Un plan para la natalidad en Chile: buena noticia, preguntas pendientes
10.06.2026
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10.06.2026
Señor Director:
La demografía tiene una particularidad que la diferencia de muchas otras políticas públicas: sus efectos se observan décadas después. Las decisiones que se toman hoy no impactarán la próxima encuesta ni el próximo gobierno, sino la próxima generación. Por eso, cuando un país enfrenta una caída sostenida de la natalidad, el margen para improvisar es limitado.
Chile está entrando en una nueva etapa demográfica. Según las proyecciones del INE, en 2028 registrará más defunciones que nacimientos por primera vez en su historia. Hacia 2050, la distancia se habrá ampliado de forma considerable: 212 mil muertes frente a 109 mil nacimientos.
El lanzamiento del Plan “Chile Renace” es, en ese contexto, una señal necesaria. Por primera vez, la baja natalidad se trata como un problema estratégico y no como un fenómeno que se acomoda solo. Pero reconocer el problema es solo el primer paso. La pregunta que sigue es más difícil: ¿cómo no repetir los errores que otros ya cometieron?
Corea del Sur es el caso más instructivo disponible. Desde 2005 tiene un Comité Presidencial dedicado a la baja natalidad, planes quinquenales que articulan vivienda, cuidado infantil, empleo joven y género, y en 2024 declaró reuniones de emergencia demográfica lideradas por el propio Primer Ministro. Dos décadas de esfuerzo institucional e inversión sostenida. Resultado: 0,75 hijos por mujer, la tasa más baja del mundo. La enseñanza no es que las políticas públicas no sirven. Es que las políticas sectoriales, sin una arquitectura de largo plazo que las articule, raramente logran cambiar decisiones de vida tan profundas como tener hijos.
Lo que Corea tardó en entender es que ningún subsidio reemplaza lo que la gente realmente evalúa antes de tener un hijo: si existe una vivienda accesible, un empleo compatible con la crianza, tiempo para compartir y confianza en el futuro. Chile debería observar con atención esta experiencia. Ningún plan de natalidad será sostenible si no aborda simultáneamente las condiciones bajo las cuales las mujeres y los hombres evalúan la maternidad y la paternidad como proyectos viables.
Pero hay un desafío adicional que las políticas convencionales todavía no saben bien cómo abordar. La generación que hoy está en edad reproductiva creció completamente conectada. Sus relaciones sociales, afectivas y comunitarias se formaron en gran medida a través de plataformas digitales, en un entorno de exposición constante y comparación permanente. El resultado no es que dejaron de querer vínculos. Es que los construyen con más dificultad: confiar en otro, sostener un proyecto común, apostar por algo que dure más que una conversación en pantalla. Al mismo tiempo, cada vez más jóvenes declaran sentirse cómodos viviendo solos o no consideran indispensable formar pareja.
En ese contexto, el deseo de tener hijos se aplaza, se vuelve menos urgente, se disuelve en la postergación. La mayoría de los jóvenes sigue valorando la familia y la crianza. El problema es que cada vez menos sienten que esas aspiraciones son compatibles con la forma en que hoy se organiza la vida: el trabajo, la vivienda, los vínculos, el tiempo.
Por eso, el desafío de “Chile Renace” no consiste únicamente en aumentar beneficios o crear nuevos programas. Consiste en construir una arquitectura de largo plazo capaz de acompañar a las familias durante todo su ciclo de vida, y que al mismo tiempo le hable a una generación que necesita más que bonos: necesita creer que formar una familia es posible y que no estará sola en ese proyecto de vida.
Chile aún está a tiempo.