La diplomacia entre Chile y Estados Unidos. Lecciones de Gabriel Valdés Subercaseaux
13.10.2026
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13.10.2026
El autor de esta columna plantea que la gestión de Gabriel Valdés como canciller de Frei Montalva, que condenó la invasión soviética de Checoslovaquia pese a las presiones de Washington y llevó a Nixon los reclamos de América Latina, muestra que Chile puede defender su autonomía frente a Estados Unidos. A su juicio, la adhesión del gobierno de Kast al Escudo de las Américas apunta en la dirección contraria.
Imagen de portada: Gabriel Valdés Subercaseux y Francisco Pérez Mackenna / archivos Agencia Uno
En 1998, la periodista Elizabeth Subercaseaux, publicó un libro titulado Gabriel Valdés: señales de historia. La obra retrata la biografía de un dirigente histórico de la Democracia Cristiana, ministro de Relaciones Exteriores del Presidente Eduardo Frei Montalva y un defensor inclaudicable de la democracia en dictadura. A partir de una extensa conversación entre la autora y Valdés, la lectura recorre las memorias de una figura que testimonió una serie de episodios que marcaron el siglo XX, al tiempo que se develan entretenidas anécdotas y se relatan diálogos inconfesados del protagonista con eminentes personalidades de la época como la Reina Isabel, Charles de Gaulle, Henry Kissinger y Salvador Allende.
A pesar de ser un texto escrito hace casi 30 años, los hitos que repasa Subercaseaux sobre la vida de “El Conde” están más vigentes que nunca. En particular, aquellos acontecimientos que fueron clave en la relación entre Chile y Estados Unidos cuando fue canciller.
Sin lugar a duda, se trata de un personaje que dejó una huella indeleble para la historia diplomática de nuestro país y nos aporta una serie de valiosos aprendizajes que merecen la pena traer al presente.
Tras el triunfo de Frei en 1964, el presidente electo le comunicó a su camarada de partido, Gabriel Valdés, que había sido designado para encabezar la cancillería chilena. El contexto político internacional no era para nada cómodo. En medio de la guerra fría, la influencia norteamericana en la región y, particularmente en Chile, era decisiva. Los incesantes esfuerzos de Estados Unidos por contener la expansión del comunismo en América Latina desataron un vendaval de conflictos diplomáticos que representaron un desafío exigente para el nuevo ministro.
En enero de 1965, Valdés expuso ante el Senado los lineamientos de la política internacional durante la administración de Frei. El ambicioso proyecto versó sobre la idea de encumbrar a Chile en un nivel de prestigio internacional. Dada las condiciones geográficas de nuestro país, Valdés puso de relieve la necesidad de romper con el aislacionismo y abrir las relaciones con el resto del mundo. Sin embargo, en palabras del protagonista del libro, “históricamente la derecha había demostrado una total falta de interés por las relaciones internacionales (…). La derecha era nacionalista, estrecha de criterio, sentía antipatía por Estados Unidos, reducía los problemas internacionales a las relaciones con Argentina, Bolivia y Perú y a no gastar en viajes” (Subercaseaux, 1998; p.90).
Este diagnóstico, en parte importante, explica Valdés, fue herencia del gobierno de Jorge Alessandri. Así y todo, la titánica tarea que se dispuso a liderar el remozado canciller fue forjando el carácter de una figura que, carente de experiencia en materia internacional, desafió con destreza la asimétrica relación de Estados Unidos con Chile durante su gestión.
En 1968, la Unión Soviética invade Checoslovaquia. Un país que, a partir de 1948, pasó a formar parte de la ocupación del bloque soviético. Sin embargo, dos décadas después, las autoridades de Checoslovaquia iniciaron un proceso de transformaciones políticas que amenazaban la hegemonía socialista. Periodo conocido como la “Primavera de Praga”. A poco andar, las ideas reformistas fueron neutralizadas categóricamente por una intervención militar de los soviéticos en territorio checoslovaco. Un hecho que remeció la diplomacia internacional, en la que Chile no fue indiferente al conflicto.
En una reunión anual de las Naciones Unidas en Nueva York, Valdés se alistaba a pronunciar un discurso condenando la decisión de la URSS. Una vez en Estados Unidos, el canciller chileno recibió una llamada del secretario de Estado, Dean Rusk, quien asistió a la embajada de Chile en Washington. Rusk estaba en conocimiento de las intenciones de Valdés. Por lo que exigió, expresamente, que no lo hiciera. A lo que el representante de Chile señaló: “Nosotros queremos condenar la invasión. Somos muy contrarios a este tipo de actuación y queremos manifestar nuestro apoyo a la libre determinación” (Subercaseaux, 1998; p.113).
