La desconexión del PC: cuando el diagnóstico es correcto, pero el lenguaje está obsoleto
24.01.2026
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24.01.2026
Los autores de esta columna analizan el lenguaje del último documento elaborado por el Partido Comunista a partir de los resultados de las elecciones presidenciales, y concluyen que si bien el diagnóstico es correcto, el lenguaje es equivocado. Sostienen que «si la actual izquierda, no sólo en Chile, no logra articular una promesa creíble de progreso con seguridad material —y no se limite a una de resistencia meramente simbólica— seguirá interpelando a un sujeto político que ya no se reconoce en su discurso. Ese desfase no queda vacío: es ocupado por proyectos que, sin ofrecer soluciones estructurales, saben capitalizar el miedo y la incertidumbre de quienes sienten que el futuro dejó de estar de su lado».
Una de las preguntas más incómodas —y necesarias— que deja el último ciclo electoral es esta: ¿a quién le está hablando hoy el Partido Comunista de Chile? El problema que deja entrever el documento emitido post reflexión producto de la pérdida electoral presidencial, no es sólo estratégico ni electoral. Es más profundo: existe una brecha creciente entre el diagnóstico empírico que el Partido Comunista —y buena parte de la izquierda— hace del Chile actual y el lenguaje político con el que intenta interpelarlo. Se reconoce al nuevo electorado, pero se le sigue hablando desde categorías que ya no traducen su experiencia cotidiana.
Al leer sus diagnósticos recientes, se percibe una desconexión social relevante. No por falta de análisis —el texto describe con bastante precisión al nuevo electorado— sino por la persistencia de un lenguaje político que ya no coincide con la vida concreta y cotidiana de millones de chilenos.
El documento identifica a un votante “endeudado, temeroso de perder lo alcanzado, exigente en seguridad, crítico de la burocracia estatal y con una relación pragmática con la política”. Ese retrato es certero. Sin embargo, el marco interpretativo no se mueve: se sigue hablando de “pueblo”, “trabajo de masas”, “unidad popular” y “acumulación social” como si ese sujeto colectivo siguiera existiendo de manera orgánica y reconocible.
Ahí aparece la primera señal de desconexión: el diagnóstico cambia, pero el lenguaje no.
La sensación persistente es que las prioridades discursivas del Partido Comunista siguen dirigidas principalmente a sindicatos organizados y a los espacios donde aún existe poder colectivo, estructura y tradición política. Ese mundo importa, sin duda. Pero ya no es el que define mayoritariamente el comportamiento electoral.
Hoy existe un electorado nuevo, obligatorio, desafectado de la política, fragmentado, polarizado, endeudado y profundamente inseguro. No se siente parte del “pueblo organizado”, no participa en sindicatos ni en partidos, y tampoco se reconoce en la épica histórica de la izquierda. Vive otra experiencia social.
Ese miedo no es solo emocional: es políticamente estructurante. Reordena prioridades, desplaza horizontes de largo plazo y vuelve racionales decisiones que, desde fuera, pueden parecer
contradictorias. Cuando el futuro se percibe como amenaza y no como promesa, los discursos de transformación pierden tracción frente a los de protección inmediata, incluso si estos últimos no ofrecen soluciones duraderas.
Aquí aparece una segunda desconexión, de carácter más estructural. El texto insiste en leer el escenario como una fricción “pueblo–élite”. Sin embargo, lo que hoy predomina no es una rebelión abierta contra las élites, sino algo distinto y más silencioso: una ansiedad extendida por la fragilidad del progreso individual y familiar.
No se trata solo de desigualdad, sino de inseguridad. Y esa inseguridad ha sido capitalizada con éxito por la derecha chilena en clave de orden y protección.
En ese contexto, la izquierda –y el PC en particular– parece hablar poco de quienes no tienen poder, ni organización ni red ni colchón. De quienes avanzaron algo y viven con el miedo permanente de perderlo todo. Se sigue hablando, principalmente, a los espacios donde existe poder organizado. Ese mundo importa. Pero no alcanza.
