El caso venezolano y la quiebra moral de Europa
10.01.2026
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10.01.2026
La autora de esta columna compara la reacción de los países europeos cuando Rusia invadió Ucrania con la intervención de Estados Unidos en Venezuela y critica su doble estándar. Sostiene que «las respuestas iniciales de Europa son una grave amenaza para el presente y el futuro del orden internacional. Su dependencia política, económica y de seguridad respecto a Estados Unidos se ha vuelto tan abrumadora que ha paralizado el juicio independiente, dando paso a una obediencia acrítica. ¿Qué autoridad moral tendrá Europa cuando intente disuadir o condenar agresiones contra Ucrania, Taiwán o incluso su propio territorio, incluidos lugares como Groenlandia, que Trump ha amenazado abiertamente con apropiarse?».
En julio de 2024 Nicolás Maduro se proclamó vencedor de las elecciones presidenciales de Venezuela, a pesar de que observadores internacionales consideraron ampliamente que la votación había sido fraudulenta. Se informó que el candidato opositor, Edmundo González, había obtenido alrededor del 70 por ciento de los votos. Lo que siguió fueron meses de creciente presión por parte de Estados Unidos, incluida una recompensa de 50 millones de dólares por Maduro por presuntos vínculos con el narcoterrorismo y ataques contra embarcaciones que supuestamente llevaban drogas. A comienzos de enero, el escenario estaba preparado para lo que se convertiría en la intervención militar estadounidense más significativa en América Latina desde la invasión de Panamá en 1989 y en una prueba decisiva del compromiso de Europa con el orden jurídico internacional.
En la madrugada del 3 de enero, Donald Trump anunció en Truth Social que Estados Unidos había llevado a cabo un “ataque a gran escala contra el líder venezolano, el presidente Nicolás Maduro”, añadiendo que Maduro y su esposa habían sido capturados y trasladados fuera del país. Parecía que el control de más de una década del gobernante ungido por Chávez había llegado a un abrupto final.
Tras una declaración de tal gravedad, los líderes europeos tenían algo importante que decir. Un ataque militar unilateral contra un Estado soberano y la captura de un presidente en ejercicio constituyen una violación del derecho internacional. Independientemente de la opinión que se tenga sobre la legitimidad de Maduro, el principio de que la soberanía pertenece a los Estados, y no a potencias externas que deciden quién debe gobernarlos, ha sustentado el orden jurídico internacional desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
Ya por la tarde, una serie de publicaciones casi simultáneas en X reveló la posición colectiva de Europa. El mensaje fue similar. Los líderes europeos reiteraron que Nicolás Maduro no era reconocido como el presidente legítimo de Venezuela. Llamaron a una transición ordenada y pacífica, y subrayaron su preocupación por la seguridad de sus propios ciudadanos en territorio venezolano.
En lo relativo al derecho internacional hubo algunas diferencias. El alemán Friedrich Merz describió la legalidad de la intervención estadounidense como “compleja” y que requería una “consideración cuidadosa”. Emmanuel Macron no hizo ninguna referencia al derecho internacional y se limitó a afirmar que el pueblo venezolano “solo puede alegrarse” de la salida de Maduro.
El primer ministro del Reino Unido, Keir Starmer, abogado de derechos humanos, abordó inicialmente la cuestión en una entrevista, subrayando que el Reino Unido no había participado y que la situación evolucionaba rápidamente, por lo que era necesario tiempo para esclarecer los hechos. Horas más tarde, publicó en X que “reiteraba su apoyo al derecho internacional”, evitando cuidadosamente cualquier caracterización directa de los acontecimientos.
