Santa Fe 2026: una actuación que obliga a mirar más allá del medallero
09.10.2026
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09.10.2026
El autor de esta columna sostiene que el cuarto lugar de Chile en los Juegos Suramericanos Santa Fe 2026, la mejor actuación del país fuera de casa, no se explica solo por el talento de los deportistas. Según él, es el resultado de más de tres décadas de construcción del alto rendimiento, desde los reclamos de los atletas a inicios de los 90 hasta el Plan Olímpico y la experiencia de organizar grandes eventos. Para llegar al podio sudamericano, plantea cinco tareas: convertir el Plan Olímpico en política de Estado, profesionalizar las federaciones, poner las ciencias del deporte al centro, sumar a la empresa privada y crear un sistema nacional de competencias. Concluye que «el cuarto lugar no puede ser nuestro techo. Para que el podio deje de ser una excepción, no basta con pedirles más a nuestros deportistas: tenemos que construir un mejor sistema para que ellos puedan llegar más lejos».
Los Juegos Suramericanos de Santa Fe 2026 terminaron para Chile con 49 medallas de oro, 58 de plata y 68 de bronce: 175 preseas y el cuarto lugar del medallero general. Es la mejor actuación de la historia de Chile fuera del país y la segunda de todos los tiempos, a un oro y una medalla del récord de Santiago 1986, cuando como locales conseguimos 50 oros y 176 medallas. Más allá de las cifras, este resultado merece una reflexión sobre el camino que ha recorrido el deporte chileno en las últimas tres décadas.
Comparar Santa Fe con Santiago 1986 exige cuidado. Los Juegos de hoy tienen un programa mucho más amplio, más países competitivos y un nivel regional que no se parece al de hace cuatro décadas. Brasil, que participó desde la primera edición, se transformó en una potencia permanente a partir de 2002, cuando como anfitrión obtuvo 148 oros y 333 medallas, y desde entonces elevó la exigencia para todos. Conseguir 49 oros como visitante en este escenario tiene un significado distinto al que habría tenido una cifra semejante en los años 80.
Hay datos que, a mi juicio, son incluso más reveladores que el cuarto lugar. Chile obtuvo medallas en 47 disciplinas y oros en 23 de ellas. No estamos frente a un resultado concentrado en dos o tres deportes, sino ante una capacidad extendida para llegar al podio. El remo fue el deporte más productivo, con 7 oros, 5 platas y 1 bronce; lo siguieron el esquí náutico, con 12 medallas, y el atletismo, con 11.
Las metas fijadas antes de los Juegos también fueron superadas: se proyectaban entre 38 y 42 oros y se consiguieron 49; se esperaba que el 89% de los deportes en que participó Chile aportaran medallas y se llegó al 92%; y se buscaba mantener el cuarto lugar, lo que se logró.
Ese cuarto lugar, además, se ganó en la recta final. La delegación llegó a estar seis oros por debajo de Venezuela y lo revirtió con nueve oros en la penúltima jornada y uno más el último día, para cerrar 49 a 48. En los últimos cinco días de competencia, Chile sumó 80 medallas, 20 de ellas de oro. Esa capacidad de responder en la parte decisiva de unos Juegos también habla de preparación.
Estos indicadores muestran algo que para mí es fundamental: Chile no solo consiguió muchas medallas, sino que amplió la base de disciplinas capaces de producir resultados internacionales. Eso es lo que uno espera de un sistema de alto rendimiento que ha ido madurando.
Hay una parte de esta historia que suele quedar fuera y que, como deportista que la vivió, me parece importante contar, para que las nuevas generaciones sepan que el camino que hoy recorren no siempre estuvo tan despejado.
Después de los Juegos Panamericanos de La Habana 1991, un grupo de deportistas de distintas disciplinas —entre los que me encontraba— planteamos públicamente nuestra preocupación por las condiciones en que desarrollábamos nuestras carreras. No se trataba solo de pedir más recursos. Lo que decíamos era más profundo: no podían exigirnos competir de igual a igual con atletas de países desarrollados, cuyos sistemas les ofrecían infraestructura, apoyo técnico y científico y posibilidades de preparación que nosotros no teníamos.
Ese reclamo tuvo consecuencias. Una de las primeras fue la construcción del Centro de Alto Rendimiento y su residencia deportiva en el Estadio Nacional, que comenzaron a funcionar en 1995 y cambiaron las condiciones de entrenamiento y permanencia de nuestros deportistas. A ello se sumó el mejoramiento de recintos financiado, entre otras fuentes, con el crédito FAD (Fondo de Ayuda para el Desarrollo) del Gobierno de España, cuando la infraestructura era una de las principales limitaciones del deporte nacional. Llegaron también los primeros equipos para trabajar en ciencias del deporte, un área que prácticamente no existía en la preparación de nuestros atletas, y el Estado comenzó a implementar programas de apoyo para deportistas destacados, reconociendo que el alto rendimiento no podía descansar solo en el esfuerzo de atletas, entrenadores y familias.
