Candelabro, ya viene la fuerza
31.03.2026
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31.03.2026
El autor de esta columna analiza el rápido ascenso del grupo nacional Candelabro, que asoma a su juicio como la punta de lanza de un movimiento musical chileno en alza. Sostiene que «disfrutan de un momento que no imaginaron que llegaría tan rápido. Ahora la tarea de mantenerse en el podio, desarrollar su análisis social y expandirse a otros mercados es solo su responsabilidad. Al menos, el talento, las ganas y las huellas de la chilenidad están de su lado».
Los habían invitado varias veces, pero se habían negado. Así que cuando aceptaron, quisieron preparar algo especial. Lograr que su show no fuera uno más del montón. En marzo de 2019, en su primera vez en Lollapalooza, Fiskales Ad-Hok interpretó “Mi Cádaver”, mientras en las gráficas aparecían los rostros de José Antonio Kast, Lucía Hiriart, Patricia Maldonado y Andrés Chadwick, entre otros, atravesados por una lanza en uno de sus ojos.
Esa provocación, un gesto eminentemente punk, resultó efectiva. Kast dijo que “está es la verdadera cara del fascismo: los que están en el escenario. Aquellos que buscan imponer su ideología totalitaria y eliminar a sus adversarios” y solicitó a Perry Farrell, creador del evento, que se hiciera cargo de esa afrenta. Ignacio Urrutia, actual senador republicano por el Maule y elegido con el 4% de los votos, también fue severo. “Es totalmente impresentable que se haga apología de la violencia con personas que representan a un determinado sector político. Cuando se les dice algo a ellos, saltan de inmediato y arman un tremendo escándalo. Pero guardan silencio cómplice cuando la agresión es de ellos”. La organización de Lollapalooza prefirió no echarle parafina al fuego. Y dijeron que los artistas en el escenario tenían libertad de expresión.
Siete años más tarde y en el mismo festival, la historia se repitió en el show de Candelabro. Mientras interpretaban su versión de “Ultraderecha” de Los Prisioneros, las pantallas mostraron imágenes de Donald Trump, Javier Milei, Benjamín Netanyahu y José Antonio Kast. Todos con una esvástica en la frente. “Esta es para Kast y sus amiguitos”, dijo Matías Ávila, el líder de la banda. Ante las mismas preguntas a los organizadores por esta acción, la respuesta fue calcada que con los Fiskales. “Los artistas tienen libertad de expresión y estamos por recibir todo tipo de manifestaciones culturales”.
Si la escena final del show de Candelabro con todos los músicos abrazados en el escenario tras una presentación consagratoria fue emotiva, la valentía de lucir como unos artistas preocupados por la realidad que vive el mundo es contagiosa. Hubo ahí una declaración de principios que en esta época de viralizaciones se expandió rápido. El mensaje fue evidente: la música genera empatía. Impulsa que no te sientas solo y seas parte de una comunidad. Su postura frente a la extrema derecha llegó, por ejemplo, hasta México. Rubén Albarrán, el vocalista de Café Tacuba, la mejor banda latina de los últimos 30 años, subió a sus redes sociales la presentación del septeto con “Ultraderecha”.
Aunque en retrospectiva se tiende a exagerar el número de artistas con conciencia política, esa nunca fue la norma. Salvo en los 60, cuando los creadores tuvieron un real peso cultural, los músicos no son particularmente políticos. En tiempos de género urbano -que lentamente está perdiendo relevancia-, menos. Ese tipo de música nunca intuyó que la palabra puede ser un arma de reflexión.
Las ganas de aportar a un cambio y apuntar a las atrocidades que se están cometiendo en el planeta en nombre de una supuesta democracia, sin embargo, no son las únicas virtudes de Candelabro. Si su disco debut, “Ahora o Nunca” (2023), fue reconocido por un tema homenaje a Eduardo Bonvallet –“Bonva”- y mostró un incipiente germen de sus capacidades artísticas, su segundo disco, “Deseo, Carne y Voluntad” (2025), aceleró su crecimiento masivo. La irrupción de ese trabajo que tiene la intensidad de la juventud con una ambición artística que cruza musicalmente a Congreso y Fulano, hace guiños a Los Jaivas y Electrodomésticos y ensambla instrumentos con armonía como sus contemporáneos Black Country, New Road, es algo pocas veces visto en la historia de la música popular chilena. Una explosión de popularidad que no se percibía, principalmente, desde la época de Los Prisioneros, y, en menor medida, de Los Tres.
Bajo ese aspecto de nerds de la mayoría de sus integrantes se esconde una rareza en los artistas locales: rigor, profesionalismo y convencimiento. Pocos grupos chilenos nóveles lanzan un álbum de más de una hora. Han entendido que para progresar y lograr oficio en el escenario y en el estudio se debe trabajar. Una misión siempre difícil de entender para los músicos chilenos acostumbrados a echarle la culpa al empedrado ante su amateurismo laboral. El salto que han tenido sus canciones es exponencial. De brindar tocatas para decenas de personas, su estatus es ahora estelar. Y, sin querer, se transformaron en la punta de lanza de un nuevo movimiento musical local -curiosamente, la mayoría muy admiradores de Los Prisioneros- que está empujando con una energía, fuerza y creatividad que no veíamos desde mediados de los 90.
Los datos están a la vista: el concierto de presentación de su nuevo álbum en La Cúpula -un local para apenas 700 personas- se vendió en apenas dos horas. Mientras se gestiona otro show en un recinto para más capacidad, se dieron el lujo de rechazar una oferta del festival Rec de Concepción. Al principio, les ofrecieron una paga como si fueran relleno y la desestimaron. Tras el éxito en Lollapalooza, el evento penquista volvió, a última hora, con una propuesta económica superior. Pero el grupo la rechazó. No son arroz graneado.
Existe una sensación que Candelabro no se dejara llevar por aplausos fáciles ni obviedades artísticas. Y que su música seguirá evolucionando y hablando por ellos. Mientras, disfrutan de un momento que no imaginaron que llegaría tan rápido. Ahora la tarea de mantenerse en el podio, desarrollar su análisis social y expandirse a otros mercados es solo su responsabilidad. Al menos, el talento, las ganas y las huellas de la chilenidad están de su lado.