Irán no es Venezuela: la apuesta más peligrosa de Trump
11.03.2026
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11.03.2026
El autor de esta columna analiza el escenario que se abre en el conflicto entre Irán, Estados Unidos e Israel. Y pone una alerta en que «si Irán sobrevive sin rendirse, la lección que extraerá su nueva dirigencia será inequívoca: que la única garantía real de soberanía es el arma nuclear. Irán mantiene hoy reservas de uranio altamente enriquecido suficientes para fabricar una bomba si así lo decide. Hasta ahora, la fatwa y el cálculo racional contenían esa decisión. Un régimen que haya sobrevivido a un ataque existencial sin la bomba, y que haya visto cómo Corea del Norte permanece intocable precisamente porque la tiene, no volverá a cometer ese error».
Imagen de portada: TheWhiteHouse.gov
Hay guerras que se justifican con el argumento equivocado. La que Estados Unidos e Israel han emprendido contra Irán se presenta al mundo bajo el paraguas de la amenaza nuclear. Es un argumento cómodo, moralmente legible, pero fundamentalmente deshonesto. Los servicios de inteligencia occidentales no han demostrado que Irán estuviera a semanas de completar un arma. La propia fatwa del Ayatolá Khamenei declaraba las armas de destrucción masiva contrarias al islam. Sea auténtica o instrumental, esa declaración formaba parte del tablero diplomático y no podía ignorarse sin costo argumental.
El motivo real para Israel era más concreto: los misiles balísticos iraníes —no la bomba hipotética, sino los cohetes que ya existían y ya alcanzaban cualquier punto de su territorio— y la arquitectura del eje de resistencia. Hezbolá, Hamas, los hutíes, las milicias chiítas en Irak y Siria: todos recibían financiamiento, armamento y orientación estratégica de Teherán. El 7 de octubre no fue concebido en Gaza. Para Israel, golpear a Irán no era un objetivo expansionista sino, en su propia lógica, la única forma de desmantelar ese sistema. Netanyahu encontró la convergencia perfecta: un aliado americano dispuesto, un eje de resistencia parcialmente degradado tras los golpes de 2024-25, y un régimen iraní más expuesto que en 20 años.
Para Washington, la lógica era más compleja y menos confesable. Hay un revanchismo histórico que pocas veces se nombra: la revolución de 1979 fue la mayor derrota estratégica de Estados Unidos en la región, y la memoria de Mosaddegh, del petróleo nacionalizado, de los rehenes, no había abandonado la clase política norteamericana. Pero más determinante en el largo plazo es la dimensión china. Un Irán reintegrado en la economía global sería el proveedor natural del petróleo que Pekín necesita para su expansión industrial. Un Irán destruido es uno que no puede cumplir ese rol. Christian Reus-Smit ha argumentado que el orden internacional no se sostiene solo en la distribución del poder material, sino en la capacidad de los Estados hegemónicos de construir marcos de legitimidad que hagan aceptable ese poder. Lo que Washington hizo con Irán —presentar una operación de contención energética contra China como cruzada antinuclear— es exactamente ese ejercicio. A eso se añade Trump: un presidente para quien la escala del gesto importa más que su precisión.
El error estratégico más profundo, sin embargo, no es de táctica militar sino de imaginación histórica. La administración operó bajo la suposición de que Irán podía gestionarse como Venezuela: régimen frágil, economía destruida, oposición latente. Es una analogía que se desmonta sola. Irán es una civilización de 25 siglos que fue invadida por los mongoles, dominada por británicos y rusos, intervenida por la CIA, y que combatió ocho años de guerra de trincheras contra Irak sin rendirse. La República Islámica, con todas sus contradicciones entre soberanía popular y autoridad clerical, es una estructura que ha sobrevivido 45 años e institucionalizado su propia legalidad. Venezuela no ofrece ningún parámetro de comparación útil.
La respuesta iraní a los primeros ataques no fue el colapso que Washington anticipaba —o fingía anticipar. Fue la designación, en sesión extraordinaria y bajo bombardeo activo, de Mojtaba Khamenei como tercer Líder Supremo de la República Islámica. Hijo del ayatolá Ali Khamenei —asesinado junto a su esposa en la primera oleada de ataques del 28 de febrero—, Mojtaba es considerado por todos los analistas como más intransigente que su padre. Tiene vínculos profundos con la Guardia Revolucionaria, fue sancionado por Washington desde 2019 por su coordinación con Hezbolá, Hamas y las milicias iraquíes, y sus padres son ahora mártires de guerra. En las calles de Teherán e Isfahán, mientras caían nuevas bombas, multitudes coreaban su nombre portando retratos de los Khamenei. Trump declaró que el nuevo líder «no durará mucho sin su aprobación». La Guardia Revolucionaria respondió con un juramento de «obediencia total y autosacrificio». El canciller rechazó cualquier alto al fuego. No es el comportamiento de un régimen a punto de capitular.
El cálculo estadounidense solo funciona con una rendición incondicional o un colapso del régimen. Cualquier otro resultado será presentado en Teherán, con razón, como una victoria. Y las victorias, en la política iraní, tienen una memoria muy larga.
Hay además una consecuencia que ni Israel ni Estados Unidos parecen haber sopesado con seriedad. Si Irán sobrevive sin rendirse, la lección que extraerá su nueva dirigencia será inequívoca: que la única garantía real de soberanía es el arma nuclear. Irán mantiene hoy reservas de uranio altamente enriquecido suficientes para fabricar una bomba si así lo decide. Hasta ahora, la fatwa y el cálculo racional contenían esa decisión. Un régimen que haya sobrevivido a un ataque existencial sin la bomba, y que haya visto cómo Corea del Norte permanece intocable precisamente porque la tiene, no volverá a cometer ese error. La guerra destinada a impedir que Irán se nuclearice puede ser exactamente el acontecimiento que haga inevitable que lo haga. Eso no es un efecto colateral. Es el fracaso estructural de toda la empresa.