La secuencia es elocuente. Primero hubo deportistas que plantearon que no era razonable exigir resultados internacionales sin condiciones mínimas para alcanzarlos. Después aparecieron la infraestructura, el equipamiento, la residencia y el apoyo económico. Y en la década siguiente vino una etapa de mayor institucionalización.
En 2008, con el Plan Bicentenario y la creación de la Comisión Técnica Nacional de Alto Rendimiento, Chile avanzó hacia una política más estructurada. Ese proceso se complementó con la construcción en 2008 del Centro de Entrenamiento Olímpico (CEO) y, en 2010, con el Plan Olímpico, que articuló los esfuerzos del Estado, el Comité Olímpico de Chile y las federaciones. Desde entonces se fue consolidando una lógica distinta: planificación, objetivos deportivos, seguimiento de atletas y preocupación por los procesos de largo plazo.
No todo ha sido perfecto. Pero sería injusto desconocer que detrás de Santa Fe hay más de tres décadas de construcción, que comenzaron de manera precaria a inicios de los 90 y tomaron forma institucional en los últimos 15 años. Los protagonistas son los atletas y entrenadores que compitieron en Argentina: ellos entrenan, soportan la presión y ganan las medallas. Pero atribuir el resultado solo a ellos sería un error.
Chile ha mejorado, además, porque aprendió a organizar deporte internacional de alto nivel. Los Juegos Suramericanos Santiago 2014, los Suramericanos de la Juventud Santiago 2017 y los Panamericanos y Parapanamericanos Santiago 2023 significaron mucho más que construir recintos. Como ministro del Deporte (2016-18) me tocó encabezar el lanzamiento de los Juegos de la Juventud e impulsar la postulación de Chile a Santiago 2023, y pude ver de cerca lo que estos procesos exigen.
Santiago 2023 llevó esa experiencia a escala continental: cerca de 6.500 atletas de 41 países compitieron en 39 deportes panamericanos, y unos 1.900 paratletas de 33 países en 17 deportes parapanamericanos. Esos Juegos dejaron infraestructura, pero también algo menos visible y quizás más importante: capital humano. Un país que organiza grandes eventos aprende. Aprenden sus federaciones, jueces, técnicos, dirigentes, profesionales de la salud, voluntarios y también sus deportistas. Y ese aprendizaje queda instalado en el sistema.
Reconocer el progreso no significa conformarse. Brasil, Argentina y Colombia siguen por delante. Si el objetivo es mantenernos entre los cuatro o cinco mejores de Sudamérica, vamos por buen camino. Pero si queremos subir al podio, necesitamos hacer bastante más. Veo cinco tareas.
Primero, convertir el Plan Olímpico en una verdadera política de Estado. La planificación no puede comenzar cuando se acerca un Juego Olímpico: debe existir una estrategia de largo plazo que identifique talentos, acompañe sus carreras y fije objetivos desde las categorías juveniles hasta el máximo nivel.
Segundo, profesionalizar las federaciones. No podemos construir un alto rendimiento moderno sobre estructuras que dependen del voluntarismo. Necesitamos equipos técnicos y administrativos estables, planificación estratégica, evaluación y capacidad para trabajar con horizontes de ocho o 12 años. Algunas federaciones ya demostraron que es posible; esa experiencia debe extenderse.
Tercero, poner las ciencias del deporte en el centro. Fisiología, biomecánica, nutrición, psicología, recuperación, prevención de lesiones y análisis de datos no pueden seguir siendo complementos. Así lo han entendido la Federación Chilena de Remo —no es casualidad que haya sido nuestro deporte más productivo en Santa Fe— y varios deportistas del atletismo, el ciclismo, el triatlón, la natación y el pentatlón moderno, además de equipos del básquetbol, el balonmano, el hockey césped, el rugby y el vóleibol.
Cuarto, incorporar más decididamente a la empresa privada. El Estado debe mantener un papel central, pero ningún sistema deportivo moderno depende solo de recursos públicos. No se trata de reemplazar al Estado, sino de sumar capacidades.
Quinto, construir un verdadero sistema nacional de competencias. Este punto me parece especialmente importante. No podemos pedir a nuestros deportistas que compitan al máximo nivel internacional si durante el año no tienen dónde hacerlo en casa. Necesitamos más torneos nacionales e internacionales en Chile, circuitos por categorías, mejores campeonatos universitarios y una articulación mucho mayor entre clubes, federaciones, universidades, Fuerzas Armadas y municipios. Un atleta se desarrolla compitiendo.
El desafío del deporte chileno ya no es demostrar que podemos obtener buenos resultados. Lo demostramos en Santiago 1986 y lo acabamos de confirmar en Santa Fe. El verdadero desafío es que estos resultados dejen de depender de generaciones excepcionales y se conviertan en la consecuencia natural de un sistema profesional, científico y sostenible.
El cuarto lugar no puede ser nuestro techo. Para que el podio deje de ser una excepción, no basta con pedirles más a nuestros deportistas: tenemos que construir un mejor sistema para que ellos puedan llegar más lejos.