Andrés Caniulef: el racismo que la televisión decide no ver
17.01.2026
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17.01.2026
La autora de esta nota señala que la figura de Andrés Caniulef muestra cómo operan los filtros raciales en la televisión chilena. Agrega que la muerte del periodista vuelve a evidenciar la falta de mecanismos para prevenir y sancionar la discriminación racial en el mundo laboral. Dice que el racismo en Chile no necesita insultos para operar: se expresa en la ausencia, en el silenciamiento y en la selección de quién puede hablar y quién puede ser visto sin ser castigado por ello.
Créditos imagen de portada: Inés Galaz / Agencia Uno
“¿Me lo puedes deletrear?”. Quienes somos y tenemos apellidos indígenas conocemos bien esa pregunta. La escuchamos una y otra vez y, aun así, en innumerables ocasiones lo escriben mal.
Andrés Caniulef lo asumió con orgullo. “Mi apellido quiere decir ave veloz. No hay nada que me llene más de orgullo, porque logré llevar un apellido mapuche a la tele”, dijo en conversación con La Cuarta en 2017.
A los 48 años, su muerte no solo generó conmoción mediática: volvió a exponer aquello que la televisión chilena prefirió no mirar durante décadas: el racismo estructural, la homofobia y la precariedad que enfrentan quienes no calzan con el ideal blanco mestizo del país.
Estudió Periodismo en la Universidad Andrés Bello. En esa misma entrevista relató sus difíciles comienzos en televisión, donde se sintió discriminado en varias ocasiones por su apariencia física, su orientación sexual y su origen mapuche. Recordaba un episodio decisivo: “En tercer año, el profesor José Antonio Encinas, que entonces era editor de prensa en Canal 13, vio unos trabajos que hice en cámara y me dijo: ‘Tú eres como un reportero del 13, tus notas son como las del canal’”.
Postuló a Canal 13 y no fue aceptado. ¿La razón? “No tenía que ver con los resultados de la prueba”, contó, “sino con que no cumplía con el perfil del canal. Eso iba relacionado a mi apellido y a mi apariencia física, es obvio”.
Eso tiene un nombre: racismo. Y el racismo no es una suma de conductas aisladas, sino una estructura que organiza jerarquías y distribuye desventajas de forma sistemática. En un Chile que suele decir que “no es racista”, que “siente orgullo de los pueblos indígenas”, pero que no se expresa en derechos sino en simbolismos, y que afirma que el racismo “nació” con la llegada de migrantes afrodescendientes, conviene recordar el error. Los afrochilenos siempre han estado aquí, pero fueron sistemáticamente invisibilizados en un país que se pretende blanco. No fue sino hasta 2019 que el pueblo afrodescendiente obtuvo reconocimiento legal.
Caniulef también hablaba de su origen humilde. Y eso tampoco es casualidad. Existe un vínculo entre pobreza y origen étnico. Ya en 2013, el Relator Especial de la ONU sobre racismo advertía que las minorías raciales y étnicas se ven desproporcionadamente afectadas por la pobreza.
Este fin de semana, en T13 Finde, Álvaro Paci recordó el paso de Caniulef por Teletrece y lo describió como “apasionado, culto, profesional, inquieto”, destacando además “su forma impecable de vestir, siempre muy formal, preocupado por su presentación en general”.
No lo conocí más allá de su trabajo televisivo y de las entrevistas que se han viralizado tras su muerte. Pero esa insistencia en destacar su corrección, su prolijidad y su aseo no me resulta casual. Los cuerpos indígenas en espacios de poder deben exhibir una pulcritud extrema para no ser sospechados de suciedad, torpeza o falta de profesionalismo. Que nadie dude de que el indígena “está aseado”. Esa es la violencia silenciosa del racismo: obliga a las víctimas a neutralizar la mirada racista para sobrevivir, a costa de callar experiencias profundamente dolorosas.
En los medios masivos, una de las formas más persistentes del racismo es la arcaización: mostrar a los pueblos indígenas como sujetos “de otro tiempo”, incivilizados, exóticos o de museo. Allí no hay indígenas contemporáneos, urbanos, profesionales o críticos; solo piezas fetichizadas para la contemplación. Un mapuche profesional, homosexual y rostro de televisión desarma esa representación e incomoda. En ese proceso, Caniulef fue caricaturizado, ofendido y discriminado incluso dentro de su propio canal.
“Para mí era muy difícil enfrentarme a la homosexualidad o a mi origen mapuche. Sentía que se hacía una mofa respecto a eso”, dijo en una entrevista con Fernanda Toledo en Turno en mayo de este año. También reflexionó sobre el rol social de la farándula para visibilizar temas como el VIH y criticó la falta de evolución de ciertos formatos televisivos.
“Me había costado enfrentarme a eso, tratar de dejarlo atrás, que no fuera un peso dentro de mi historia, en ese momento era muy inmaduro”, agregó, en una suerte de autoexigencia que revelaba otra dimensión del racismo: la internalización. Caniulef se culpaba por lo que la sociedad hacía mal.
Recordó entonces la carta que envió a El Mercurio en 2013 para expresar su molestia por la rutina de Yerko Puchento, personaje interpretado por Daniel Alcaíno, quien leyó en pantalla un supuesto “diario de vida” del periodista aludiendo a su origen mapuche y a su homosexualidad, sin previo aviso al canal para el que trabajaba. La negación del racismo en Chile ha provocado que tanto empresas privadas como instituciones públicas carezcan de mecanismos para prevenir y sancionar prácticas de discriminación racial hacia el público y entre sus propios trabajadores.
“Que ninguna otra persona que tuviera un apellido de origen mapuche tuviera la vergüenza de buscar un trabajo donde quisiera serlo”, afirmó también. El antirracismo es un trabajo constante, y Caniulef contribuyó a él, quizás sin saberlo.
Cuando la televisión homenajea al individuo pero omite las condiciones que hicieron de su trayectoria una excepción difícil y dolorosa, se produce un doble borramiento: del racismo y de sus efectos materiales y simbólicos. Ese negacionismo no es un exceso del pasado, es una política contemporánea que permite a las instituciones eludir responsabilidades y mantener intacta la distribución desigual de dignidad.
El racismo en Chile no necesita insultos ni agresiones explícitas para operar. Se expresa en la ausencia, en el silenciamiento, en la selección de quién puede hablar y quién puede ser visto sin ser castigado por ello. El racismo debe ser nombrado para poder ser desmantelado.