La anexión de Groenlandia y el colapso de la OTAN
10.01.2026
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10.01.2026
El autor de esta columna analiza los escenarios posibles para la OTAN con las amenazas de Donald Trump de anexar Groenlandia a Estados Unidos. Sostiene que «con todo, vale la pena analizar si una posible anexión de Groenlandia no es más que el punto de partida para provocar el colapso de la OTAN, situación que cumpliría un doble propósito para el trumpismo: hacerse de un relevante espacio geoestratégico en el Ártico y provocar el deterioro y eventual derrumbe del bloque transatlántico, nada más y nada menos, que ejecutado desde su principal gestor histórico».
Créditos imagen de portada: TheWhiteHouse.gov
Estados Unidos, el principal arquitecto e impulsor en 1949 de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, 75 años después podría pasar a ser, sin más, su verdugo. La nación que desestabilice y hiera de muerte a la alianza transatlántica de forma permanente.
Lo que parece una ficción distópica e inimaginable para el orden mundial de posguerra comienza a vislumbrarse como una posibilidad para nada descabellada: la anexión y ocupación militar estadounidense de Groenlandia, la isla más grande del orbe y territorio autónomo del Reino de Dinamarca, también país miembro fundador de la OTAN.
Todo ello se produce en un contexto de desmantelamiento del orden global y ataques al multilateralismo, generado por la renovación trumpista de la Doctrina Monroe o “Donroe”, que tiene al presidente estadounidense con recargados bríos desde su segundo mandato, y hoy especialmente desde el ataque a suelo venezolano y el secuestro del dictador Nicolás Maduro. Acontecimientos, que en definitiva, en relaciones internacionales constituyen el paso a una etapa de realismo ofensivo, en que, debido a la anarquía del sistema internacional, la única posibilidad de supervivencia es la búsqueda de la hegemonía regional, la acumulación de poder para reducir amenazas y la inevitabilidad del conflicto. Como demuestran las acciones de EE.UU., confirmadas por el Departamento de Estado y la referencia a “su hemisferio” en alusión a América Latina y zonas adyacentes al continente americano.
Un cambio de época al que asistimos en el que el respeto al derecho internacional, las soberanías nacionales, la integridad territorial, los tratados internacionales, la diplomacia y las principales convenciones de Naciones Unidas, por solo nombrar algunas normas civilizatorias, han sido quebradas y violentadas por el gobierno que lidera -sin mayores contrapesos- el 47° presidente de EE.UU.
¿Y por qué Groenlandia? Primeramente, por ser parte de su hemisferio regional, más cercano a Washington que a Europa continental y Copenhague. Segundo, por sus recursos naturales sin explotar, como el petróleo, uranio, gas, hierro y especialmente minerales críticos, destacando las tierras raras, fundamentales para la industria militar y aeroespacial, ante la hegemonía china en reservas y producción. Y tercero, por la posición geoestratégica del Ártico, que por una parte, implica una cercanía geográfica con Rusia por el norte; por otra, abre la disputa por rutas marítimas comerciales navegables, que el derretimiento de los hielos por el calentamiento global intensifica en verano, en un marco de Zonas Económicas Exclusivas, que comparten Estados Unidos, Canadá, Dinamarca, Noruega y Rusia. Y finalmente, por un reforzamiento de presencia militar, que tiene a Rusia reabriendo bases en la región desde 2005, un alza de recursos con esos fines de los países nórdicos, y a EE.UU. con su única presencia militar en Groenlandia, la Base Espacial Pituffik, creada en 1951 tras un acuerdo de defensa vigente con Dinamarca, y que alerta de posibles ataques con misiles y controla satélites de defensa estadounidenses.