El secretario de Estado respondió: “No. No lo puede hacer, porque usted tiene que tener conciencia de cuáles son los intereses de Chile” (Subercaseaux, 1998; p.114).
No conforme con la posición de Rusk, Valdés afirmó: “Los intereses de Chile son la libertad en todo el mundo, el respeto por los derechos humanos y la autonomía de los países en el mundo” (Subercaseaux, 1998; p.114).
A pesar de los argumentos entregados por el canciller chileno, Rusk cerró la discusión indicando que “el problema entre Checoslovaquia y la Unión Soviética es demasiado serio para ser tratado por Chile. Eso lo tratamos nosotros (…) Nosotros vamos a manejar la situación” (Subercaseaux, 1998; p.114).
Aunque Valdés admite que sintió el aplastante poder de Estados Unidos, lejos de obedecer las instrucciones del Secretario de Estado, leyó el discurso en la reunión. Una acción que le valió la saña de los norteamericanos. Sin embargo, el gesto de Valdés resulta, a lo menos, loable en su actitud y de reconocible convicción, puesto que antepuso los intereses de nuestro país por sobre el veto de Estados Unidos.
Con Richard Nixon en el poder, en 1969, se celebró una nueva reunión de la Comisión de Coordinación Económica de América Latina (CECLA) en Viña del Mar. Así, distintos ministros de relaciones exteriores de los países de la región se congregaron sin la participación de Estados Unidos. El propósito de la conferencia fue definir los intereses de América Latina, atendiendo el contexto geopolítico y el rol del país norteamericano en los asuntos de esta parte del continente. De esta manera, el resultado de la reunión sería comunicada, personalmente, por Gabriel Valdés a Nixon. Pese a la resistencia de Frei y con el apoyo de Magalhaes Pinto, canciller de Brasil, Valdés viajó a Estados Unidos. Un acontecimiento que fue registrado por un artículo de The New York Times, cuyo titular rezó, “Chile representando a Latinoamérica viene a reclamar”.
Una vez en la Casa Blanca, Valdés, en presencia de Nixon, Kissinger, Rogers y el embajador Korry, expresó: “Presidente, yo traigo la voz de América Latina y vengo a decirle que América Latina desea fervientemente mejorar sus relaciones con Estados Unidos (…), pero nuestras relaciones son muy desequilibradas, no estamos conformes con el tipo de relaciones que existe entre nosotros, nuestros intereses son distintos pero no queremos que sean opuestos (…) debemos buscar un entendimiento muy a fondo… Tenemos reclamos concretos. Para demostrarle, Presidente, lo asimétricas que son nuestras relaciones, le voy a decir que por cada dólar que Estados Unidos invierte en Europa recibe un dólar, por cada dólar que invierte en África recibe dos y por cada dólar que invierte en Latinoamérica recibe cuatro” (Subercaseaux, 1998; p.121). Las palabras de Valdés fueron escuchadas con interés por parte de Nixon, no así por Kissinger.
Aunque el presidente norteamericano manifestó su desconfianza por las cifras mencionadas por el canciller chileno, Valdés retrucó que se trataban de datos aportados por el First National City Bank y que fueron publicados por el Wall Street Journal. El encuentro culminó con el compromiso de Nixon de conformar una comisión especial que acogiera las demandas de América Latina. Sin embargo, la iniciativa no prosperó. Aun así, el Consenso de Viña del Mar es recordado como uno de los hitos más importantes en la historia de Chile, colocando a nuestro país en el nivel más alto de la diplomacia Latinoamericana.
Con todo, los sucesos descritos muestran que Chile ha sido capaz de proyectar una posición estratégica en el plano internacional. Un denodado país que, en circunstancias complejas y de extrema tensión como lo fue la guerra fría, ha logrado imponer sus intereses y principios, incluso ante potencias hegemónicas como Estados Unidos.
Entretanto, el gobierno del presidente Kast, por intermedio de su cuestionada cancillería y la adhesión al Escudo de las Américas, ha dado señales claras de una peligrosa subordinación a la voluntad de Estados Unidos, renunciando deliberadamente a su autonomía diplomática y, de paso, arriesgando su tradición insobornable al respeto del derecho internacional. No está de más afirmar que las relaciones internacionales han sido una política de Estado. Aunque el giro ideológico del continente comulga con el pensamiento del Presidente, no se debe perder de vista los intereses de mediano y largo plazo que se podrían ver comprometidos a partir de las decisiones del actual gobierno. Después de todo, la historia de Gabriel Valdés Subercaseaux nos enseña que es posible pensar en un Chile que reconoce su inconmensurable valor en el mundo y que no ceja ante presiones que debiliten su posición internacional. En caso contrario, si el gobierno insiste, como bien señala Valdés, “lo que natura non dat, diplomacia non prestat”.