El Fondo D también cayó y otros problemas que las AFP no te cuentan
16.10.2026
Hoy nuestra principal fuente de financiamiento son nuestros socios. ¡ÚNETE a la Comunidad +CIPER!
16.10.2026
El autor de esta columna advierte que la caída del Fondo E no fue una simple variación de valor, sino el resultado de una apuesta con derivados que las siete AFP tomaron por igual, y que también golpeó al Fondo D, donde está la mayoría de quienes se jubilan. Concluye que «la única salida razonable es un cambio estructural que apunte a construir un verdadero sistema de pensiones de reparto público, solidario con reservas técnicas, que establezca beneficios definidos protegiendo el derecho a envejecer con dignidad, desmercantilizando las pensiones y rescatando a la clase trabajadora de la especulación financiera, al menos para su vejez».
Imagen de portada: Óscar Guerra / Agencia Uno
El Fondo E, aquel presentado por el diseño institucional como el refugio más seguro, donde debían resguardarse quienes buscaban proteger sus ahorros de la volatilidad de los mercados, acumula, entre enero y septiembre de 2026, una caída real superior al 10%. En momentos en que el desempleo golpea con fuerza a los hogares y el costo de la vida no da tregua, más de 770.000 personas que tienen sus ahorros en este fondo ven cómo sufre el peor desempeño de todo el sistema.
A estas alturas, ya poco sirve el relato complaciente de las AFP; decir que “el mercado se recuperará a largo plazo” no le paga las cuentas a quien se jubila este mes. Lo que se observa, más bien, es una transferencia masiva de riesgo hacia los sectores que menos margen tienen para absorberlo.
En una reciente entrevista en Diario Financiero, publicada en su canal de YouTube, el presidente de la Asociación de AFP, León Fernández de Castro, planteó una serie de justificaciones para bajarle el perfil a la crisis: afirmó que «no hay una materialización de la pérdida, sino un cambio en el valor del fondo», insistió en que «todo se hizo dentro del marco legal» y pretendió desentenderse de la situación de quienes jubilan hoy argumentando que «esa gente no está en el Fondo E, está en el Fondo D, que es la trayectoria normativa», añadiendo que en el E habría afiliados jóvenes «tomando riesgos poco adecuados». Como si fuera poco, remató asegurando que este desplome se compensa de manera natural porque «al subir las tasas, la renta vitalicia se vuelve más barata».
Por último, Fernández de Castro, en relación con las AFP, indicó: “Puede ser que, a lo mejor, uno diga que están todos en la misma; yo creo que no están todos en la misma, yo creo que algunos han tomado apuestas distintas, no apuestas, porque no es la palabra”.
Ante esta situación y las declaraciones recién expuestas, proponemos tres temas que permiten comprender la magnitud del problema: 1) No solo hubo fuertes pérdidas en el Fondo E; el Fondo D también cayó, perdiendo más del 6 % real si lo comparamos con enero de este año. 2) ¿Realmente la estrategia financiera que llevó a estas pérdidas se adoptó porque no había alternativa? 3) ¿Es esto un evento aislado o será la norma en un mundo cada vez más conflictivo?
En esta columna abordaremos estos tres puntos y aprovecharemos para responder algunos de los planteamientos de la asociación de AFP que intentan justificar el daño que se ha generado.
La afirmación de que las personas próximas a jubilarse no están expuestas porque se encuentran en el Fondo D es una declaración que los datos desmienten con total claridad. Si medimos el rendimiento real acumulado desde el 1 de enero (tomando como base el valor de la cuota ajustado por UF), se constata que el Fondo D sufrió el mismo castigo financiero, acumulando, a septiembre, una caída real de entre -5,8% y -6,6%, lo que varía según la AFP en la que la persona tenga sus ahorros.
Peor aún, al cierre de septiembre y primeros días de octubre, cuando la crisis se agudizó, el Fondo D llegó a anotar caídas reales acumuladas desde inicios de año de -6,8% en Provida, -6,7% en Modelo y -6,6% en Capital. Los fondos que, por ley, están orientados a proteger a las personas que están cerca de jubilarse (Fondos D y E) concentraron los peores resultados de todo el sistema.
Decirle a un trabajador o trabajadora que se calme porque la norma le asignó el Fondo D es un intento de no hablar de la magnitud del descalabro.
