La remontada de Lula: el voto que no estaba en las encuestas
01.11.2026
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01.11.2026
El autor de esta columna analiza el giro que permitió a Lula da Silva pasar de perder la primera vuelta a ganar el balotaje por más de cuatro millones de votos. Sostiene que la clave estuvo en el electorado indeciso y en quienes no habían votado en primera vuelta, y advierte que la huida de Flávio Bolsonaro a Estados Unidos y un Congreso dominado por la derecha marcarán el nuevo mandato. Concluye que «es prudente no sobreinterpretar este triunfo. Casi la mitad de los brasileños votó por la alternativa de ultraderecha, y esa fuerza política seguirá siendo central en la disputa nacional. Lula gobernará un país dividido y deberá demostrar que el impulso de esta segunda vuelta fue algo más que el rechazo a su adversario».
Imagen de portada: Paulo Lopes / Xinhua / Agencia Uno
A dos días de cumplir 81 años, Luiz Inácio Lula da Silva ganó el domingo 25 de octubre su cuarta elección presidencial. Tras confirmarse los datos definitivos del Tribunal Superior Electoral (TSE), Lula obtuvo el 51,79% de los votos, frente al 48,21% de Flávio Bolsonaro, senador e hijo del expresidente. Esa misma noche, Flávio Bolsonaro declaró que no reconocía el resultado de las urnas y anunció que pediría la anulación. Dos días después, sin haber presentado ninguna impugnación, cruzó a Argentina con su familia y llegó a Miami en un vuelo privado, pese a que el Supremo Tribunal Federal había ordenado retener sus pasaportes por riesgo de fuga, y desde allí atribuyó su salida a una «persecución» del juez Alexandre de Moraes. Es un escenario de tensión institucional que marca el pulso político del país.
Conviene recordar de dónde venía. El 4 de octubre, en la primera vuelta, Bolsonaro obtuvo 56,1 millones de votos (47,03%) y Lula 53,9 millones (45,16%), una diferencia de más de dos millones de sufragios. Las últimas encuestas antes del balotaje, publicadas el sábado, daban además una leve ventaja al senador: 51% contra 49%, dentro del margen de error. La lectura dominante era que la ultraderecha, con un nuevo apellido a la cabeza, tenía la elección encaminada.
Los números del domingo dicen otra cosa. Lula superó los 64 millones de votos, más de diez millones por sobre los que había reunido tres semanas antes. Su rival también creció, pero bastante menos: alrededor de 3,7 millones. Con ello, la ventaja final superó los cuatro millones de votos, lo que descarta un triunfo por un pelo. El conteo, sin embargo, fue angustiante: durante buena parte de la noche Bolsonaro encabezó el escrutinio, y Lula solo pasó adelante cuando ya se había contabilizado más de la mitad de las mesas.
¿Cómo se explica un salto de esa magnitud? Una parte pudo provenir de quienes votaron por candidatos que quedaron fuera de la segunda vuelta, que sumaron cerca del 8% de los votos válidos, es decir, unos nueve millones de sufragios. Pero el crecimiento de Lula es mayor que esa cifra, y ni siquiera suponiendo que todos esos votos migraron hacia él se alcanza a explicar su aumento. Esto sugiere, y es una inferencia a partir de los datos y no una conclusión oficial, que una fracción relevante de su alza vino de ciudadanos que en la primera vuelta no votaron, votaron en blanco o llegaron al balotaje sin decisión tomada. Habrá que esperar los estudios poselectorales para medir su peso exacto, pero la dirección parece clara: Lula logró convencer y movilizar al electorado que dudaba, y lo hizo en el momento en que las encuestas decían que iba perdiendo.
Esa es, a mi juicio, la principal lección regional del resultado. La conversación política en América Latina se ha acostumbrado a describir elecciones como choques entre dos bases fieles e inamovibles, donde ganaría quien moviliza mejor a los suyos. El caso brasileño sugiere algo más matizado: en balotajes muy disputados, la campaña no termina con la primera vuelta, y el votante que decide tarde, o que decide participar solo tras ver lo que está en juego, puede inclinar la balanza. También recuerda los límites de las encuestas, que son una fotografía de un momento y no una predicción, y desmiente la idea de que la edad de un candidato condena de antemano su competitividad.
