Más allá de la Luna: el costo de volver a soñar
10.04.2026
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10.04.2026
El mundo ha estado pendiente en estos días de la misión Artemis II. La autora de esta columna analiza el impacto de ella y advierte que «si Artemis logra impulsar tecnologías sostenibles, cooperación global y un acceso más equitativo al conocimiento, su impacto podría trascender la Luna. Pero si se convierte en una extensión de nuestras desigualdades —una carrera por recursos, prestigio o dominio— entonces habremos llevado nuestros problemas más lejos, sin resolverlos. Porque volver a la Luna no es lo difícil. Lo difícil es decidir qué significa hacerlo hoy».
Imagen de portada: misión Artemis II / Nasa.gov
El regreso del ser humano a la Luna, liderado por el Artemis Program, no es solo un hito tecnológico. En realidad, es –sobre todo–, una declaración de intenciones. Y como toda declaración, merece ser cuestionada.
Durante la era del Apollo Program, Estados Unidos invirtió cerca de 25.400 millones de dólares de la época, equivalentes a unos 290 mil millones actuales. Hoy, Artemis proyecta del orden de 93 a 105 mil millones de dólares hasta lograr un alunizaje tripulado, con costos por lanzamiento que podrían superar los 4.000 millones de dólares. Los números son incómodos, especialmente en un mundo donde la crisis climática y las desigualdades no son abstractas, sino urgentes.
Pero la historia obliga a matizar. La exploración espacial nunca ha sido solo exploración. Los programas espaciales han impulsado avances en sensores, telecomunicaciones, medicina y materiales avanzados. Más que resultados inmediatos, su impacto se mide en cómo expanden las fronteras tecnológicas que luego permeabilizan la vida cotidiana.
En ese sentido, Artemis busca algo distinto. Ya no se trata de “ir y volver”, sino de permanecer. Esto implica desarrollar sistemas de reciclaje de agua y aire, generación energética autónoma y nuevos materiales resistentes a radiación. Más que una carrera, es un ensayo de sostenibilidad en condiciones límite, con potencial impacto en problemas muy terrestres.
La misión Artemis II, que no incluye alunizaje, ha sido vista por algunos como un paso incompleto. Pero en realidad responde a una lógica más prudente. Será la primera misión tripulada más allá de la órbita baja desde 1972, y su objetivo no es llegar, sino validar: sistemas de soporte vital, navegación en espacio profundo y reentrada. En exploración espacial, llegar sin garantías no es progreso, es riesgo.
También hay un cambio en quiénes representan esta exploración. La tripulación incluye a Christina Koch y Victor Glover, marcando hitos de representación en la historia de los vuelos lunares. No es un detalle menor: si la exploración espacial pretende ser un proyecto de humanidad, debe reflejarla.
Pero hay otro elemento que ha vuelto a capturar la atención pública: las imágenes. Las misiones recientes, incluso las no tripuladas dentro del ecosistema Artemis, han entregado vistas de la Tierra y la Luna con una calidad y detalle sin precedentes. La famosa “Earthrise” de la era Apollo transformó nuestra percepción del planeta; hoy, nuevas imágenes en alta resolución, con sensores avanzados y procesamiento digital sofisticado, vuelven a recordarnos algo similar: la fragilidad de la Tierra en medio del vacío. Sin embargo, a diferencia de los años 60, estas imágenes circulan en tiempo real, en redes sociales, diluyéndose rápidamente entre miles de otros estímulos. La pregunta entonces no es solo qué vemos, sino si aún somos capaces de detenernos a mirar.
La motivación actual tampoco es la misma que en los años 60. La Luna ya no es el destino final, sino un paso intermedio hacia Marte. Allí se busca ensayar tecnologías, logística y autonomía en un entorno relativamente cercano antes de dar el salto mayor.
Y ahí aparece la pregunta incómoda: ¿debemos ir a Marte?
Porque Marte no es la Luna. Una misión tripulada implicaría años de viaje, exposición a radiación y desafíos psicológicos aún no completamente comprendidos. No es simplemente el siguiente paso, sino un cambio de escala.
Pero hay otra dimensión que rara vez se discute con suficiente profundidad: el modelo de exploración que estamos construyendo. Artemis no es solo un programa científico, sino también una plataforma donde convergen intereses estatales, industriales y comerciales. Empresas privadas participan activamente en el desarrollo de tecnologías, transporte y futuras infraestructuras lunares. Esto abre oportunidades, pero también riesgos. ¿Estamos construyendo una exploración compartida o el inicio de una nueva economía extractiva fuera de la Tierra?
Desde cierto lente, Artemis podría parecer profundamente ambivalente. Representa lo mejor de la especie: curiosidad, cooperación, capacidad de imaginar futuros lejanos. Pero también refleja contradicciones: la facilidad con la que se moviliza recursos hacia lo extraordinario mientras lo urgente sigue esperando.
Quizás el problema no es explorar, sino para qué hacerlo.
Si Artemis logra impulsar tecnologías sostenibles, cooperación global y un acceso más equitativo al conocimiento, su impacto podría trascender la Luna. Pero si se convierte en una extensión de nuestras desigualdades —una carrera por recursos, prestigio o dominio— entonces habremos llevado nuestros problemas más lejos, sin resolverlos.
Porque volver a la Luna no es lo difícil. Lo difícil es decidir qué significa hacerlo hoy.