¿Quién le habla a quienes no tienen sindicato ni red ni tiempo para organizarse? A quienes solo buscan certezas mínimas para sostener su vida cotidiana.
Aquí aparece otra omisión relevante del discurso: ¿dónde está la reflexión sobre el progreso económico real de las familias chilenas en las últimas décadas?
El problema central del Chile actual no es que las personas sientan que “la élite los oprime”, sino que sienten que todo lo avanzado puede desmoronarse. Y ese miedo no se combate con consignas históricas, sino con respuestas materiales claras.
El progreso ha sido desigual, precario y endeudado, sí. Pero progreso al fin y al cabo. Millones de chilenos mejoraron su consumo, su acceso, su expectativa de vida. No reconocer eso —o reducirlo a “falsa conciencia neoliberal”— es no entender por qué hoy el principal temor no es la pobreza en sí, sino caer en ella.
A esto se suma un silencio llamativo sobre el desarrollo económico futuro. Vivimos en una economía global donde la tecnología, la automatización y la inteligencia artificial están redefiniendo el trabajo, la productividad y el crecimiento.
¿Dónde está el pensamiento de izquierda sobre cómo las familias chilenas se suben al desarrollo económico a través de la tecnología? ¿Dónde está la propuesta que combine progreso, empleo, innovación y seguridad social sin negar la realidad del capitalismo contemporáneo?
Porque si algo ha demostrado el capitalismo contemporáneo —con todas sus brutalidades— es que produce riqueza. Incluso China, con un régimen comunista y profundamente pragmático, lo entendió antes que muchas economías que se autodenominan capitalistas. Ir hoy “contra el capitalismo” como consigna general es infinitamente más difícil que hace 50 años. No porque el sistema sea justo, sino porque estructura la vida cotidiana, las aspiraciones y los miedos de millones de personas.
La dificultad no es solo comunicacional. La izquierda parece incómoda frente a una realidad difícil de eludir: el capitalismo contemporáneo, con todas sus desigualdades, sigue siendo el principal generador de progreso material. La pregunta política ya no es cómo negarlo, sino cómo domesticarlo, regularlo y orientarlo sin sacrificar crecimiento, innovación ni empleo en un contexto de aceleración tecnológica.
Y ahí está el punto ciego.
Lo que hoy une a una gran mayoría del electorado no es la conciencia de clase ni la promesa de emancipación futura. Es el miedo. Pero no el miedo abstracto y violento que se vende y amplifica en la televisión, sino uno más silencioso y persistente: el de un clima de inseguridad vital, donde el futuro deja de ser percibido como expansión posible y pasa a vivirse como riesgo acumulativo.
Miedo a perder el trabajo y no poder seguir siendo el sostén económico.
Miedo a enfermar y no saber cómo responder.
Miedo a jubilar.
Miedo a no llegar a fin de mes.
Miedo a perder lo poco —o mucho— que he logrado avanzar. Ese es el miedo estructural del Chile actual. Y mientras la izquierda no lo ponga en el centro —no para explotarlo, sino para ofrecer progreso con seguridad social— seguirá hablándole a un sujeto que ya no se reconoce en su discurso.
Mientras ese miedo no sea nombrado, entendido y abordado políticamente, el vacío seguirá siendo ocupado por discursos autoritarios que prometen orden, castigo y certezas simples. No porque convenzan ideológicamente, sino porque reconocen —aunque sea de forma distorsionada— la angustia real de vivir al borde.
Si la actual izquierda, no sólo en Chile, no logra articular una promesa creíble de progreso con seguridad material —y no se limite a una de resistencia meramente simbólica— seguirá interpelando a un sujeto político que ya no se reconoce en su discurso. Ese desfase no queda vacío: es ocupado por proyectos que, sin ofrecer soluciones estructurales, saben capitalizar el miedo y la incertidumbre de quienes sienten que el futuro dejó de estar de su lado.
La pregunta, entonces, no es sólo estratégica ni programática. Es más básica: ¿a quién le habla hoy el Partido Comunista y la izquierda en general, y quién está hablando —de verdad— del futuro material de las familias chilenas?