Hay, además, un punto que no debería quedar fuera del análisis: la respuesta del perdedor. Con un margen de este tamaño, la democracia brasileña no corre el riesgo de un resultado discutible, pero sí importaba cómo reaccionara Flávio Bolsonaro, y no por mera cortesía institucional. En 2022, su padre tardó más de 44 horas en romper el silencio tras su derrota y nunca la reconoció de manera explícita, un vacío que alimentó el bloqueo de carreteras y que desembocó, el 8 de enero de 2023, en el asalto de sus partidarios a las sedes de los tres poderes en Brasilia.
Jair Bolsonaro fue después condenado a 27 años y tres meses de prisión por intento de golpe de Estado, y Flávio calificó el proceso judicial de «farsa». Ese era el antecedente con que se interpretarían sus primeras palabras y las de su entorno: si aceptaba la derrota con claridad y llamaba a sus seguidores a la calma, o si optaba por la ambigüedad, el reclamo de legitimidad o la descalificación de las instituciones. Flávio eligió una salida que no estaba en esa lista: desconoció el resultado y dejó el país. Conviene, por eso, mirar menos sus palabras y más a quienes queden a cargo de una oposición que, aun sin él en Brasil, tendrá la mayor bancada del Congreso.
En ese escenario, hay un episodio de la jornada que es previsible que el bolsonarismo intente usar como argumento. A última hora, el juez del Supremo Cristiano Zanin ordenó extender dos horas la votación en todo el país, a petición de la campaña de Lula, y el recuento se pausó mientras tanto. La prórroga se firmó exactamente a las 17:01 y luego se aclaró que solo aplicaba a aquellas secciones que aún continuaban abiertas. La medida generó confusión y se prestará a lecturas maliciosas, sobre todo porque Zanin fue abogado personal de Lula y llegó al Supremo por nominación del propio presidente.
Pero conviene separar la sospecha de los hechos. También el equipo de Flávio Bolsonaro pidió una extensión de horario, en 17 municipios afectados por lluvias. La prórroga se aplicó sin distinguir candidato, y el recuento se detuvo para esperar el cierre, no para alterarse. Los observadores del Centro Carter y de la OEA, además, no encontraron irregularidades. Sobre todo, la diferencia final, de más de cuatro millones de votos, es tan amplia que ninguna explicación basada en dos horas más de votación resulta verosímil. Que una decisión tomada a último minuto, por un juez con esa trayectoria, merezca una discusión institucional sobre cómo se modifican las reglas en plena jornada es legítimo. Que sirva de base para hablar de fraude, no.
La otra cara de la moneda está en el Congreso, donde el triunfo de Lula será menos cómodo de lo que sugiere el balotaje. En las elecciones legislativas del 4 de octubre, el Partido Liberal de Bolsonaro obtuvo 121 diputados, la mayor bancada de un solo partido en la historia reciente de Brasil, y según el DIAP, la derecha pasó de 248 a 260 representantes en la Cámara Baja frente a 103 de la izquierda. En el Senado, el PL controlará 28 de los 81 escaños y, con el apoyo de Republicanos y Novo, quedaría a cuatro votos de la mayoría. Es un panorama que Lula conoce bien: desde su regreso al cargo en 2023, el Congreso ha anulado decenas de sus vetos, y durante la campaña el propio presidente advirtió de lo que significaría una derecha con mayoría en el Senado. Gobernar exigirá negociar con el Centrão, el bloque de centroderecha que históricamente se inclina hacia cualquier gobierno a cambio de cargos y beneficios, aunque ese bloque perdió peso frente al avance del PL.
Los desafíos apuntan a los próximos años: la reforma de su agenda, el control de las instituciones y temas como la amnistía a los condenados por el 8 de enero.
Con todo, es prudente no sobreinterpretar este triunfo. Casi la mitad de los brasileños votó por la alternativa de ultraderecha, y esa fuerza política seguirá siendo central en la disputa nacional. Lula gobernará un país dividido y deberá demostrar que el impulso de esta segunda vuelta fue algo más que el rechazo a su adversario. Quienes quieran leer en este triunfo un respaldo general a la izquierda latinoamericana deberían considerar que, tres semanas antes, ese mismo electorado había puesto a la derecha en primer lugar, y que le entregó un Congreso donde ella manda. El resultado de Brasil es una buena noticia para quienes valoran la competencia democrática reñida y su aceptación posterior, pero no un manual transferible.
Para Chile, y para una región que entra en un nuevo ciclo electoral con sociedades cansadas y polarizadas, la moraleja es más modesta y más útil que una consigna ideológica: las elecciones se juegan hasta el último día, y el electorado más disputado es el que todavía no ha decidido.