Al mismo tiempo, los datos desmienten la supuesta diversidad de estrategias entre las administradoras. Lejos de competir de manera autónoma, las siete AFP actuaron en un evidente comportamiento de manada: todas se alinearon en la misma apuesta fallida. Desde el 1 de enero al 12 de octubre, el valor real del Fondo E retrocedió un -10,22% en Modelo, -9,83% en Capital, -9,40% en Provida, -9,29% en Cuprum, -9,15% en Uno, -9,10% en PlanVital y -9,03% en Habitat (llegando a registrar caídas de más del 11% real en los momentos más tensos de comienzos de mes). Ninguna diversificó, ninguna protegió el ahorro acumulado de las y los trabajadores. Todas llevaron los fondos conservadores a la misma ruleta.
El presidente de la asociación de AFP atribuye a los retiros previsionales y a la pandemia uno de los problemas de fondo que justifican la estrategia que han adoptado las AFP, afirmando que el mercado local de deuda perdió profundidad y que la falta de papeles a largo plazo obligó a buscar instrumentos como los derivados en el extranjero. Esta justificación elude el hecho de que las AFP siempre han tenido alternativas en la renta fija tradicional, por ejemplo: bonos de Tesorería del Estado de Chile en UF, bonos de una empresa o bonos emitidos por otros Estados.
En este caso, un fondo invierte un capital real, cobra cupones de interés periódicos y, llegado un plazo definido, recibe de vuelta el valor nominal comprometido en el bono. Es cierto que el precio contable de esos bonos puede fluctuar transitoriamente por los vaivenes del mercado, pero el flujo de dinero comprometido se paga y no existe ninguna pérdida efectiva a menos que el emisor quiebre o no cumpla sus obligaciones. En lugar de priorizar una estrategia orientada a preservar el ahorro de la clase trabajadora, las AFP optaron por ampliar su exposición a las tasas de interés mediante derivados, con consecuencias graves para quienes estaban en los fondos más conservadores.
Antes de seguir, es importante que comprendamos: ¿qué es un SWAP? Los datos de la prensa especializada revelan que cerca del 80% de la caída nominal del Fondo E no se debió a los bonos, sino al impacto directo de estos contratos de derivados. Para comprender de qué estamos hablando sin perdernos en la jerga de Sanhattan: un swap es un contrato; no es una inversión productiva ni un crédito a la economía real. Es un contrato de intercambio sobre una cantidad hipotética de dinero (llamada “capital nocional”) que nunca cambia de manos. En este caso, las AFP pactaron con grandes bancos de inversión de Wall Street un acuerdo: “Nosotros te pagamos una tasa de interés flotante (variable según el mercado interbancario de EE.UU.), y tú nos pagas a cambio una tasa fija preestablecida”.
Para comprender parte de lo que habla el presidente de las AFP sobre el uso del SWAP conviene hacer una distinción técnica: una cosa es la cobertura genuina y otra muy distinta es la especulación con derivados. Para quienes trabajan en el mundo financiero y productivo, una empresa o un fondo puede recurrir a un swap de cobertura cuando ya tiene un activo o una deuda y busca frenar un riesgo concreto; con esto, renuncia a potenciales ganancias extraordinarias a cambio de fijar un costo cierto y no sufrir sorpresas si el dólar o los tipos de interés se disparan.
En cambio, lo que hicieron las AFP con los fondos más conservadores no fue proteger el valor existente, sino adoptar una posición en la que apostaron a que las tasas internacionales caerían para obtener una ganancia de capital. ¿Cómo podemos entender esta conducta? Una posible respuesta se encuentra en la caída estructural de las rentabilidades históricas del fondo de pensiones (el que está muy lejos de las rentabilidades de las primeras décadas), lo que se conjuga con los bajos resultados de las pensiones pagadas, lo que obliga a que las AFP salgan a la búsqueda de rentabilidad mediante derivados de alto riesgo para alcanzar un par de puntos porcentuales adicionales.
La apuesta de las AFP dependía enteramente de que los tipos de interés de la Reserva Federal de Estados Unidos cayeran de forma pronunciada, tal como ha estado pidiendo el presidente Trump y tal como no ha ocurrido. Posiblemente, las AFP creyeron que la presión trumpista influiría en las decisiones de la Reserva Federal, pero olvidaron por completo la economía real, que se ve influida por una aguda crisis geopolítica. Lo que ocurrió fue que las tasas subieron y se han mantenido altas.
