Chile: el país que siempre llega después del desastre
12.10.2026
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12.10.2026
Señor director:
Existe una paradoja profundamente arraigada en la forma en que Chile enfrenta los desastres. Cada emergencia parece sorprendernos, pese a que hace años sabemos que inundaciones, incendios forestales, aluviones y sequías ya no son fenómenos excepcionales, sino parte de una nueva realidad climática. Sin embargo, seguimos actuando como si cada evento fuera imprevisible.
La discusión pública suele concentrarse en identificar responsabilidades y acelerar la reconstrucción. Pero, una vez superada la contingencia, el debate pierde fuerza y el país vuelve a su rutina. La memoria institucional parece durar menos que el ciclo de las noticias.
Esta lógica refleja una de las principales debilidades de nuestra planificación: el predominio del corto plazo. Las decisiones públicas continúan condicionadas por los tiempos políticos, mientras las obras de infraestructura requieren una mirada que trascienda gobiernos y responda a desafíos que se proyectan por décadas.
Lo paradójico es que el conocimiento existe. Sabemos cuáles son las zonas inundables, conocemos la vulnerabilidad de muchas quebradas y entendemos que los eventos climáticos extremos serán cada vez más frecuentes. La incertidumbre ya no está en si ocurrirán, sino en cuándo.
Chile ya demostró que es capaz de aprender de sus tragedias. Tras los grandes terremotos del pasado se desarrolló una normativa sísmica reconocida internacionalmente, comprendiendo que construir mejor era mucho más eficiente que reconstruir una y otra vez. Esa misma visión aún no se consolida frente al cambio climático.
Persistimos en ocupar territorios expuestos, postergamos inversiones preventivas porque sus beneficios no son inmediatos y seguimos considerando la prevención como un costo, cuando en realidad constituye una de las inversiones más rentables para un país.
El cambio climático no espera calendarios electorales. Tampoco distingue entre administraciones o colores políticos. Solo pone a prueba la capacidad de una sociedad para anticiparse.
La verdadera resiliencia no se construye después de la catástrofe. Se construye mucho antes, cuando existe la voluntad de planificar pensando no en el próximo invierno ni en la próxima elección, sino en las próximas generaciones.