Bancarrota moral: el caso de Israel y sus defensores
06.01.2026
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06.01.2026
El autor de esta columna plantea que «una persona bien formada» no puede negar o justificar el genocidio que ocurre en Gaza. Sostiene que «defender a Israel frente a sus crímenes en Gaza es una falta moral fundamental, es la negación de la empatía básica a los palestinos. Defender a Israel en este contexto, además de ser irracional – al negar evidencia clara y acusar falsamente de bulos o fake news – es profundamente inmoral, puesto que refleja, en el mejor de los casos, la negación de la empatía básica – o sea, la negación de la dignidad humana – de los palestinos».
En las últimas semanas aparecieron dos reportajes que evidencian la crisis humana y moral de Gaza. Estos reportajes fueron publicados por CNN, que no es precisamente una fuente proclive a la causa palestina. La referencia a este medio tiene por objeto mostrar que, incluso la narrativa más sesgada tiene sus vacíos, y existen hechos tan evidentes que es inevitable negarlos sin evidenciar irracionalidad o inmoralidad.
En el primer reportaje, se documenta el uso de maquinaria pesada para mover cuerpos de civiles palestinos en Gaza: cadáveres depositados en fosas superficiales, sin identificación y sin rituales de despedida. Las imágenes describen cuerpos abandonados a la intemperie, algunos en estado de descomposición, removidos con retroexcavadoras como si fueran material descartable. El problema no sólo se limita a la muerte misma, sino a la ausencia de un trato posterior mínimamente consistente con la dignidad humana: no hubo funerales, no hubo registro, no hubo nombre. Fue la muerte seguida de la ausencia total de reconocimiento.
El segundo reportaje muestra una escena distinta pero igualmente impactante. Dos niños murieron mientras recogían leña, alcanzados por un dron. El padre, en silla de ruedas, tuvo que despedirse de ellos en un funeral improvisado. La imagen del padre con movilidad reducida frente a los dos cuerpos pequeños de sus hijos, expresa, una vez más y como siempre, el drama humano que atraviesa la población palestina. Cabe señalar – y como si no fuera un hecho público y notorio – que la situación no ocurrió en medio de un enfrentamiento, sino durante una tregua pactada, en las que – en teoría – debía haber un mínimo nivel de seguridad para actividades básicas de supervivencia.
Los elementos que conectan ambas historias son también la historia de los miles de palestinos inocentes muertos por Israel: cuerpos sin ritos, muertes sin registro, familias destruidas, algunas completamente, otras con pocos miembros vivos: la médico Alaa al-Najjar perdió a 9 de sus 10 hijos. Ellos estaban viviendo en tiendas de campaña, como desplazados, mientras ella trabajaba sin cesar para atender a los heridos de los bombardeos israelíes. Según los relatos, los rostros de los niños estaban desfigurados e irreconocibles.
Estas narraciones se suman a las miles de imágenes de niños muertos, despedazados, algunos en brazos de sus padres, la imágenes de carne humana mezclada con el cemento destruido, por el calor y la violencia de la explosión, la imágenes de personas volando por los aires luego de un bombardeo israelí, y un largo etcécera. Muchas de estas imágenes no sólo han sido publicadas por Haaretz o Al Jazeera, sino por la BBC, CNN o DW, los que no son medios necesariamente pro palestinos. Incluso The Times of Israel da cuenta de muchas de estas noticias. Si uno revisa Google Maps, puede ver que la destrucción de Gaza es real, no una mera ficción, y evidentemente la reflexión natural que uno podría hacer, incluso si uno no simpatiza en ningún punto con el pueblo palestino, es pensar qué tipo de “respuesta bélica proporcional” requeriría borrar del mapa a una población entera. Todo esto, nuevamente, no se trata de relatos elaborados ni de interpretaciones ideológicas: son hechos documentados por testigos, imágenes satelitales y fuentes directas. Y ya no se vulnera solamente el derecho a la vida (como si fuera poca cosa) sino también, la capacidad de despedirse, de nombrar y de cuidar a los propios. La dimensión dramática de estas escenas interpela no por lo que se opina sobre la guerra, sino por lo que exige la simple empatía ante la fragilidad humana.
Estamos frente a un genocidio. Lo dicen organizaciones internacionales tan diversas como las Naciones Unidas (a través de la Comisión de Investigación Independiente, los relatores de derechos humanos y otros organismos miembros de la organización), Amnistía Internacional, Human Rights Watch, la International Association of Genocide Scholars, Médicos sin Fronteras, la Federación Internacional por los Derechos Humanos, el Temkin Institute, entre muchos otros. El número de víctimas informadas por el Ministerio de Salud de Gaza está subdiagnosticado, y ya en 2024 un artículo de The Lancet (una de las publicaciones científicas más prestigiosas) sugería que los muertos podrían ser incluso más de 186.000. Todos estos números reflejan de manera consistente los relatos particulares, extremadamente dolorosos e inhumanos, que he indicado anteriormente, y se suman a los miles de otros relatos, imágenes y videos perturbadores.