Aquí es importante matizar otra afirmación de Fernández de Castro, según la cual “la pérdida no se materializó”: a diferencia de un bono tradicional, que se puede retener hasta el cobro final, en un contrato de swap la diferencia entre las tasas se liquida periódicamente en efectivo. Al mantenerse altas las tasas en el mundo, las AFP tuvieron que desembolsar miles de millones de dólares reales desde las cuentas del Fondo E hacia los balances de la banca internacional para pagar la diferencia. Es cierto que la persona afiliada “no vende sus cuotas” en ese mismo instante, pero el fondo en el que están invertidas quedó con menos patrimonio neto; por lo tanto, para que el valor de la cuota vuelva a subir, el fondo necesitará rendimientos futuros extraordinarios que compensen lo que ya se pagó, y esa no es la característica del Fondo E o D.
¿Por qué falló tanto esta apuesta de las AFP? Una posible respuesta es que operaron en el vacío de la especulación, ignorando las fuerzas materiales del escenario geopolítico global. Apostar a que la Reserva Federal haría un recorte de tipos de interés agresivo chocó con una economía global en crisis. La escalada de conflictos militares en Irán, Israel y el Líbano, la continuidad de la guerra entre Ucrania y Rusia, el control de las cuotas de petróleo, la fragilidad de las rutas marítimas y el impacto en las cadenas de suministro influyeron en el precio de la energía y del petróleo.
Ante este escenario, los capitalistas corren por obtener lucrativos resultados obteniendo las excusas perfectas para incrementar precios, lo que impacta en los costos de producción y transporte a nivel global. Esto provocó que la inflación no cediera a la velocidad que esperaban las AFP. Frente a ese panorama, la Reserva Federal mantuvo su política restrictiva de tipos altos durante más tiempo; eso presionó al alza los rendimientos de los bonos del Tesoro y volvió insostenible el costo de los derivados contratados por las administradoras de los fondos de pensiones.
Ante esta debacle, rayando en la indolencia, surge la excusa patronal de que esto se compensa porque la renta vitalicia ahora es más barata. Es verdad que, cuando suben las tasas, las compañías aseguradoras que pagan las rentas vitalicias ofrecen un factor de conversión ligeramente superior para calcular la pensión, pero lo que la Asociación de AFP oculta deliberadamente es que esa tasa se aplicará sobre un fondo que, por su propia gestión, acaba de ser recortado en un 10% real. Si esa mejora compensa los millones de pesos recortados del ahorro acumulado, que las AFP lo demuestren. Que expliquen cuánto perdió la persona y cuánto más recibirá de pensión.
Decir que la renta vitalicia ahora es más barata no responde esa pregunta. Además, este argumento pasa por alto que miles de personas, debido a sus bajos saldos, ni siquiera cumplen con el monto mínimo exigido para contratar una renta vitalicia y son empujadas obligatoriamente al retiro programado, donde sólo les queda la esperanza de que en los recálculos futuros su monto de pensión no se vea tan golpeado.
Todo esto ha ocurrido en el marco de las cuentas individuales. Es decir, pese a que existían alternativas de inversión, las AFP apostaron y fallaron, pero el problema central va mucho más allá.
El problema de fondo es mantener un sistema basado en cuentas individuales y subordinado a los mercados financieros en un mundo cada vez más convulso, inestable y marcado por tensiones geopolíticas. Esperar que la vejez y la tranquilidad de la clase trabajadora dependan de los precios del barril de petróleo, de las guerras o de los arbitrajes de tipos de interés de la Reserva Federal de Estados Unidos es una ruina social.
Mientras las AFP amasan enormes ganancias que provienen de comisiones que siguen cobrando aunque los fondos pierdan y se verán aún más beneficiadas con la reducción del encaje (por ejemplo, a junio de 2026 alcanzaron más de $377.269 millones en ganancias, un 13,3% más que el periodo anterior y el equivalente a más de $2 mil millones al día) son las y los trabajadores quienes absorben la totalidad de los costos de la crisis.
No se trata de que los operadores de las AFP “afinen su estrategia” para una próxima jugada. Aparentemente, la única salida razonable es un cambio estructural que apunte a construir un verdadero sistema de pensiones de reparto público, solidario con reservas técnicas, que establezca beneficios definidos protegiendo el derecho a envejecer con dignidad, desmercantilizando las pensiones y rescatando a la clase trabajadora de la especulación financiera, al menos para su vejez.