Más allá del interruptor: el costo invisible de nuestra comodidad
28.03.2026
Hoy nuestra principal fuente de financiamiento son nuestros socios. ¡ÚNETE a la Comunidad +CIPER!
28.03.2026
Señor Director:
Hoy sábado 28 de marzo millones de personas apagarán sus luces durante “la Hora del Planeta”. En el contexto de la crisis climática, el apagón simbólico contribuye a cuestionarnos la eficiencia y el consumo eléctrico en nuestros edificios y ciudades. Mientras algunos eligen apagar la luz por conciencia, otros viven en la oscuridad de la precariedad energética.
A principios de siglo XX, la idea de “casa eficiente, moderna y confortable” estaba asociada a la creación de redes de suministro y la producción de nuevos sistemas y artefactos. Entonces, la «casa eficiente» pasó de ser aquella que aprovechaba el sol, a aquella conectada a una red. A partir del desarrollo de centrales e infraestructura eléctrica, se fueron construyendo asociaciones socioculturales entre vivienda, artefactos eléctricos y confort, que pasaron de ser un privilegio de las clases más acomodadas a un concepto de bienestar mínimo masificado.
Esta “comodidad enchufada” alcanzó su auge con las visiones utópicas de los años 60, como las Environment Bubbles de Reyner Banham, o las Plug-In Cities de Archigram. Aquellas utopías imaginaban una vida liberada del entorno, protegida por tecnologías de control ambiental total. Sin embargo, esa promesa de autonomía técnica nos heredó una desconexión cognitiva peligrosa. Al naturalizar que el bienestar depende de un interruptor, convertimos la energía en algo invisible. Olvidamos que detrás de la ampolleta que se enciende en un departamento en Santiago, hay un ecosistema intervenido, una central termoeléctrica o una hidroeléctrica que altera ciclos hídricos. Pasamos de una arquitectura que mediaba con la naturaleza, mediante su forma, materiales, orientación o tamaños de ventanas, a una que simplemente la suple con tecnología.
Con redes eléctricas bajo presión extrema y una pérdida de biodiversidad sin precedentes, la dependencia energética 24/7 ya no es sinónimo de desarrollo, sino de vulnerabilidad. En este contexto, la Hora del Planeta no puede seguir siendo un rito de expiación individual. Si nuestra arquitectura y diseño urbano no recupera la capacidad de mediar con el entorno mediante el diseño pasivo y el respeto a los ciclos naturales, seguimos construyendo precariedad bajo el disfraz de desarrollo. Es urgente, entonces, dejar de entender el confort como un insumo invisible, sin esfuerzo, y sin impacto, que se consigue con la red eléctrica. El silencio eléctrico de este sábado debe ser la señal para rediseñar una ciudad que no dependa de la explotación infinita de los ecosistemas para llamarse habitable. Necesitamos que nuestras viviendas y ciudades sean, ante todo, un refugio en armonía con los límites del planeta.