Ahora, ¿puede Estados Unidos ocupar y anexionar Groenlandia? La realpolitik y el realismo ofensivo de Trump no dan mucho espacio a una respuesta negativa. De hecho, Stephen Miller, jefe adjunto de gabinete del mandatario, subrayó que “nadie va a pelear con Estados Unidos por el futuro de Groenlandia», ante la pregunta de si iba a ser ocupada militarmente. Lo mismo admiten expertos del Centro de Ciencias y Política de Berlín: “Si Trump decidiera anexionar Groenlandia por la fuerza, hay muy poco que cualquiera pudiera hacer a corto plazo. Eso es cierto para Groenlandia, Dinamarca y para la Unión Europea«. Ni siquiera la rápida respuesta de media docena de países europeos a las nuevas amenazas de Trump han hecho mella en el objetivo de Washington, el cual legalmente debería pasar por la aprobación del Congreso estadounidense. Requerimiento democrático que, no obstante, ya fue pasado por alto en el ataque a Venezuela.
Es preciso recordar que el único antecedente de un cuasi conflicto armado entre miembros de la OTAN data de 1974, cuando Turquía y Grecia se vieron enfrentados debido a la invasión turca del norte de la isla de Chipre, tras un golpe de estado respaldado por la junta militar de Atenas. La paz solo se logró con la mediación de la ONU y Estados Unidos, estableciéndose una línea divisoria y fuerzas de paz. Desde entonces Chipre se encuentra dividido entre un norte turco-chipriota y un sur greco-chipriota.
La advertencia a Trump ya fue realizada por la primera ministra danesa ante un eventual ataque estadounidense: el fin de la OTAN. Y es que la anexión o integración de los más de dos millones de kilómetros cuadrados que componen Groenlandia significaría poner en jaque la razón fundante, y de paso, la institucionalidad de la alianza transatlántica, situación inédita, que provocaría paralelamente una división interna y quiebre entre estados miembros que rechacen y apoyen la acción de EE.UU. En esa línea, se podrían cristalizar escenarios impensados, como posibles apoyos a Trump desde países cercanos o alineados actualmente con Rusia, como la Hungría de Viktor Orban o la Eslovaquia del premier Robert Fico. Sin embargo, una acción de este tipo también podría conllevar consecuencias para Washington desde Europa, como el cierre de bases estadounidenses y posibles sanciones a empresas norteamericanas que operan en la UE.
Justamente, la reciente declaración de Trump sobre el bloque es consecuente y clave en cuanto a su estrategia de repliegue regional y desacople respecto a la defensa europea, naciones a las que ya exigió el alza a un 5% del PIB en gasto militar al 2035. “Rusia y China no le tienen nada de miedo a la OTAN sin Estados Unidos, y dudo que la OTAN nos apoye si realmente la necesitáramos”, para luego agregar que siempre apoyarán a la Alianza “aunque ellos no nos apoyen”.
Con todo, vale la pena analizar si una posible anexión de Groenlandia no es más que el punto de partida para provocar el colapso de la OTAN, situación que cumpliría un doble propósito para el trumpismo: hacerse de un relevante espacio geoestratégico en el Ártico y provocar el deterioro y eventual derrumbe del bloque transatlántico, nada más y nada menos, que ejecutado desde su principal gestor histórico. Asimismo, un desacople estadounidense de la OTAN, que de paso, dejaría en una aminorada realidad defensiva a Europa, implicaría un factor aliciente para que la Rusia de Putin corriera menos riesgos para intervenir o atacar a miembros del bloque, como los países bálticos (Estonia, Letonia y Lituania), flanqueados desde el sur por Bielorrusia y desde el oeste por el exclave ruso de Kaliningrado, así como para expandir la guerra y sus pretensiones territoriales en Ucrania, además de dejar abierta la opción de intervención en países que considera dentro de su zona de influencia postsoviética, y que precisamente no son parte de la OTAN ni de la UE. Es el caso de la pequeña Moldavia, ubicada a pocos kilómetros del puerto ucraniano de Odesa, y que limita con la república separatista prorrusa de Transnistria (ver columna “¿Y después de Ucrania?”), y de Georgia, que mantiene en su territorio a otras dos repúblicas separatistas prorrusas, Abjasia y Osetia del Norte, y que cuenta con un gobierno afín al Kremlin.