¿Por qué Chile tiene una de las tasas de fecundidad más bajas del mundo?
18.06.2026
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18.06.2026
La drástica caída de la natalidad en Chile no responde a una sola causa, sino a una combinación de factores económicos, laborales, culturales y de género que han transformado las decisiones sobre maternidad y paternidad. Justo cuando el gobierno lanza el plan Chile Renace y forma una comisión de expertos para tratar el tema, la autora de esta columna plantea que «si el país desea generar condiciones favorables para quienes sí desean formar una familia, el camino parece claro: mejorar el acceso a vivienda, fortalecer los sistemas de cuidado, ampliar la cobertura de salas cuna, promover la corresponsabilidad en la crianza y avanzar hacia condiciones laborales compatibles con la vida familiar».
Imagen de portada: Maribel Fornero / Agencia Uno
Durante las últimas semanas han proliferado los titulares que intentan responder una misma pregunta: ¿cómo llegó Chile a registrar una de las tasas de fecundidad más bajas del mundo? Las cifras son contundentes. Actualmente el país presenta una tasa global de fecundidad cercana a 0,99 hijos por mujer, una de las más bajas a nivel internacional y muy próxima a las observadas en Corea del Sur y Singapur.
Se trata de un fenómeno particularmente llamativo para un país que aún se encuentra en vías de desarrollo. Sin embargo, más allá de la preocupación que generan las cifras, resulta interesante preguntarse qué tienen en común sociedades que, a primera vista, parecen tan distintas cultural, histórica y socialmente.
Las respuestas son complejas y no existe una única explicación. No obstante, Chile, Corea del Sur y Singapur comparten una serie de transformaciones estructurales que permiten comprender mejor esta tendencia.
Uno de los elementos más evidentes es el aumento sostenido de los costos asociados a la vida familiar. En los tres países, acceder a una vivienda, financiar la educación, costear el transporte y sostener los cuidados de niños y niñas representa una carga económica cada vez mayor para las familias.
En Chile, un estudio del Ministerio de la Mujer y UNICEF estimó que el costo mensual de la crianza alcanza aproximadamente los $595.000. De ese monto, cerca de $383.000 corresponden a bienes y servicios y más de $211.000 al costo del tiempo destinado al cuidado. La cifra resulta especialmente importante si se considera que una parte importante de los hogares vive con ingresos que apenas permiten cubrir las necesidades básicas.
La situación habitacional constituye otro factor relevante. Según el Centro de Estudios Inmobiliarios de la ESE Business School de la Universidad de los Andes, cerca del 80% de las familias chilenas enfrenta dificultades para acceder a una vivienda propia. El aumento sostenido de los precios inmobiliarios, las mayores tasas de interés y salarios que no han crecido al mismo ritmo han convertido la vivienda en una meta cada vez más difícil de alcanzar.
Podemos debatir si estas razones son suficientes para explicar la caída de la fecundidad, pero resulta difícil ignorar que las nuevas generaciones enfrentan condiciones objetivamente más complejas para construir proyectos familiares estables. La posibilidad de acceder a una vivienda propia, mantener un empleo seguro y proyectar una trayectoria económica predecible parece cada vez más distante para amplios sectores de la población.
En Corea del Sur y Singapur, por ejemplo, diversos estudios han demostrado que el acceso a la vivienda y la estabilidad laboral se encuentran estrechamente vinculados a las decisiones sobre matrimonio y maternidad. Aunque los contextos son distintos, en Chile comienzan a observarse dinámicas similares, especialmente entre los sectores medios urbanos, caracterizados por altos niveles de endeudamiento y creciente precarización laboral.
A esta realidad se suma una profunda crisis de los sistemas de cuidado. Las listas de espera para acceder a salas cuna continúan siendo elevadas y la oferta disponible resulta insuficiente para responder a la demanda existente. Esta situación adquiere especial relevancia si se considera que el 42,1% de las familias con niños y niñas pequeños tiene una mujer como principal sostenedora económica del hogar.
¿Qué se supone que deben hacer las familias cuando no existen suficientes salas cuna y cuando los horarios escolares son incompatibles con las jornadas laborales? La respuesta suele recaer sobre las mujeres.
Los avances en educación y participación laboral femenina constituyen otro elemento central para comprender este fenómeno. En Chile, más de la mitad de quienes ingresan a la educación superior son mujeres. Esta transformación ha ampliado las oportunidades de desarrollo profesional, autonomía económica y construcción de proyectos de vida propios.
Las mujeres cambiaron, pero muchas de nuestras instituciones sociales no lo hicieron al mismo ritmo. Persisten expectativas culturales que continúan asignando a las mujeres la mayor responsabilidad sobre las tareas domésticas y de cuidado, incluso cuando participan plenamente en el mercado laboral. El resultado es una tensión permanente entre maternidad, desarrollo profesional y autonomía personal.
