Eliminar el programa “Yo Elijo mi PC” es profundizar la brecha digital
12.10.2026
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12.10.2026
La autora de esta columna advierte que eliminar «Yo Elijo Mi PC» en el Presupuesto 2027 no es una decisión técnica, y que la evaluación usada para justificarla mide notas, no el cierre de la brecha digital. A partir de la experiencia de Uruguay, propone que el Congreso reponga los recursos con un rediseño: focalización por vulnerabilidad, entregas oportunas, conectividad permanente y plataformas con evidencia de impacto.
Imagen de portada: Francisco Saavedra / Agencia Uno
Este año, 96.100 estudiantes de séptimo básico recibieron su computador gracias al programa «Yo Elijo Mi PC» y «Me Conecto Para Aprender». El Proyecto de Ley de Presupuestos 2027 no asigna recursos para continuar con el programa. Por primera vez en 17 años, ningún escolar de nuestro sistema público recibirá esa herramienta, suprimida como parte de una “organización de prioridades estatales”.
Algo que ningún ministro, autoridad o personaje político ha desmentido es que desde el 2009 se han entregado 1.821.550 computadores, al alero de un programa creado por la expresidenta Michelle Bachelet, sostenido por el Presidente Sebastián Piñera en sus dos gobiernos, y continuado por Gabriel Boric. El propio José Antonio Kast también entregó computadoras el 2026, pero decide eliminar el programa como una medida de ahorro fiscal.
Las explicaciones oficiales no resisten dos preguntas seguidas. El ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, dijo que no recordaba la evaluación específica del programa, aunque «de seguro tenía hallazgos». El subsecretario del Interior, Máximo Pavez, aseguró que «ha estado mal evaluado». Y la ministra de Educación, María Paz Arzola, sostuvo que «no está teniendo el impacto que uno esperaría en los aprendizajes». Tomemos en serio ese último argumento, porque es el único con respaldo documental, y precisamente por eso es el más debatible.
La evaluación de impacto de DIPRES (2022), que citan las autoridades, usó el puntaje de corte por notas como regresión discontinua y concluyó que no hay efectos estadísticamente significativos del programa sobre el rendimiento académico o la asistencia entre séptimo y segundo medio. Eso es cierto, pero el propio informe advierte que sus estimaciones son locales: miden el efecto en estudiantes relativamente buenos y vulnerables que orbitan el umbral del corte, no el valor de la inclusión digital de quienes están más abajo, ni los efectos de largo plazo en habilidades digitales o trayectorias laborales. Medir la pertinencia de entregar un computador, solo por las notas escolares es como medir la salud de una persona solo con un examen “relevante, pero insuficiente”. Y es la misma conclusión a la que llega la evidencia comparada de la región.
El patrón latinoamericano es consistente y está documentado: los programas de entrega de computadores reducen rápidamente la brecha de acceso, pero casi ninguno mejora por sí solo los resultados en matemática y lectura. Así lo encontró el experimento aleatorio del BID en Perú con OLPC, la evaluación del Banco Mundial en Colombia con Computadores para Educar, y los estudios sobre el propio Plan Ceibal en Uruguay, que en sus primeros años tampoco mostró efectos con la entrega del computador, por sí mismo. Pero de ahí no se deduce que el programa deba morir: se deduce que el dispositivo es infraestructura, no pedagogía.
La misma experiencia uruguaya lo demuestra en positivo. Ceibal logró que el acceso a computadores entre el quintil más rico y los dos más pobres pasara de una brecha de 40 puntos porcentuales en 2007 a menos de 10 en 2012, y, cuando se levantó el ecosistema de plataforma para contenidos y formación docente, los efectos llegaron: la Plataforma Adaptativa de Matemáticas demostró un aumento en las medidas porcentuales en estudiantes de menor nivel socioeconómico, y en inglés logró resultados comparables a la enseñanza presencial. Uruguay, fue uno de los pocos países del mundo que sostuvo su sistema educativo en la pandemia, con conectividad efectiva cercana al 98% de estudiantes y docentes.
La lección no es «los computadores no sirven». La lección es que entregar el dispositivo sin un ecosistema es una decisión de diseño, no una sentencia de muerte del programa. La Nota Técnica publicada por el Banco Interamericano de Desarrollo BID (IDB-TN-670) lo dijo hace más de una década: el impacto académico tiende a ser mayor en programas que guían el uso de la tecnología, con materia, software y horarios definidos. Chile sabía todo esto. Tuvo durante 25 años la Red Enlaces, hoy desaparecida; tuvo el diagnóstico de focalización de su propia DIPRES, que el 2018 señaló que seleccionar beneficiarios por notas «no opera como criterio de inclusión para aportar al cierre de la brecha digital, sino de exclusión»; y tiene monitoreos del 2023 y 2024 del propio programa sin hallazgos adversos. Corregir la focalización, ampliar la conectividad más allá de los 12 meses, planificar plataformas adaptativas con metas de uso y entregar los equipos a tiempo, es decir, en marzo y no a mitad de año, era el camino. Eliminar el programa es elegir el atajo que destruye la base sobre la cual, cualquier ecosistema futuro podría construirse.
