margarita fue contratada en el IPS para dirigir el Proyecto de Derechos Humanos, mientras que fuera del instituto siguió liderando el Comité Chileno desde la casa de los cuáqueros.
Se reunía con legisladores y autoridades del Departamento de Estado, armaba conferencias de prensa, y tejía redes solidarias con comunidades religiosas, académicos, artistas y organizaciones de base. Recorrió el país y luego el mundo para participar en charlas, conferencias y actos de solidaridad organizados por iglesias, universidades, centros comunitarios, sindicatos y donde fuera que la escucharan. Coordinaba la tarea de reunir información desde Chile, verificarla y distribuirla al público, al Congreso, al Departamento de Estado y a la prensa.
Montó exposiciones artísticas y fotográficas en distintas ciudades. Acogió a dirigentes de las agrupaciones de derechos humanos chilenas. En 1977, participó en la creación de la Brigada Muralista Orlando Letelier, integrada por sus hijos y el artista René Castro, entre otros, que pintó murales en 12 ciudades del país y en la Nicaragua sandinista.
Mientras tanto, con asombrosa minuciosidad, le hacía seguimiento a la investigación del FBI sobre el asesinato de Orlando y Ronni.
En 1977, se abrieron cien cupos adicionales para refugiados políticos desde Chile, pero el gobierno no entregaba información sobre ellos, ni cuándo ni adónde llegarían. Isabel iba periódicamente al Departamento de Estado para preguntar por ellos. Gracias a su insistencia, los funcionarios soltaron los nombres de a poco. Así recibió a muchos chilenos nuevos en la ciudad, los orientó y aseguró su alojamiento, a veces en su propio hogar y por periodos prolongados. Dispuso generosamente el sótano de su casa para acoger temporalmente a refugiados y visitas.
“Isabel era una mujer tremendamente solidaria. Iba a los barrios más humildes, a las iglesias, y también a los grandes bancos, a hablar de Chile y los derechos humanos. Recibía a todo el mundo que llegaba a Washington y prestaba su casa para gente que necesitaba donde quedarse. Además, tenía cuatro hijos y trataba de darles una vida estable. Poseía mucho coraje e inteligencia. Todo lo hizo con mucha gracia, muchas ganas, y nunca se quejaba”, recuerda Nena Terrell, una de sus estrechas colaboradoras.
Su nuevo hogar en la calle 36 se convirtió en lugar de reuniones, encuentros, centro de acopio de ayuda solidaria y escenario de encuentros sociales, porque, a pesar de todo, Isabel Margarita siempre gozó de la vida y las amistades.
Era feminista sin etiqueta. Creía firmemente en el empoderamiento de la mujer, pero nunca perdió su trato amable, su empatía y su aire de dignidad. A lo largo de los setenta y ochenta, facilitó encuentros periódicos de mujeres, la mayoría chilenas, para conversar sobre la situación y los derechos de la mujer, temas usualmente desplazados por las urgencias políticas de la época.
En 1981 fundó el Proyecto de Mujeres del Tercer Mundo dentro del IPS. Bajo la premisa de que las voces de mujeres de países pobres estaban subrepresentadas, invitó a mujeres líderes sociales y políticas de Asia, África y América Latina a participar en conferencias y actividades en Estados Unidos para hablar de su realidad. Desde Chile llevó, entre otras, a artistas mapuche y mujeres arpilleristas.
Isabel Margarita comenzó a juntar arpilleras en 1974 pero fue en 1978, cuando la Junta le permitió ingresar a Chile por un breve periodo, cuando se puso en campaña para reunir las arpilleras elaboradas por familiares de detenidos-desaparecidos y presas políticas. Tomó contacto con la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos y varios talleres de arpilleristas, incluyendo el de la Vicaría de la Solidaridad, y visitó presas políticas en la cárcel. Con todos ellos lograron buscar la forma de sacar las arpilleras de Chile de manera segura.
En Estados Unidos montó una exposición con decenas de esas arpilleras, como una manera de apoyar a sus creadoras y contar la historia política y social de Chile bajo bota militar a través de esas creaciones de tela.
Cuando comenzaron las protestas masivas en Chile en 1983 y la oposición tomaba forma y fuerza, Isabel Margarita, mujer de fe que nunca militó en un partido, acogía y conversaba con todos, desde demócrata cristianos a comunistas. Los líderes de lo que después se convertiría en la Concertación pasaban por Washington con frecuencia, tanto para reuniones políticas como para hacer gestiones ante el gobierno de Reagan.
“Los dirigentes de la oposición estábamos dando vueltas permanentemente en Washington y la que hacía de eje era Isabel Margarita”, afirma Sergio Bitar, uno de ellos.
Para 1985, Isabel había creado una nueva organización, el Grupo de Trabajo para la Democracia en Chile, que funcionaba desde el IPS. Una red de voluntarios chilenos destinaba algunas horas al día para colaborar en las distintas tareas: levantar fondos para proyectos, traducir documentos, organizar eventos, preparar informes sobre Chile y entregarlos al Banco Mundial, el FMI, el Departamento de Estado y el Congreso, además de movilizarse y participar en actividades solidarias.
El Proyecto de Derechos Humanos que dirigía en el IPS amplió su mirada más allá de Chile. A Isabel se le veía marchar, pancarta en alto, protestando con el mismo ahínco en contra de la dictadura chilena como de las políticas de Estados Unidos en Centroamérica y el apartheid en Sud África.
Isabel Margarita era un remolino, de esos que giran imparables hacia adelante, nunca para atrás.
*Este texto es una adaptación de extractos del libro Rodrigo Rojas De Negri. Hijo del exilio (Penguin Random House, 2021), de Pascale Bonnefoy Miralles.