La primera ministra italiana, Giorgia Meloni, declaró que “la acción militar externa no es el camino para poner fin a los regímenes totalitarios”, aunque aún así enmarcó la intervención como una respuesta legítima a las preocupaciones de seguridad de Estados Unidos. La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, emitió una breve declaración señalando únicamente que “el derecho internacional debe ser respetado”, sin emitir un juicio. En Grecia, Kyriakos Mitsotakis consideró que “no es el momento de comentar la legalidad de la acción reciente”. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, afirmó que la situación estaba siendo seguida “muy de cerca” y que el derecho internacional y la Carta de la ONU debían ser respetados, una línea repetida por la vicepresidenta de la Comisión, Kaja Kallas.
El contraste con la respuesta europea a la invasión rusa de Ucrania no podría ser más marcado. En febrero de 2022, estos mismos líderes hablaron con claridad moral y urgencia. Ursula von der Leyen describió las acciones de Rusia como un “ataque bárbaro” y una “flagrante violación del derecho internacional”. Keir Starmer, entonces líder de la oposición, condenó de inmediato la invasión como “no provocada e injustificable” y pidió las sanciones más contundentes posibles. Emmanuel Macron la calificó como una violación de la Carta de la ONU y de los principios fundacionales del orden internacional. No se habló entonces de complejidad jurídica ni de la necesidad de establecer primero los hechos. El mensaje fue inequívoco. La intervención militar contra un Estado soberano es ilegal, sin matices. Sin embargo, cuando Estados Unidos lanza ataques contra una capital, captura a un jefe de Estado y señala su intención de supervisar el futuro del país, Europa descubre de pronto el matiz, la ambigüedad y el cuidado lingüístico.
El primer ministro español, Pedro Sánchez, quedó en gran medida solo. Afirmó en su cuenta de X que, aunque España no reconoce al régimen de Maduro, tampoco reconocería una intervención que violara el derecho internacional. Posteriormente se unió a varios gobiernos latinoamericanos en un comunicado conjunto expresando preocupación por la situación. Que Sánchez se alineara con socios latinoamericanos en lugar de con la mayoría de los líderes de la UE es revelador. Refleja una Europa cada vez más disminuida en el escenario global, poco dispuesta o incapaz de afirmarse, y carente del valor necesario para confrontar a Washington.
Los líderes de la UE y el Reino Unido adoptaron una postura obsecuente y servil ante las acciones de Estados Unidos, un patrón que se ha vuelto cada vez más evidente desde el regreso de Trump al poder. Esto es profundamente preocupante. La necesidad de un cambio democrático en Venezuela es innegable, pero el cambio no puede lograrse a cualquier precio. Los líderes europeos lo saben. Introducir una vaga referencia al “respeto del derecho internacional” significa poco en ausencia de una condena clara. Las violaciones del derecho internacional no pueden denunciarse sin nombrar a los responsables.
Las respuestas iniciales de Europa son una grave amenaza para el presente y el futuro del orden internacional. Su dependencia política, económica y de seguridad respecto a Estados Unidos se ha vuelto tan abrumadora que ha paralizado el juicio independiente, dando paso a una obediencia acrítica. ¿Qué autoridad moral tendrá Europa cuando intente disuadir o condenar agresiones contra Ucrania, Taiwán o incluso su propio territorio, incluidos lugares como Groenlandia, que Trump ha amenazado abiertamente con apropiarse?
América Latina puede ser tratada como periférica en el pensamiento estratégico europeo, pero lo que está ocurriendo en Venezuela es de profunda importancia. Sienta un precedente. China y Rusia observan atentamente, evaluando hasta dónde pueden llegar y cómo podrían justificar futuras acciones. Si los principios fundamentales del derecho internacional, incluida la prohibición del uso o la amenaza de la fuerza y el respeto a la soberanía y la integridad territorial, pasan a depender de si un Estado es aliado o adversario, el panorama para la seguridad global es desolador.
Parafraseando la advertencia de Liz Cheney a los republicanos que respaldaron a Trump, llegará un día en que Donald Trump ya no esté, pero el deshonor permanecerá. Europa debe decidir ahora quién es, qué valores defiende y si desea ser recordada por haber protegido esos principios o por haberlos abandonado cuando se necesitaba valentía.