8M: mujeres, pobreza y salud mental, un cóctel brutal
10.03.2026
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10.03.2026
Las autoras de esta columna profundizan en la estrecha relación entre pobreza y salud mental, y hacen un llamado al «gobierno entrante para que oriente su política pública y fortalezca los programas sociales en una dirección que permita abordar de manera integral y rigurosa la salud mental de las mujeres que viven en pobreza».
Imagen de portada: Karl Grawe / Agencia Uno
“Las mujeres, jefas de hogar, a cargo de niños o a cargo de personas con dependencia, más el problema económico de la pobreza, la falta de recursos, falta de oportunidades y falta de educación, hace un cóctel brutal para que las mujeres, de una u otra manera, tengan problemas de salud mental”.
Si se relacionan el ser mujer, vivir en pobreza y ser jefa de hogar se tiene como resultado un “cóctel brutal”. Así lo expresó una participante de nuestros estudios. Es la abrumadora realidad de miles de mujeres quienes, a pesar de sus fortalezas y esfuerzos cotidianos, tienen más probabilidad de sufrir trastornos de salud mental que los hombres.
“Cualquier mujer está sobregirada por la vida al ser madre, y más aún si le sumas pobreza y jefatura de hogar”
La pobreza corresponde a un determinante de la salud mental, generándose un círculo vicioso. Por un lado, las personas que viven en pobreza están más expuestas a tener problemas de salud mental por enfrentar acontecimientos adversos, estrés, exclusión social y tener menos redes de apoyo. Por otro lado, las personas con problemas de salud mental tienen más probabilidades de caer o permanecer en la pobreza por la estigmatización, el aumento de los gastos en salud, y la pérdida del empleo e ingresos.
El género también es un determinante de la salud mental, pues las mujeres estamos en una situación de menor privilegio, una inserción laboral más precaria y una mayor exposición a la violencia de género en sus distintos ámbitos. Además, existe una sobrecarga por las tareas domésticas y de cuidado, sin embargo, hay un escaso reconocimiento social de estas e incluso críticas. Todo lo anterior aumenta el riesgo de sufrir trastornos como depresión y ansiedad, entre otros problemas de salud mental.
Esta mirada deriva del modelo de determinantes sociales de la salud, el cual surge ante una comprensión limitada que solo consideraba los riesgos individuales de enfermar, pero que no tomaba en cuenta la influencia de condiciones sociales como la pobreza y el género. Así, según la Organización Mundial de la Salud, este modelo ha sido un aporte fundamental para entender que la salud mental depende de las condiciones sociales en que las personas nacen, crecen, viven, trabajan y envejecen.
“La pobreza tiene un rostro femenino”
La pobreza y el género también pueden ser entendidos como ejes de opresión conjunta, pues no es lo mismo ser una mujer de nivel socioeconómico alto o bajo cuando se habla de salud mental. A nivel mundial el 70% de la población que vive en pobreza son mujeres. A esto se le ha llamado feminización de la pobreza, la que se debe a la falta de acceso a recursos y oportunidades económicas, la desigualdad en el mercado laboral, y la sobrecarga de trabajo doméstico y de cuidado no remunerado. Además, muchas mujeres deben combinar actividades reproductivas y productivas, viviendo una doble jornada extenuante.
A esto se suma que las mujeres tienden a asumir la responsabilidad de abordar la pobreza, al ser quienes se les asignan tareas sociales y comunitarias, lo que aumenta la carga que ya tienen, representando una triple jornada. Y existe un desigual acceso a servicios de salud mental por parte de las mujeres según su nivel socioeconómico. Así, se reconoce que la intersección entre género y pobreza posiciona a las mujeres como un grupo especialmente vulnerable en términos de salud mental.
Si bien las desigualdades de género y múltiples restricciones que enfrentamos cotidianamente las mujeres son experiencias compartidas independiente del nivel socioeconómico, si a esto le sumamos el vivir en pobreza se genera un cóctel brutal. Esto se traduce en una carga difícil de soportar y que puede llevar a problemas de salud mental, pero no por causas individuales o biológicas, sino por las condiciones sociales y estructurales que al día de hoy nos siguen oprimiendo.
La solución a un problema así de complejo debieran ser medidas integrales. Si bien en nuestro país la salud mental suele ser abordada por el sistema de salud, este presenta varios problemas. Existe insuficiente financiamiento, desigualdades socioeconómicas en la atención, predominio del enfoque biomédico, ausencia de un enfoque de género, y falta de coordinación intersectorial. Todo esto limita la capacidad de dar una respuesta efectiva y equitativa a la salud mental en Chile.
Con ello, se han constatado estereotipos y sesgos de género que llevan a estigmas en salud mental, ocupando la mujer un lugar subordinado y estigmatizado, incurriendo en una mayor psicopatologización e invisibilizando la dimensión social del malestar, siendo víctimas del psicocentrismo o la tendencia institucionalizada de individualizar el sufrimiento humano. Así, trastornos comunes en las mujeres, como la depresión y la ansiedad, suelen ser entendidos sólo desde lo individual y no desde su mayor exposición a riesgos sociales.
El género y la pobreza como determinantes de la salud mental en un sentido interseccional, así como la necesidad de que esta se aborde más allá del sector salud, se traducen en un llamado al trabajo intersectorial en políticas públicas. Por ello, consideramos crucial un abordaje complementario de la salud mental desde el sector social y sus programas. Estos pues su comprensión psicosocial del malestar, su aproximación promocional y preventiva al bienestar, y su abordaje multidimensional y comunitario del mismo pueden ofrecer perspectivas más amplias para abordar el componente social del malestar de las mujeres.
De esta manera, sin descuidar nuestra experiencia subjetiva e íntimamente individual del sufrimiento, también se debiera acudir a la sororidad que albergan los vínculos solidarios entre mujeres, psicoeducar a los hombres, activar a las comunidades, así como generar políticas que institucionalicen medidas a nivel estructural y social para abordar la pobreza y la desigualdad de género. Con ello, se nos debe considerar como mujeres al momento de tomar cualquier decisión sobre asuntos que competen nuestras propias vidas, como es participar en una intervención social, restituyendo nuestro derecho a opinar con incidencia. Creemos que seguir el ciclo de intervención social, desde una lógica participativa, integral, intersectorial e interdisciplinar permite esto. Así, hacemos un llamado al gobierno entrante para que oriente su política pública y fortalezca los programas sociales en una dirección que permita abordar de manera integral y rigurosa la salud mental de las mujeres que viven en pobreza.