Smiljan Radic: la paradoja del Pritzker
08.04.2026
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08.04.2026
El autor de esta columna destaca la alta calidad del trabajo del chileno que obtuvo recientemente el Premio Pritzker, y lo que significa para la arquitectura nacional. Comenta, eso sí, que su obra se trata de «una trayectoria singular prolífica y de enorme calidad, que por lo expuesto no se compromete con los problemas contemporáneos, sociales, climáticos y económicos, lo que dificulta transformarla en un referente generalizable de la disciplina, aun cuando el Pritzker tienda a presentarla como tal».
Imagen de portada: Teatro Regional del Biobío (Facebook oficial)
El segundo premio Pritzker para un arquitecto chileno honra la inapelable calidad del trabajo de Smiljan Radic y pone más allá de su nombre, a la arquitectura chilena en el horizonte disciplinar mundial, y por lo mismo, compromete tanto a la profesión como a la academia, a medir los alcances y efectos de este reconocimiento en la arquitectura que se desarrolla y enseña en el país.
La obra de Radic demuestra un manejo espacial, material y técnico sobresaliente, amparado en la construcción de un argumento intelectual que une retóricamente referencias de la construcción informal de nuestro país con un amplio repertorio de obras de arte y proyectos de arquitectura -de muchas de las cuales es propietario a través de Fundación Frágil y comparte hoy en la muestra “Tiras de Prueba. Arquitecturas 1951-1977” en el Museo Nacional de Bellas Artes de Chile-. Toda esta acumulación de referencias se transforma en una cuidadosa y sensible curatoría personal que ayuda a comprender un universo cultural excepcional y constituye parte fundamental de su forma de operar.
Smiljan Radic ha logrado multiplicar el repertorio formal con exquisito gusto plástico, desde formas complejas que ha sabido resolver con una osadía precisa y sencilla hasta el trabajo con formas puras y cuerpos geométricos básicos, convirtiéndose en el principal referente de la arquitectura nacional, al cual muchos seguimos y copiamos, haciendo proliferar muchas de sus maneras en la arquitectura chilena actual, con efectos evidentes en la forma en que proyectamos y enseñamos.
Ahora bien, los premios y distinciones, sobre todo de este nivel, tienen la capacidad de orientar la disciplina y la academia. Es aquí donde conviene detenerse. Hacer arquitectura implica necesariamente integrar y equilibrar diferentes componentes: espaciales, técnicos, sociales, culturales y ambientales, entre otros aspectos que de manera compleja se sintetizan en un proyecto. Es por tanto que, al revisar un proyecto o una trayectoria que tendrá este nivel de impacto en la profesión y en las futuras generaciones de arquitectas y arquitectos, debemos reparar en todas aquellas cuestiones de las que la arquitectura se debe hacer responsable, de cara a la sociedad.
El jurado del Pritzker presenta el trabajo de Radic como recordatorio “que la arquitectura es un arte” y su relación con “la condición humana”, pero es muy fácil reducir esta afirmación a una lectura exclusivamente plástica. Buscar solo la belleza no es cuestión de la arquitectura y supeditarla a cuestiones de funcionalidad, uso y practicidad, entre otras, desvirtúa una de las labores principales de la arquitectura: acoger la vida de las personas, sobre todo cuando se trata de edificios públicos.
En la obra de Radic, el uso del material está a disposición del proyecto; por un lado, se utilizan más elementos de lo estrictamente necesario para sustentar cualidades plásticas -peso, volumen, ritmo, etc.- y por otro, se recurre a materiales que, por sus procesos de producción y lugares de proveniencia, no consideran suficientemente su impacto.
Una gran cantidad de las obras de Radic se emplaza en territorios y paisajes de ecología delicada que, al ser privatizados, se convierten en un telón de fondo para formas de vida particulares y en un marco natural exuberante que la fotografía de la arquitectura chilena ha utilizado para la difusión internacional de las obras. Muchos de estos lugares, por lo mismo, se sitúan fuera del alcance de las restricciones normativas de edificación y planificación propias de la ciudad, habilitando un amplio margen de libertad y experimentación proyectual, alejado del compromiso con la vida colectiva.
La casa para el poema del ángulo recto, la casa fonola, la casa transparente, la casa A, la habitación en San Miguel, la casa CR, la casa chica, el corral taller de escultura, la piscina de concreto, la casa de Heidegger y el pequeño edificio burgués, son obras que se relacionan de manera directa con la propiedad del arquitecto. Esta es una condición extremadamente singular en la que puede operar un arquitecto, imposible de transferir ni extrapolar a la práctica profesional general, ni a la formación de arquitectas y arquitectos.
La singularidad de su arquitectura por tanto se asemeja a la singularidad del profesional. Lo que se ensalza es la autoría individual, aun cuando hay un trabajo colectivo detrás. Una trayectoria singular prolífica y de enorme calidad, que por lo expuesto no se compromete con los problemas contemporáneos, sociales, climáticos y económicos, lo que dificulta transformarla en un referente generalizable de la disciplina, aun cuando el Pritzker tienda a presentarla como tal.