Sector público: carrera funcionaria con base en el mérito versus la confianza política
03.01.2026
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03.01.2026
La autora de esta columna analiza desde la perspectiva del funcionario público el debate en torno a la Ley de Reajuste y la norma incluida que exige un acto administrativo fundado en la desvinculación de trabajadores a contrata. Señala que «ahora deberemos esperar ver los resultados del trámite legislativo en el Congreso y un posible fallo del Tribunal Constitucional si la oposición recurre al organismo, el que podría jugar muy en contra de gran parte de los funcionarios públicos a contrata, ya que no importando los años de continuidad en el empleo, son según el Estatuto Administrativo son cargos transitorios».
Créditos imagen de portada: Sebastián Beltrán / Agencia Uno
Estos últimos días hemos podido observar cómo autoridades y políticos de gobierno y oposición rasgan vestiduras como resultado de lo consignado en el contenido del artículo 14 de la Ley de Reajuste del Sector Público, lo que ha sido denominado como un “amarre” que restringe el despido de funcionarios públicos contratados en calidad jurídica denominada como a contrata que corresponde a personas que, teniendo la calidad de funcionarios públicos, desarrollan un trabajo que la normativa legal establece como transitorio. Según lo incorporado en la Ley de Reajuste, sus despidos solo podrán efectuarse mediante un acto administrativo fundado, con hechos y fundamentos de derecho y bajo criterios objetivos y acreditables.
Desde una perspectiva general parece adecuado y justo lo planteado por la ANEF a través de su presidente, José Pérez Debelli, al señalar que la medida busca evitar “la discrecionalidad abusiva en los despidos”, sin embargo, es necesario profundizar en la forma de funcionamiento que desde hace varios gobiernos se ha instalado en el aparato público respecto de las contrataciones, gestionando al filo de la normativa legal vigente e incluso desconociendo instrucciones de carácter general impartidas por el Servicio Civil sobre la materia.
Pareciera ser que el aparato público ha pasado a ser el botín político de los gobiernos de turno: de ello da cuenta la contratación de amigos, familiares y partidarios en puestos claves sin importar sus capacidades y el debilitamiento que a través de los años se ha instaurado de la carrera funcionaria, priorizando al personal a contrata y honorario por sobre funcionarios de carrera, minando la profesionalización del Estado.
La consideración de la variable política en la contratación, la importancia entregada por cada gobierno de turno a contar con personal de su confianza política para gestionar ha ido dando paso a la conformación de un servicio público con serias debilidades en la gestión del recurso humano, provocando la desmotivación del personal de carrera y afectando el clima laboral. La percepción de los funcionarios de que hay un reconocimiento desigual al interior de los servicios, la falta de transparencia en la asignación de beneficios funcionarios, la ausencia de políticas claras de desarrollo y promoción interna, entre otras, conforman una organización en peligro, una organización que debilita la institucionalidad pública y que pone en riesgo nuestra democracia; una organización más ocupada de intereses particulares que generales y que se pierde en el trabajo diario y rutinario sin ningún análisis y proyección y sin consideraciones de su finalidad última, que es el bienestar de los ciudadanos.
Por otro lado y considerando la exigencia de un acto administrativo fundado para la desvinculación, parece difícil que con instrumentos como las anotaciones de demérito, los procesos disciplinarios, el proceso de calificaciones asociado a la evaluación del desempeño, estos entreguen algún insumo que permita realizar una evaluación funcionaria objetiva del personal, ya que son instrumentos que en la práctica presentan debilidades y ha sido cuestionado su mal uso y aprovechamientos políticos para desvincular funcionarios. Quizás la revisión del incumplimiento de instrucciones de carácter general por parte de los servicios en materias de contratación o la revisión sobre supresión del empleo por procesos de reestructuración o fusión serán áreas pendientes de revisión y que requerirán de pronunciamientos claros del nuevo gobierno del presidente electo José Antonio Kast, pronunciamientos que tengan mirada de futuro buscando mejorar nuestra administración pública con decisiones de fondo y que no solo muestren intenciones de “buscar hacer espacio para sacar a los de ellos e ingresar a los nuestros”. Decisiones en esta línea solo afectarían la credibilidad llevando a la desconfianza ciudadana. Los costos serían significativos: indemnizaciones por términos de contrato, pérdidas de productividad, afectación de la calidad y continuidad de servicios públicos, impacto en el clima laboral.
Con la incorporación de lo contenido en el artículo 14 en la Ley de Reajuste del sector público y la amenaza de la oposición de recurrir al Tribunal Constitucional (TC), argumentando que es una reforma encubierta al Estatuto Administrativo, el gobierno hace un “flaco” favor a los funcionarios a contrata vinculados durante gran parte de su vida laboral al sector público, dando muestras claras de articulación para la permanencia del personal ingresado durante este gobierno. Este año ya se había ratificado un criterio unificador de la Corte Suprema, la “Regla de los 5 años”, según la cual el funcionario a contrata debe haber servido en forma continua a lo menos durante 5 años para que opere la confianza legítima. Ahora deberemos esperar ver los resultados del trámite legislativo en el Congreso y un posible fallo del Tribunal Constitucional si la oposición recurre al organismo, el que podría jugar muy en contra de gran parte de los funcionarios públicos a contrata, ya que no importando los años de continuidad en el empleo, son según el Estatuto Administrativo son cargos transitorios.