Chile discute dónde poner los recursos educativos, pero no qué experiencias financia
11.04.2026
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11.04.2026
La autora de esta columna destaca la importancia del juego en el proceso educativo, algo que, según indica, no es considerado cuando se proyectan inversiones en el área. Sostiene que «ampliar la cobertura de la educación inicial constituye un avance necesario, pero insuficiente si no va acompañado de una reflexión profunda sobre la calidad de las interacciones pedagógicas, la formación de los educadores y las condiciones que permiten desplegar el potencial del juego como experiencia formativa».
Imagen de portada: David Von Blohn / Agencia Uno
Cuando se discuten las prioridades en materia educativa, uno de los debates más recurrentes gira en torno a dónde concentrar los recursos públicos. En Chile, la educación superior suele ocupar el centro de esta discusión, tanto por su visibilidad social como por su relación directa con el empleo, la productividad y la movilidad económica. Sin embargo, la evidencia acumulada durante las últimas décadas sugiere que el período de mayor impacto para el desarrollo humano no es la adultez temprana, sino los primeros años de vida.
James Heckman, Premio Nobel de Economía en el 2000, ha demostrado que el retorno social de la inversión educativa disminuye progresivamente a medida que aumenta la edad. Invertir en la primera infancia no solo resulta más eficiente desde el punto de vista económico, sino que también genera efectos más amplios y duraderos en el bienestar individual y social. Esto no implica restar valor a la educación superior, sino reconocer que las oportunidades que allí se despliegan dependen en gran medida de condiciones de desarrollo que se configuran mucho antes.
Durante los primeros años de vida, el cerebro humano experimenta su mayor período de plasticidad. Las conexiones neuronales que se establecen en esta etapa sientan las bases del lenguaje, la regulación emocional, la memoria de trabajo y otras funciones ejecutivas esenciales para aprender a lo largo de la vida. Las intervenciones educativas tardías, aunque necesarias, operan sobre una arquitectura ya consolidada. En este sentido, pensar la educación como una trayectoria continua implica reconocer que la educación superior constituye una etapa avanzada de un proceso cuyo inicio ocurre mucho antes de la escolarización formal.
Los datos comparados para Chile ilustran la tensión existente entre estas evidencias y las decisiones de política pública. Según el informe Education at a Glance 2025 de la OCDE, el gasto público por estudiante en educación superior alcanza en Chile los USD 4.479, mientras que la cobertura en educación inicial para niños y niñas de 3 a 5 años se mantiene en torno al 75%, diez puntos por debajo del promedio de los países de la organización. Aunque la inversión en este nivel representa un 0,7% del PIB, ligeramente superior al promedio OCDE, su crecimiento ha sido más lento que en otros sistemas educativos comparables.
La discusión sobre la primera infancia, sin embargo, no puede limitarse a indicadores de cobertura o financiamiento. La investigación contemporánea sugiere que lo decisivo no es únicamente cuántos niños acceden a educación inicial, sino qué tipo de experiencias viven en ella. Durante los primeros años, el aprendizaje ocurre fundamentalmente a través del juego, la exploración corporal, la curiosidad y la interacción afectiva con otros. Estas experiencias constituyen el fundamento sobre el cual se desarrollan habilidades cognitivas, sociales y emocionales que más tarde permitirán sostener aprendizajes académicos complejos.
En este sentido, el juego puede entenderse como una forma de infraestructura educativa invisible. No se mide en metros cuadrados, en la disponibilidad de recursos materiales, ni en rankings universitarios, pero organiza procesos fundamentales del desarrollo humano. A través del juego, los niños y niñas ejercitan la autorregulación, la toma de decisiones, la persistencia frente a la frustración y la capacidad de imaginar soluciones alternativas. Estas habilidades, frecuentemente asociadas al éxito en la educación superior y en el mundo laboral, tienen su origen en experiencias tempranas de exploración y participación activa.
Con frecuencia, el juego es interpretado como una actividad preparatoria para aprendizajes futuros. Desde una perspectiva del desarrollo humano, sin embargo, el juego no prepara para aprender: es la forma primaria de aprender. Postergar o empobrecer estas experiencias tiene efectos acumulativos que ninguna política educativa tardía logra revertir completamente. Por ello, ampliar la cobertura de la educación inicial constituye un avance necesario, pero insuficiente si no va acompañado de una reflexión profunda sobre la calidad de las interacciones pedagógicas, la formación de los educadores y las condiciones que permiten desplegar el potencial del juego como experiencia formativa.
Esta discusión adquiere especial relevancia en contextos de desigualdad social. La evidencia muestra que las brechas educativas comienzan antes de la educación obligatoria, en la distribución desigual de oportunidades para explorar, jugar y participar en entornos enriquecidos. En este escenario, la educación inicial cumple un rol estratégico como política pública de equidad. Como ha señalado el sociólogo José Joaquín Brunner, las políticas orientadas a la primera infancia son las únicas que han demostrado efectividad para interrumpir la transmisión intergeneracional de las desigualdades educativas.
Pensar la educación como trayectoria también permite cuestionar la aparente dicotomía entre invertir en educación superior o fortalecer la educación inicial. No se trata de elegir entre niveles, sino de comprender que el sistema educativo funciona como un proceso acumulativo. Una inversión temprana de calidad no solo mejora el desarrollo individual, sino que también reduce los costos de intervención posterior y aumenta la eficacia de las políticas orientadas a la formación avanzada.
La pregunta de fondo, por tanto, no es cuánto invertir en cada nivel educativo, sino cuándo y en qué condiciones hacerlo. Reconocer el juego como experiencia central del desarrollo infantil supone desplazar el foco desde la preparación académica temprana hacia la construcción de entornos que promuevan el bienestar, la curiosidad y la motivación por aprender. En una sociedad que valora la innovación, el pensamiento crítico y la colaboración, resulta paradójico que las experiencias que favorecen estas capacidades continúen siendo subestimadas en la discusión pública.
Más que una etapa previa al sistema educativo, la primera infancia constituye su base estructural. Las habilidades que se requieren en la educación superior, autonomía, perseverancia, capacidad de reflexión, comienzan a configurarse mucho antes de la rendición de una prueba de admisión. Comprender esta continuidad no implica restar importancia a los desafíos de la educación terciaria, sino reconocer que el futuro del aprendizaje se juega, literalmente, en los primeros años de vida.