Pregúntele a cualquier familia que recibió su primer computador qué significó. No hablará de puntajes SIMCE. Hablará de la hija que descubrió el diseño, del hijo que aprendió a programar con tutoriales gratuitos, de la madre que hizo su primera gestión en línea, del joven para quien aquel computador, fue el inicio de un oficio. Un computador en un hogar de bajos ingresos, no es solo una herramienta escolar: es una puerta al mundo digital donde hoy se tramita, se compra y vende, se trabaja, se estudia y se participa en una sociedad que promueve abiertamente la “ciudadanía digital”. La CEPAL estimó en el 2020 que el 46% de los niños de 5 a 12 años de América Latina vivía en hogares no conectados, y que entre el 70% y el 80% de los estudiantes de nivel socioeconómico alto tiene computador en casa, frente a solo un 10% a 20% en los quintiles de menores ingresos.
Chile no escapa a esa fractura: en el ICILS (https://www.iea.nl/icils) , nuestros estudiantes promediaron 476 puntos, frente a un promedio internacional de 496 puntos. El monitoreo del propio programa muestra, que el 91% de los beneficiarios/as declara usar el computador semanalmente para estudiar. Al parecer el acceso a un computador si tiene impacto en las brechas de acceso. Las generaciones que no recibirán el computador, no aparecerán en ninguna estadística como un «daño», simplemente serán un ahorro fiscal a costa de ni siquiera saber cómo se estudia mediante el acceso a la tecnología mediada por un PC. Este cuadro es la forma más silenciosa y más irreversible de la inequidad: no se hereda, ni se repara; se acumula y agranda aún más las brechas de acceso entre quienes tienen y quienes no pueden tener, la brecha digital reproduce desigualdades sociales y culturales.
El Presupuesto 2027 supera los $90 billones y crece 1,5% en términos reales. El gobierno anunció 7 billones para seguridad, un 9,1% más que este año, y 9,5 billones para crecimiento, empleo y reconstrucción, con una cartera de 241 obras públicas. Son decisiones legítimas de prioridad; la política pública es eso.
Pero entonces escuchemos al propio Presidente: «Un presupuesto no es solo una planilla de números. Es una decisión sobre qué va primero». A las Becas TIC que este año funcionaron con cerca de $34.800 millones, se les asignó cero. Y en julio, mientras tanto, el gobierno anunció que el Minvu destinará 143.800 UF, equivalentes a unos $5.900 millones, a la construcción de recintos vinculados a instituciones religiosas, en medio de un déficit habitacional que no da tregua. Si hay recursos para obras, para seguridad y para templos, gastos que el Estado puede hacer, pero no para el computador de un niño/a de séptimo básico, entonces la pregunta no es técnica. Es de prioridades, y merece respuesta.
La educación es la base de una sociedad que crece, piensa, construye y convive en y para la democracia, porque no hay ciudadanía plena sin capacidad de comprender el mundo en que se vota, se trabaja y se decide. Un computador no garantiza esa ciudadanía, pero sin él, para millones de niños y niñas, la oportunidad ni siquiera existe.
Las opiniones que se escudan en los resultados de las estandarizaciones que evalúan los programas asociados a las políticas públicas de educación, deberían no confundir el instrumento de medición, con la realidad medida, pues no son “metáforas”. La educación es un fenómeno de múltiples variables, de largo aliento y profundamente especializado, que requiere conocimientos profesionales y “recursos” para un impacto en el territorio con sentido de justicia y progreso de una sociedad en su conjunto.
El país viene declarando con fuerza, desde la pandemia mediante instrumentos públicos y ejes estratégicos la promoción activa de competencias tecnológicas y digitales, programas de integración de la IA en educación, las que en una paradoja (o quizás una metáfora), requieren de insumo básicos para su desarrollo efectivo.
El año pasado el Congreso repuso los recursos de esta línea presupuestaria en la tramitación. Puede volver a hacerlo, y debería hacerlo acompañado de un rediseño serio, con sentido de focalización por vulnerabilidad y nunca por notas, cautelar entregas oportunas, conectividad permanente y plataformas con evidencia de impacto. “No eliminar, si no que Rediseñar”
No se trata de salvar un programa por nostalgia, sí por justicia social y la comprensión que una sociedad que se educa es una sociedad que avanza. Se trata de que «Yo elijo mi PC» deje de ser un nombre y vuelva a ser una promesa en la de que, en Chile, el futuro digital no se hereda por apellido, ni se compra por quintil, se entrega por derecho. Elegir que siga es elegir a quienes más lo necesitan. Y esta vez, a diferencia de lo que sugieren los ministros, la evidencia está del lado de la puerta que no debemos cerrar.
La tecnología transforma la sociedad al modificar la forma en que producimos, trabajamos y medimos la economía. Basta tener en cuenta la Inteligencia Artificial en estos días: la tecnología impulsa el crecimiento, reconfigura el empleo, y exige nuevas instituciones. La clave para un impacto positivo está en cómo las sociedades gestionan la transición tecnológica mediante políticas de capacitación, regulación, competencia y protección social. Renunciar a invertir en el programa “Yo elijo mi PC” es renunciar a invertir en las niñas y niños de Chile; es dejar de invertir en el futuro.