El punto moral que hay que realizar, dicho todo esto, es el siguiente: ¿hasta qué punto una persona intelectualmente formada y moralmente empática puede negar esta realidad? El reconocimiento de este drama humano y la consiguiente empatía frente a las víctimas, se impone al intelecto y a la conciencia moral. Sin embargo, hemos visto reiteradamente que, no sólo los políticos de las potencias aliadas de Israel, sino también ciudadanos de todos los países – y no sólo los israelíes – han negado sistemáticamente no sólo el carácter genocida de la intervención israelí en Palestina, sino también su estatus de crimen de guerra (una acusación que sería más fácil de aceptar, dada la carga moral del término genocidio, aunque en lo concreto la moralidad de los actos de Israel no varíe). Los argumentos que han esgrimido sus defensores son de diverso tipo, algunos más atendibles que otros, aunque ninguno de ellos expresa una característica fundamental de la moralidad y de la sociabilidad intrínseca de la persona humana: la empatía.
La empatía es tanto una condición de posibilidad de la sociabilidad humana, como una virtud moral. Ambas, naturalmente, están vinculadas. La empatía como condición de posibilidad, hace referencia a una característica psicológica estructurante de la persona, que la lleva a convivir con otros, coordinar esfuerzos en vistas a un fin y evitar los conflictos. La empatía como virtud consiste en ponerse en el lugar del otro, considerando como punto de partida moral el hecho de la igual dignidad de todas las personas. Naturalmente, si el otro no es visto como un equivalente moral, difícilmente podrá realizarse la empatía.
Desde el punto de vista filosófico, carecer de una virtud no es necesariamente un mal moral. Si me falta empatía como virtud (es decir, si no puedo ponerme en el lugar del otro como un ejercicio de comprender su mundo, sus creencias y sus sufrimientos) no estoy cometiendo un mal moral. Sin embargo, la falta de empatía básica respecto del otro (es decir, la ausencia de reconocimiento del otro como un igual) constituye una falta moral fundamental. Aquí ya no estamos hablando de la empatía como una virtud moral, sino como la ausencia de un deber moral fundamental. Negar el hecho básico de la empatía (reconocer al otro como un igual) constituye negarle su humanidad, y en los hechos, implica negar la noción misma de dignidad humana.
Esta negación de la empatía también tiene sus grados. Si mi falta de empatía básica radica en una persona privilegiada de la sociedad, muy probablemente los efectos de esa negación no sean relevantes. Es lo que sucede cuando, por ejemplo, criticamos a la élite. A ellos no les importará que yo no sea empático con ellos. Más bien – nos diremos a nosotros mismos – son ellos los que tienen que tener más empatía con uno. El problema fundamental, más bien, radica cuando a quienes se les niega la empatía básica son personas en situación de vulnerabilidad extrema: personas con carencias materiales básicas, sin perspectivas de futuro, y en una circunstancia bélica que los hace muy vulnerables a la muerte. Este es el caso de los palestinos de Gaza, especialmente los niños.
Negar la empatía básica siempre es moralmente incorrecto, puesto que es la negación de un deber fundamental de reconocimiento de la dignidad humana en el otro. Sin embargo, cuando la víctima es altamente vulnerable, esto implica una forma de victimización aún mayor, y la negación de su dignidad humana es más grave porque el mismo concepto de dignidad está construido para proteger a personas en esa situación.
Lo que vemos en Gaza es aún peor que la negación de la empatía básica. Es, incluso, un fenómeno de schadenfreude, un término técnico que se utiliza en filosofía práctica para reflejar el disfrute que tiene una persona respecto del sufrimiento ajeno. El schadenfreude es lo opuesto a la compasión, que sería la empatía como virtud. Los viajes para ver los bombardeos de Israel en Gaza que se organizaron como eventos turísticos (documentados por DW) pueden ser una muestra de Schadenfrude.
En síntesis: defender a Israel frente a sus crímenes en Gaza es una falta moral fundamental, es la negación de la empatía básica a los palestinos. Defender a Israel en este contexto, además de ser irracional – al negar evidencia clara y acusar falsamente de bulos o fake news – es profundamente inmoral, puesto que refleja, en el mejor de los casos, la negación de la empatía básica – o sea, la negación de la dignidad humana – de los palestinos, o en el peor de los casos, refleja una actitud de schadenfreude frente al sufrimiento de palestinos – personas – inocentes. Defender a Israel es la bancarrota moral de una persona bien formada.