En Corea del Sur esta contradicción se expresa de manera particularmente intensa. Muchas mujeres perciben que casarse y tener hijos implica renunciar a espacios de autonomía, oportunidades laborales y calidad de vida. En Chile, aunque de forma menos extrema, esta tensión también está presente.
Por otra parte, las tres sociedades comparten una fuerte presión por el rendimiento educativo y la movilidad social. La crianza se ha vuelto cada vez más intensiva. Ya no se trata únicamente de tener hijos, sino de proporcionar educación de calidad, actividades extracurriculares, apoyo emocional y múltiples oportunidades de desarrollo.
La parentalidad se transforma así en una experiencia altamente demandante desde el punto de vista económico, emocional y temporal. Muchas personas optan por tener menos hijos -o simplemente no tenerlos- porque sienten que no podrán cumplir adecuadamente con esos estándares.
A ello se suma un cambio cultural más profundo. Las nuevas generaciones otorgan mayor valor al bienestar subjetivo, la estabilidad emocional, el tiempo personal y las relaciones afectivas satisfactorias. La maternidad y la paternidad ya no son consideradas destinos inevitables ni obligaciones sociales incuestionables.
Esto no significa necesariamente un rechazo hacia los niños o hacia la vida familiar. Con frecuencia refleja incertidumbre respecto del futuro, agotamiento social o la percepción de que las condiciones necesarias para criar adecuadamente no están garantizadas.
En este sentido, Chile comienza a compartir algunas características observadas en sociedades altamente exigentes como Corea del Sur: largas jornadas laborales, inseguridad económica, competitividad creciente y dificultades para equilibrar trabajo, familia y vida personal.
También han cambiado las normas sociales asociadas al matrimonio y la reproducción. Hoy existe una mayor aceptación de la convivencia sin hijos, la soltería prolongada y los hogares unipersonales. Tener hijos ha dejado de ser un mandato social para transformarse en una opción entre muchas otras formas legítimas de construir un proyecto de vida.
Sin embargo, existe una paradoja. Aunque las formas de vivir, vincularse y formar familia han cambiado, muchas políticas públicas e instituciones continúan organizadas sobre la base de modelos familiares tradicionales. Esta desconexión dificulta la conciliación entre las nuevas trayectorias de vida y la crianza.
Una diferencia importante respecto de Corea del Sur y Singapur es que ambos países han implementado durante décadas agresivas políticas pronatalistas, incluyendo subsidios económicos, beneficios habitacionales, apoyo a tratamientos de fertilidad y transferencias monetarias por nacimiento. Los resultados, sin embargo, han sido limitados.
La experiencia internacional demuestra que la fecundidad no depende exclusivamente de incentivos económicos. Existen transformaciones más profundas relacionadas con las expectativas de vida, las relaciones de género, la organización del trabajo y la confianza en el futuro.
Por eso resulta importante evitar explicaciones simplistas. Las mujeres no tienen la culpa de la baja natalidad. Por el contrario, la disminución de la fecundidad refleja que hoy las decisiones reproductivas están más alineadas con los deseos, proyectos y posibilidades reales de las personas.
La amplia disponibilidad de métodos anticonceptivos eficaces ha permitido que mujeres y hombres puedan decidir con mayor libertad cuándo y cuántos hijos tener. Ello constituye un avance en autonomía reproductiva y no un problema que deba corregirse.
Sin embargo, tampoco podemos ignorar que muchas mujeres postergan la maternidad no sólo por decisión personal, sino porque enfrentan condiciones económicas y laborales que dificultan seriamente asumir ese proyecto. Empleos precarios, bajos salarios, contratos inestables y escasas redes de apoyo transforman la maternidad en una decisión compleja y, en muchos casos, riesgosa desde el punto de vista económico.
La edad promedio al primer hijo ha aumentado de manera sostenida durante las últimas décadas y una proporción creciente de mujeres inicia la maternidad después de los 30 años. Al mismo tiempo, estudios recientes muestran que muchas jóvenes consideran prioritario completar su formación profesional, alcanzar estabilidad laboral y construir independencia económica antes de pensar en tener hijos.
No se trata necesariamente de rechazar la maternidad. Se trata de que hoy compite con múltiples proyectos de vida igualmente valiosos.
En definitiva, la baja fecundidad en Chile refleja profundas transformaciones sociales, económicas, culturales y de género. Pensar que puede revertirse mediante incentivos aislados o apelaciones morales supone desconocer la complejidad del fenómeno.
Si el país desea generar condiciones favorables para quienes sí desean formar una familia, el camino parece claro: mejorar el acceso a vivienda, fortalecer los sistemas de cuidado, ampliar la cobertura de salas cuna, promover la corresponsabilidad en la crianza y avanzar hacia condiciones laborales compatibles con la vida familiar.
Solo reconociendo la complejidad de los factores involucrados podremos construir respuestas adecuadas para un fenómeno que probablemente llegó para quedarse y que, en ningún caso, puede ser atribuido a las decisiones individuales de las mujeres.