Bancarrota hídrica: cuando el problema ya no es la sequía
17.06.2026
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17.06.2026
Señor director:
Durante años hemos hablado de crisis hídrica. Sequía, escasez, estrés hídrico. Conceptos que se repiten tanto que corren el riesgo de volverse parte del paisaje. Pero el Instituto de Agua, Medio Ambiente y Salud de la Universidad de las Naciones Unidas propone una idea más incómoda: la bancarrota hídrica.
Una sociedad entra en bancarrota hídrica cuando no solo consume más agua de la que recibe cada año mediante lluvias, nieve o recarga natural, sino cuando además comienza a agotar las reservas acumuladas durante siglos o milenios en acuíferos, glaciares, humedales y lagos. Cuando eso ocurre, los sistemas hídricos pierden capacidad de recuperarse. La escasez deja de ser temporal y pasa a ser estructural.
Cerca del 75% de la población mundial vive hoy en países donde el agua es escasa o insegura. Chile no es la excepción. Llevamos más de una década enfrentando una megasequía que ha reducido caudales, disminuido reservas y aumentado la dependencia de fuentes cada vez más vulnerables. En numerosas localidades rurales, el acceso al agua depende de camiones aljibe. Lo que nació como una medida de emergencia se ha transformado, en muchos casos, en parte de la normalidad. Y es que mientras en las ciudades abrir la llave parece un acto cotidiano garantizado, en otras zonas del país el acceso al agua depende de la llegada periódica de un camión.
Esta presión ya no se observa únicamente en localidades rurales o en cuencas alejadas. También alcanza a los sistemas hídricos más estratégicos del país. La reciente solicitud de declarar zona de escasez hídrica en la primera sección del río Maipo muestra que esta discusión ya no es teórica. La principal cuenca que abastece a Santiago está siendo gestionada bajo condiciones de disponibilidad cada vez más restringidas. Porque el régimen hídrico está cambiando y las herramientas de excepción comienzan a transformarse en mecanismos permanentes de gestión.
La discusión pública suele concentrarse en la falta de lluvias. Pero la bancarrota hídrica apunta al desajuste entre el agua disponible y el nivel de consumo que un territorio sostiene. En buen chileno, estamos gastando más agua de la que la naturaleza puede reponer. Por eso el desafío ya no consiste únicamente en esperar años más lluviosos, sino en aprender a gestionar el agua dentro de los límites que impone el territorio. Eso implica diversificar fuentes mediante reúso seguro, desalación donde corresponda, una mayor eficiencia en el uso del recurso y la protección de los ecosistemas que sostienen su disponibilidad.
La verdadera señal de alerta no es que falte agua un año determinado. Es que cada vez más instituciones están aprendiendo a gestionar bajo la premisa de que esa agua ya no volverá. Cuando las medidas de excepción comienzan a transformarse en mecanismos permanentes de gestión, la discusión deja de ser sobre sequía. Cuando una sociedad empieza a vivir de forma permanente con menos agua de la que sus sistemas pueden reponer, el problema tiene otro nombre: bancarrota hídrica.