La convivencia no es un tema político
16.03.2026
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16.03.2026
Selor Director:
No me interesa la política. No milito en ningún partido, no sigo campañas, no me defino por un color ni por un bando. Voto, como todos, por lo que creo que es mejor para el país en un momento dado. Y después vuelvo a mi vida.
Pero hace unos días tuve una conversación que lo volvió real.
Alguien cercano a mí, alguien a quien quiero mucho, me dijo que siente miedo de caminar por la calle. No por la delincuencia — eso lo entendemos todos, es transversal, nos afecta a todos por igual. Su miedo es otro. Siente que el clima actual le ha dado a ciertas personas una especie de permiso para insultar, hostigar o agredir a otros simplemente por cómo viven, a quién quieren, cómo se visten, o de dónde vienen. Me contó episodios concretos; Gritos en la calle. Comentarios que hoy, más que antes, se dicen en voz alta, con orgullo casi, como si fueran actos de valentía.
No supe qué responderle. Porque yo no lo había visto. Mi mundo es otro. Me muevo en un entorno donde estas cosas no pasan, o si pasan, no se hablan. Se minimizan.
Pero después busqué los datos. Y los datos no exageran.
Según el XXIII Informe Anual de Derechos Humanos de la Diversidad Sexual y de Género del Movilh — la única medición anual de su tipo en Chile, con más de dos décadas de continuidad — las denuncias por discriminación basada en orientación sexual e identidad de género aumentaron un 78,7% en 2024, con 2.847 casos registrados. Los discursos de odio crecieron más de 116%. Es la primera vez desde el retorno a la democracia que se documentaron retrocesos en esta materia en los tres poderes del Estado. El mismo año, el Comité de Derechos Humanos de la ONU llamó la atención a Chile específicamente por esta situación.
No son cifras de un panfleto. Son el registro más extenso y consistente que existe en el país sobre esta realidad. Y si alguien quiere cuestionar la fuente por ser una organización de activismo, tiene derecho. Pero entonces que presente una medición alternativa. Hasta ahora no existe otra.
Al mismo tiempo, el discurso sobre migración se ha endurecido hasta un punto donde «inmigrante» funciona casi como insulto. Hay personas que llevan años viviendo en Chile, trabajando, pagando impuestos, con hijos que nacieron acá, y que hoy sienten que su presencia se trata como un problema a eliminar en vez de una realidad a integrar. La firmeza migratoria es legítima. Convertir a personas en categorías descartables, no.
No escribo esto desde ningún colectivo. No represento a ninguna organización ni tengo agenda. Lo escribo porque alguien que quiero me dijo que tiene miedo, y yo — que vivo en mi burbuja, que no me interesa la política, que creo en el orden y en que cada uno viva como quiera mientras no le haga daño a nadie — no había dimensionado lo que significa vivirlo.
Y creo que hay muchas personas como yo. Gente que no es intolerante, pero que simplemente no ha visto. Porque no le toca. Porque su entorno no se lo muestra.
Las palabras que se pronuncian desde el poder tienen consecuencias concretas. No hace falta promover la violencia — basta con no condenarla para que una parte de la sociedad lo interprete como autorización. Cuando el liderazgo público guarda silencio frente a la agresión contra ciertos grupos, ese silencio tiene un significado. Y quienes agreden lo leen perfectamente.
Chile puede ser firme con la delincuencia sin necesitar chivos expiatorios. Puede tener las convicciones morales o religiosas que quiera sin que eso implique que otros deban vivir con miedo. Puede ordenar la migración sin deshumanizar a quienes migran.
A quienes hoy tienen la responsabilidad de gobernar me gustaría enviarles este mensaje: la gente los escucha. Toda. También quienes hoy sienten miedo. Es preciso un mensaje claro y explícito de rechazo a toda forma de violencia injustificada — venga de donde venga, contra quien sea — es un deber, no es una concesión política.
Es lo mínimo.